José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 31 de mayo de 2010
A propósito de la interminable controversia en punto a la esterilidad o fecundidad de las relaciones entre absolutismo político y cultura concluía el artículo precedente, según recodará el amable lector, con la referencia al gran esplendor intelectual y artístico de España durante la dictadura de Primo de Rivera. Resulta, así, de difícil explicación el escaso relieve concedido por lo común en toda suerte de estudios y reconstrucciones de dicha etapa a su itinerario en la temática que nos ocupa, que no es posible dejar de calificar, a la baja, de muy notable en el cultivo de casi todas las parcelas culturales.
Por supuesto, que no sería exacto observar desde el mismo prisma el despliegue científico e intelectual de la España del franquismo. Pero implicaría idéntica deformación estimar que el hecho dictatorial obliteró per se las fuentes más hondas de la inspiración artística y científica de un pueblo de la vitalidad anímica y de la envidiable tradición pictórica, jurídica, poética o novelística del español, irradiada por los cinco continentes. Por devastadora y eversiva que fuese su zapa y prolongada su trayectoria, la segunda experiencia dictatorial del novecientos hispano no introdujo cortes adánicos ni rupturas insuperables en el discurrir de la sociedad. Los supérstites de la etapa prebélica lo fueron en número suficiente para asegurar la transmisión de los mejores valores de la España liberal y democrática a las nuevas generaciones, al tiempo que abundaron en éstas mujeres y hombres de primera calidad ética e intelectual, alistados en una cruzada de regeneración cultural reclutados en todos los extremos del arco iris social e ideológico del país.
La realidad histórica descubre que dicha actividad intelectual y artística se hizo no pocas veces “contra” Franco y su régimen, como en otras a su “favor”, y en la mayor parte de las ocasiones al servicio y con la mira puesta en los intereses de la comunidad, en un horizonte superador del cainismo ibérico y de las causas que motivaron la gran tragedia de 1936. La mayoría de los frutos más serondos cosechados del trabajo científico y artístico-literario desplegado en los decenios centrales de la centuria anterior se instalan en dicho contexto, sin que él autorice, antes al contrario, su devaluación o “ninguneamiento”. La aceptación del fenómeno en manera alguna entraña la edulcoración de las esencias del Estado instaurado en 1939 ni menos aún la deslegitimación de las fuerzas políticas y sectores sociales que en medida desigual lucharon por derribarlo. Son magnitudes de muy diferente orden. Pero la reconciliación entre los españoles que a troche y moche se reclama por los predicadores de la pseudohistoria y de los diferentes productos mediáticos elaborado bajo su marbete pasa obligadamente por la asunción sincera del dato mencionado. Setenta años después de su término, la cifra de los sobrevivientes de la contienda civil es muy reducida, en tanto que la de los protagonistas de la hazaña cívica que fuese la reconstrucción del país desde un punto de partida con pocos paralelos en la historia mundial se ofrece, a la fecha, todavía considerable. La ilusión y esfuerzo puestos en el empeño merecen, cuando menos, su registro en el libro del pasado.
Los caracteres de la letra con que se consignen en sus páginas, correrán ya a gusto del lector…
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