Opinión

¿Problema húngaro o problema de la clase política europea?

Lunes 07 de junio de 2010
Más de uno echará ahora de menos la primigenia Europa de los 12. Entonces, los requisitos para entrar en el selecto club de la Unión Europea eran muy exigentes, de ahí su numerus clausus. Pero el listón fue bajando para dar entrada a nuevos socios, hasta llegar a la actual Europa de los 27. Y recientes acontecimientos acaban por dar la razón a aquellos euroescépticos que vaticinaban que los despropósitos de algunos los pagaría el resto, por poca o ninguna culpa que tuviesen. El caso más flagrante es el de Grecia, cuya delicada situación económica amenaza al resto del continente. Tampoco escapan al microscopio países como España, Portugal o Irlanda -tildados con el despectivo acrónimo de PIGS. ¿Un estereotipo injusto? Desde luego que sí, pero la mejor manera de quitarse el sambenito de encima es extremar la seriedad, el rigor y la disciplina. Recientemente, ha sido Hungría el elemento llamado a corroborar las sospechas.


Pese a no formar parte del euro y de tener un PIB de apenas el 1 por ciento del total de la Unión Europea, las declaraciones del jefe de prensa del gabinete magiar en las que denunciaba que el gobierno saliente había falseado las cuentas y que la situación económica del país era muy grave hicieron saltar todas las alarmas. Tanto que el propio primer ministro, Victor Orban, ha tenido que salir al paso para tranquilizar tanto a la opinión pública como a los mercados financieros, asegurando que “todo ha sido una exageración”. No se sabe qué inquieta más, si la falsedad de las cuentas o la irresponsabilidad de una administración en que un alto funcionario se permite imprecisiones en temas tan sensibles y en momentos tan delicados.


Lo cierto es que la situación de la economía húngara dista mucho de ser buena, pero tampoco son mejores los primeros pasos dados por el flamante gobierno de Orban. Si tan mal estaban las cosas, discreción y manos a la obra. Y si no, a qué decir nada. Cuando se forma parte de un todo, como es la Europa de los 27, hay que tener un mínimo de responsabilidad política y saber que cada metedura de pata de uno de sus miembros afecta a los otros 26. Y no está la estabilidad financiera de Europa para muchos sobresaltos. Va siendo hora de que asumamos las implicaciones de nuestros propios actos. Si nos hemos dotado de una moneda común, exigiendo una disciplina monetaria estricta, actuemos en consecuencia: una organización continental de países supuestamente cultos y desarrollados, no debe estar en manos de aventureros políticos sin profesión conocida, irresponsables y semi-analfabetos, por “vivos” que sean, que falsean cuentas y/o declaraciones, incurren en déficits cuatro veces mayores que lo establecido en las reglas comúnmente consensuadas, o se dedican al tráfico de moda masculina. La clave no está en su condición de griegos, húngaros o españoles. El asunto es su falta de profesionalidad, ausencia de conocimientos y carencia de especialización, salvo para la intriga, la conspiración y el maquiavelismo de vía estrecha. Menos astucia política y más responsabilidad, formación y conocimientos administrativos: ¡ya está bien de tanto pillastre y charlatán de feria guiándonos al desastre!