Opinión

El mito sindical

José María Herrera | Sábado 05 de junio de 2010
Si está en lo cierto Homer Simpson, el célebre pensador animado, hay tres tipos de personas: las que saben contar y las que no. Yo pertenezco a este grupo y también un amigo que cree que nuestro mundo tiene cincuenta años. Cualquiera puede advertir que su cálculo es bastante inexacto, pero también es verdad que no se refiere a la Tierra o la especie humana, sino a los elementos que conforman nuestra cotidianidad: internet, los mundiales de futbol, la sociedad del bienestar, el mercado globalizado, eurovisión, los triglicéridos, en fin, lo que de hecho cuenta, el mundo real, como dice la publicidad de cierta universidad privada que desconoce qué es la universidad. Evidentemente, nada de esto podría existir por sí mismo, sin apoyarse en multitud de cosas antiguas, pero éstas cosas están siendo engullidas por las arenas movedizas de la historia a velocidades tan vertiginosas que parecen animales en extinción. Una de ellas son los sindicatos de clase.

Los sindicatos surgieron hace dos siglos con el movimiento obrero, movimiento que se detuvo hace tiempo, y del que son estertor y coletazo. Aunque la retórica exija aún apelar a los trabajadores, éstos no constituyen el centro de la acción de ninguna fuerza política, tampoco de los partidos de izquierda. El capítulo obrerista de la historia se cerró con la llegada del estado del bienestar. Ahora el progreso tiene que ver con las minorías. Se sigue hablando de trabajadores, pero en la nueva sociedad ellos no son los oprimidos por los que hay que luchar, sino la mayoría privilegiada sobre la que recae el deber de sostener el estado social y de derecho. Tener un trabajo compromete hoy con el bien público tanto como ayer comprometía un título de propiedad.

El papel de los sindicatos de clase en una sociedad que ha hecho con las clases lo mismo que hizo la sociedad burguesa con los antiguos estamentos medievales es más que nada nostálgico. Si conservan todavía alguna relevancia pública es porque nadie se ha tomado la molestia de expedir el correspondiente certificado de defunción. Esto no significa que no estén muertos. Lo están, aunque a los gobiernos les venga de maravilla fingir que están vivos y que no se hace nada relacionado con los trabajadores que no se pacte previamente con ellos. La ficción cuesta una fortuna, pero merece la pena. Y no porque se tema a los sindicatos –la prueba es que los gobiernos no dudan en romper sus compromisos cada vez que hay que apretar el cinturón de los funcionarios del Estado, la principal empresa del país-, sino porque, a ciertos efectos, siempre es preferible la buena conciencia democrática.

Si de Dios sabemos por sus obras, de los sindicatos sabemos fundamentalmente por lo que cuestan los liberados sindicales. Un liberado sindical es lo más parecido a un canónigo que hoy queda en el mundo. Como éstos, forman una clase improductiva, las auténticas manos muertas del país. Aunque su función es velar por los derechos del trabajador, tan mermados en la práctica, suele ser más fácil verlos protestar por otras cosas manifiestamente más nobles: la inocencia del juez estrella, por ejemplo. Esto explica que, a diferencia de los aborrecibles sindicatos corporativos, los pilotos de Iberia o los maquinistas de la Renfe, que únicamente luchan por las condiciones de trabajo de sus afiliados, combatan por un mundo mejor, el mundo donde una vida como la suya sea posible, este mundo, en suma. Algunos, creyendo quizá que todavía están vivos, se lamentan de que en aras a tan loable fin rujan tanto y muerdan tan poco, pero: ¿ustedes creen que el león mordería al domador que le mete la cabeza en la boca cuando minutos antes éste le ofreció para desayunar una vaca?

Uno de los grandes logros de la democracia española ha sido saber convertir la fuerza sindical en un baluarte de la paz social. El espectáculo de un montón de personas en mono de trabajo quemando neumáticos en una circunvalación ha desaparecido de la tierra patria. Cuando un sindicato mayoritario sale a la calle, pongamos para celebrar el uno de Mayo, lo que se ve es sólo una minoría de liberados muy bien alimentados que interrumpe su ideológico reposo para mantener viva la leyenda de que constituyen una fuerza capaz en cualquier instante de desatarse. La memoria histórica quizá conjure en los más viejos otros recuerdos, pero los sindicalistas ya no van camino de la iglesia con un cirio en la mano, ni luchan por la dictadura del proletariado, aquella extraordinaria posibilidad que perdió España con la República. Todo esto les incumbe hoy tanto como el amor al prójimo al rechoncho canónigo catedralicio.

Aquí y allá muchos se sorprenden de la apatía del movimiento sindical. ¿Cuál es la razón de que en circunstancias tan adversas como las actuales, las más adversas desde hace tiempo, los sindicatos se muestren tan pasivos? Mi sospecha es esta: no se mueven simplemente porque intuyen que nadie va a seguirlos a ninguna parte y que el día que se haga visible la desafección de los trabajadores comenzará a ponerse en duda su derecho al maná estatal. Se trata de una sospecha, pero la prueba de si es sólo eso la tendremos la próxima semana, con la huelga de empleados públicos, nunca tan maltratados como ahora. ¿Irán a la huelga los empleados públicos? Los liberados, que son miles, tomarán sin duda aceras y enarbolarán pancartas, pero los liberados no trabajan y, por tanto, no deberíamos dejarnos engañar por lo que hagan. Donde hay que mirar es en los colegios, los hospitales, los juzgados, las oficinas. Aguarden cuatro días y me dirán entonces si estoy o no equivocado.

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