Pedro Medellín | Lunes 31 de mayo de 2010
La clase política se la jugó a fondo. La posibilidad de que el candidato del Partido Verde, Antanas Mockus, llegara a la Presidencia de Colombia, se constituía en una verdadera amenaza para su supervivencia. A primera vista, la propuesta de erradicar los sistemas de favores que habían permitido la consolidación de un régimen clientelar, para reemplazarlo por uno que privilegie la deliberación como rasgo distintivo del sistema político, se constituía en una razón suficiente para tratar de impedir por todos los medios su llegada al gobierno. Las demás propuestas de instaurar un régimen de ascenso por méritos en la administración pública, y de hacer transparentes los mecanismos de contratación pública, se mostraban como argumentos adicionales que justificaban una reacción de esa porción de la clase política que se imaginaba que, en cuanto se posesionara, Mockus revocaría al Congreso (a estos políticos los llamaremos los “revocables”).
Sin embargo, en un contexto en el que la justicia había comenzado a destapar los vínculos políticos y empresariales que sirvieron para la acción de paramilitares y narcotraficantes, la propuesta central de Mockus de restaurar el poder de la legalidad, fortaleciendo la independencia y la capacidad de los jueces, se constituía en una verdadera amenaza, particularmente para esa otra porción de la clase política acusada de haberse beneficiado o haber favorecido la acción de esas organizaciones ilegales. Son los que imaginaban que, una vez en el gobierno, Mockus no dudaría en entregarlos a la justicia internacional (A estos políticos los llamaremos los “imputados”).
Mockus ya había dado señales claras de que hablaba en serio, cuando entre 1995 y 1997 y luego entre 2001 y 2004, como Alcalde de Bogotá, le había quitado a la clase política el control de la administración pública local, cerrando todos los espacios de control político y electoral. Su alianza con Sergio Fajardo, quien en la Alcaldía de Medellín había reproducido el modelo de Mockus en Bogotá, hizo todavía más cierta la amenaza. Si con unos jueces sometidos al asedio del gobierno (con seguimientos e interceptaciones ilegales), el número de senadores, representantes, diputados, concejales y gobernantes territoriales acusados y condenados por vínculos con organizaciones armadas ilegales llego a varias decenas, ¿con unos jueces fortalecidos, hasta que niveles llegará la situación?
El ascenso vertiginoso de Mockus y Fajardo en las encuestas, al pasar de 10% en la intención de voto en marzo, a 38% solo tres semanas después, no sólo provocó una rápida polarización de los votantes en favor de Santos y Mockus (y en perjuicio de los demás), sino que además forzó a revocados e imputables a unirse en una causa común.
La aparición de una guerra sucia contra Mockus y su familia, marcada por todo tipo de señalamientos, acusaciones y falsas interpretaciones de lo dicho o hecho por el ex Alcalde de Bogotá, puso en evidencia hasta donde estaban dispuestos a ir unos y otros para impedir la llegada a la presidencia del candidato verde. A partir de allí la campaña electoral entro en el terreno fangoso de las pequeñas trampas y picardías (como aquella de una entrevista radial en la que un seguidor de Santos y un antiguo asesor del jefe paramilitar Carlos Castaño, ponen contra la pared a Mockus por una posible extradición del presidente Uribe a la Corte Penal Internacional).
Los Verdes no fueron capaces de asimilar la guerra sucia. En algunos debates cruciales el candidato Mockus acusó el golpe y se mostró frágil ante las malas interpretaciones de sus argumentos o ante el cobro exagerado por sus rectificaciones. De nuevo, los electores reaccionaron redefiniendo sus preferencias electorales. Unos retornando a las fuentes de donde habían salido y otros, simplemente manteniendo su condición de abstencionistas.
El día de las elecciones, la clase política se la jugó a fondo. Revocables e imputados mostraron toda su fuerza electoral, apostando por alcanzar esa mitad más uno que les asegurara ganar la elección en primera vuelta. Pero no pudieron. Aunque su aporte fue crucial para que 3 millones 600 mil votos terminaran marcando la diferencia entre Mockus y Santos que, con el apoyo de otros sectores de opinión (política y empresarial) alcanzó 6 millones 758 mil votos, para proclamarse holgado ganador de la primera vuelta en las elecciones a la Presidencia de Colombia para el periodo 2010-2014.
Pareciera que todo está consumado. Que la segunda vuelta solo fuera un registro notarial que ratificara la Presidencia de Santos. Sin embargo, como dijo Calderón “Colombia es un país tan fuera de lo común, que cada cosa que ocurre es un hecho extraordinario”. Y en tres semanas en política colombiana, nada se puede predecir.
TEMAS RELACIONADOS: