Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 04 de junio de 2010
Madrid, a 11 de abril de 1942
Queridísima Madrina:
No sé qué decirte más de lo que ya clara y repetidamente te he dicho, que te quiero, que me gustas más que a nada en este mundo, y que me gustaría que mi vida, la vida restante que Dios quiera concederme, estuviera enlazada a la tuya, mi preciosa Madrina. Te lo digo clara y llanamente, sin ningún arrequive elegante que pueda hacer de otro modo interpretables mis parcas y sinceras palabras de amor. Mi corazón tiembla como el de un pajarillo perdido, esperanzado por volver a reencontrarse con la ruta de su destino trazado por la mano de Dios en las estrellas, cada vez que te veo, te oigo o te beso. Creo que ya no puedo vivir más sin tenerte cerca, muy cerca, lo más cerca posible, aspirando con intensidad todo el delicioso aroma de tu personita. Habitas en mi corazón y tu presencia en él la noto cada minuto. Mientras no sea esto así ( estar cerca de ti siempre ) viviré atormentado - “excrucior”, que diría el apasionado poeta Catulo. No quisiera que mis esperanzas llenas de anhelo fueran sólo un sueño de un hambriento de amor, el espejismo de un sediento en el desierto, pues quisiera que fuera real, un futuro cierto. Te quiero para hoy y para siempre, como un chiquillo que sólo ve en ti la razón de una vida digna de llamarse vida, llena de amor y afecto. Tu es mihi lux mundi. Sé que yo sólo soy un gusano inútil y tú una mariposa, pero pudiera ocurrir que sea de esos gusanos que llegan a construir su casita, para salir después de ella transformados en mariposa. Mientras, mendigo a todas horas el sonido de tu voz, tu risa cascabelera y principesca, y tu imagen radiante y llena de vitalidad, comestible...Te comería, te besaría toda, todita eternamente. ¡Sabe tan bien todo tu cuerpecito querido! ¿Mira que si me dejo caer por Mazcuerras o, lo que es lo mismo, Luzmela, para verte? Cojo el tren hasta Torrelavega. Y luego, andando andando, por la carretera que marcha en dirección a Cabezón de la Sal, cruzo el Saja y llego a tu casa, y llamo a la puerta de la más grande escritora española...Espero no encontrar un lloroso “klausithýron”, “clausis expulsus e foribus”, pues se notaría mucho en aquella plazoleta en donde tanta gente anda jugando a los bolos, ese saludable vicio belicista santanderino, mi ataque de histérico enamorado. Deslumbrante Madrina, bendita belleza fulgente para ser admirada constantemente de hinojos, como aquella ciudad deslumbrante del Evangelio: “Non potest civitas abscondi supra montem posita”.
Te quiere radicalmente, devotamente, sacrosantamente, locamente, obsesionadamente,
Luis de Santullán
P. D. Seguramente que ya sabes que ha muerto en la cárcel de tuberculosis – y, sobre todo, de miseria – el grandísimo y joven poeta Miguel Hernández. Y yo no morí allí porque el Cielo me ha otorgado una maravillosa Madrina. Parece mentira que haya muerto en prisión alguien que como Miguel amaba a España por encima de todo, tal como nos evidencian sus poemas de guerra, cuyas imágenes patrióticas, si las sacásemos de su contexto bélico, de las circunstancias de las batallas militares y políticas, podrían indistintamente haber sido usadas por los poetas más patrióticos de la llamada zona nacional, como Rafael Sánchez Mazas, Luis Rosales, Ernesto Giménez Caballero, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco y otros garcilasistas, incluso también por un monárquico como José María Pemán. No hay que olvidar que la última carta que este poeta-cabrero escribe a Federico García Lorca ( a tu querido Federico ), a principios del 36, tras su fracaso con su “Perito en lunas”, Miguel Hernández llega a decir de sí mismo “yo soy fascista y comunista a la vez”. Más aún, en su poema “La morada amarilla”, de su segundo libro, “El silbo vulnerado”, el poeta oriolano defiende de forma decidida la unidad de España y el regreso a las glorias del Imperio, invitando a recuperar los destinos católico-imperiales. Otra circunstancia de su obra que le debería haber “redimido” es su poesía religiosa, su alta y muy sentida poesía religiosa. Pues además de sus preciosos poemas a la Virgen María, es autor de un ortodoxísimo Auto Sacramental, que parece haber salido de la mismísima escuela de Agustín Moreto: Quien te ha visto y quien te ve o sombra de lo que eres, en el que el hombre es visto como una débil criatura que está a merced de los placeres fugaces de la vida y a quien sólo puede redimir el “Buen Trabajador”, que en un nivel es el campesino, en otro es la industria y la austeridad y en un tercero es Cristo. Con esta obra – cuyo título se lo propuso su editor, José Bergamín, en contra del equívoco título que quería el autor, La danzarina bíblica – Miguel Hernández, según palabras de Pablo Neruda, se convierte en “el más grande poeta nuevo del catolicismo español”. Básicamente este auto sacramental se inspira en los dramas de Calderón, principalmente en La vida es sueño y El veneno y la triaca. Toda la moralidad profundamente comprometida de Miguel Hernández responde a una raíz de antropología cristiana, y para nada a un materialismo amoral comunistizante, del que al final ha sido acusado por sus enemigos, que no constituyen, por cierto, Madrina, todo el bando nacional. En realidad, Miguel Hernández vivió hasta que estalló la guerra entre fascistas y comunistas que apoyaban su poesía, y si al final acabó del lado de los