Martes 08 de junio de 2010
Una semana después del asalto israelí a la llamada “Flotilla Libertad”, no hay apenas datos nuevos que arrojen algo de luz a un asunto tan turbio. Si acaso, que la oposición a Netanyahu va a plantear una moción de censura, señal de que, al menos, en Israel hay democracia, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de países árabes. Por lo que se sabe hasta ahora, se trató de una operación mal planificada y peor ejecutada, llevada a cabo contra un aguerrido grupo de “pacifistas” armados y con más afán de provocar que de cooperar. Conviene, no obstante, precisar que los incidentes se produjeron únicamente en uno de los seis buques; en el resto la normalidad fue la tónica dominante. Igual que el abordaje, pocos días después, de una embarcación irlandesa cuyo cometido era el mismo que el de la flotilla turca pero, en esta ocasión, sin tripulantes exaltados. En este sentido, es preocupante el precedente establecido: sin ir más lejos, ahora son dos barcos iraníes los que se han hecho a la mar con el objeto de atracar en Gaza. Mal asunto.
No es la primera vez que Israel se excede en el uso de la fuerza, ni es la primera vez tampoco en la que sus fuerzas armadas hacen lo que no deben. Y todo ello es denunciable, lo haga quien lo haga. Dicho lo cual, Israel tiene todo el derecho del mundo a defenderse. Por ejemplo, el denominado “Muro de la Vergüenza” acabó por darle la razón a un ejecutivo israelí que demostró, con datos en la mano, que desde su construcción habían disminuido notablemente las incursiones de terroristas desde Cisjordania. El caso de Gaza es aún más grave, por cuanto quien rige sus designios es una organización terrorista, Hamas, que no vacila en utilizar ambulancias para trasladar armas y que utiliza a niños como escudos humanos. Así las cosas, es perfectamente entendible que Israel quiera fiscalizar a conciencia todo aquello que entra en la franja.
No lo es tanto en férreo bloqueo, que sufre Hamas, sí, pero sobre todo la población palestina de Gaza, rehén de unos y otros. Su situación es desesperada; no hay expectativas laborales, de movilidad ni, por supuesto, de progreso alguno. De eso se aprovecha la organización terrorista a la hora de manipular a unos jóvenes a los que no se les ofrece alternativa alguna. Y sería un paso muy inteligente que fuese Israel quien precisamente ofreciese una oportunidad a esa ingente masa de gente que vive en condiciones infrahumanas. La seguridad es la excusa para mantener un bloqueo que, de momento, lo único que está haciendo es asfixiar a casi dos millones de palestinos. De ahí que la iniciativa de mediación francesa –en ausencia de propuesta alguna venida del señor Zapatero, actual Presidente de la Unión- consistente en que sea la Unión Europea quien fiscalice lo que entra en Gaza, por más que no guste a Netanyahu, pueda ser una buena idea. Nada se pierde con intentarlo, y mucho es lo que se puede ganar. Por unos y por otros.
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