comunistas y no vistió la camisa azul mahón de la Falange fue sólo por las circunstancias exteriores. Es así que para tu hermano Víctor, cerrado partidario del nuevo Régimen, la muerte de Miguel Hernández en la cárcel, probablemente abandonado – hay quien dice que un neumotórax le podría haber salvado la vida, como a mí -, constituye, después de la desgraciada muerte de Federico García Lorca – tu querido Federico – una verdadera andanada a la línea de flotación de este Régimen de Franco. Efectivamente no podemos olvidar tampoco la alta poesía religiosa que late en el ya citado silbo vulnerado, que bebe fundamentalmente en las fuentes de San Juan de la Cruz y en las ideas archicatólicas de su gran amigo Ramón Sijé, pseudónimo del gran intelectual José Marín. Bien es verdad que Miguel Domingo Hernández Gilabert, como buen artista, mintió acerca de su biografía, inventándose él mismo una vida de pobre pastor que vivía en la miseria allá en su pueblo de Orihuela, cuando en realidad su padre era un tratante de ganado que compraba reses en el Orán francés y facturaba vagones de tren con grandes partidas de animales previamente engordados para venderlos en Zaragoza y Barcelona. Descubrir esto enfadó a algunos de sus amigos poetas en Madrid, frente a los que se describía como un pobre vagabundo, pero yo creo que un verdadero artista como Miguel tiene derecho a forjarse una biografía literaria. En todo caso, es una “pia fraus” con la que se abrió muchas puertas de editores ( lo del pobre poeta-cabrero le dio mucho juego: los seres normales tienden a ser misericordiosos si no les supone mucho sacrificio ). Lo que es más difícil de perdonar es su justificación ante nuestro paisano José María Cossío de no saber latín “por estar tan distante de la lengua de misa como de la china”. Es el desprecio que expresa toda ignorante impotente. Por otro lado, estudió desde los cinco años en una de las escuelas de la congregación escolar del Ave María en su pueblo, institución de gran prestigio pedagógico fundada por el padre Manjón en la Granada de 1889. Las escuelas del Ave María han tenido siempre una pedagogía activista y antienciclopédica que las sitúan entre las mejores escuelas activas españolas, y su nombre aparece en cualquier Historia de la Pedagogía española como grandes escuelas de primaria. Y Miguel aprovechó muy bien sus primeros años escolares. Posteriormente estudió durante dos años en el Colegio de Santo Domingo, también en Orihuela, de los padres jesuitas. No terminó el Bachillerato por culpa de su padre, hombre brutal que no paraba de golpearle la cabeza, por la cual circunstancia tuvo siempre el poeta tremendos dolores de cabeza, y que sostenía como un dogma que el hijo del cabrero debía ser cabrero ( ¡en el supuesto de que todo los que haya dicho Miguel de su padre sea verdad!). Debió sus primeros pasos en la literatura a su amigo Ramón Sijé, pseudónimo y anagrama de un joven, genial y enfermizo intelectual, José Marín Gutiérrez, un joven erudito según la horma de nuestro querido Marcelino Menéndez Pelayo, antiliberal, ultraconservador y ultracatólico, a quien Miguel debió por completo su primera formación de poeta y sus primeros éxitos, protegiéndole siempre hasta que la muerte lo separó de su destino de protector del gran poeta. Por encima de todo Ramón Sijé fue una buena persona que se entregó a la causa de Miguel Hernández con mucha mayor honradez, lealtad y nobleza que tuvo su protegido con él.
Sus primeros meses en Madrid fueron de resistencia contra la miseria. Pronto se le acabó el dinero que le habían dejado sus amigos y su padre, más épico que lírico, y tuvo que recurrir para hacerse famoso como poeta a falangistas futuros, como Ernesto Giménez Caballero, amigo del ultraconservador Ramón Sijé, y creador de la Gaceta Literaria, y que describió a Miguel Hernández como “simpático pastorcillo caído en esta Navidad, de cara ancha y cigomática, clara, serena y violenta”. Toda la vida de Miguel, al contravenir el destino que le fijó su padre como cabrero, fue pedigüeña y mendicante, pedigüeña y mendicante hasta agobiar a sus más estrechos amigos, y que estéticamente es muy discutible, pues que a veces su actividad pedigüeña y mendicante no está exenta en la forma de cierta y clara babosería. También influyó en él, y eso te lo pudo haber dicho tu propia prima, la gran pintora María Blanchard, que en gloria esté, la llamada escuela de Vallecas, importante grupo de pintores y escultores que acabó haciendo carteles para el Frente Popular en nuestra Guerra; algunos de los cuales eran verdaderos artistas, como Benjamín Palencia y Alberto Sánchez, e incluso la pintora gallega Maruja Mallo, quien probablemente – creo yo – fue la primera mujer que experimentó los ímpetus eróticos del joven poeta. Semanas antes había experimentado los ímpetus de Rafael Alberti. Según R. su amistad con Vicente Aleixandre fue tan grande y tan intensa como la que tuvo con el bueno de Ramón Sijé.
Dios bendiga y tenga en su gloria al poeta de Orihuela, que trepaba a los árboles del Retiro para que entendiera Neruda cómo canta el ruiseñor, pájaro que no embellece con su presencia sonora las tierras de América. Y Dios perdone también sus pecados, de los que ninguno estamos libres, que ya Kempis dejó dico que tentación es la vida del hombre sobre la tierra.
Te vuelve a besar ardiente y devoto tus manos y tus pies,
Luis
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