Miércoles 16 de junio de 2010
Será el día 29 de septiembre. Ese es el día elegido por UGT y CCOO para convocar una huelga general en España. Lo harán después de las vacaciones estivales, aunque a más de un mal pensado se le ocurrirá que quizá los sindicatos llevan demasiado tiempo de asueto. Si nos atenemos al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, una de las acepciones que tiene la palabra “huelga” es la de “recreación que ordinariamente se tiene en el campo o en un sitio ameno”. Desde luego, parece ajustarse punto por punto a lo que ha sido el devenir cotidiano de las centrales sindicales durante los últimos años. Y es que uno de los méritos incuestionables que hay que atribuir a José Luis Rodríguez Zapatero es el haber domesticado a UGT y CCOO de manera tal que durante todo este tiempo no se haya sabido nada de ellos.
Y eso que han sido tiempos difíciles. De hecho, no se recuerda una destrucción de empleo semejante. Por eso choca bastante la peregrina razón esgrimida por Cándido Méndez para convocar la huelga general; se hace, según el líder sindical, para “reaccionar ante los ataques que están sufriendo los trabajadores”. Qué ataque para un trabajador puede ser peor que el de la pérdida de su puesto de trabajo. Pues resulta que en España hay más de cuatro millones y medio de personas en esa situación. Personas que no podrán hacer huelga -qué mas quisieran-, pero que parecen no existir para unos sindicatos que a lo único que se han dedicado en los últimos dos años ha sido a coaccionar a la justicia para que Garzón permaneciese por encima de la ley y a actuar como guardia de Corps de Zapatero en detrimento de organismos oficiales, empresarios y personas de la talla de Miguen Angel Fernández Ordóñez o Joaquín Almunia que alertaban de lo que estaba pasando en España.
Gobierna -o debiera hacerlo- José Luis Rodríguez Zapatero y suya es por tanto la responsabilidad en los éxitos y fracasos de la política española. Pero no puede obviarse que, al menos en materia económica, el Presidente del Gobierno ha ido de la mano con unos sindicatos cómplices de una línea de actuación que ha llevado a España al borde del abismo. Y precisamente ahora que empiezan a implementarse medidas con sentido común, despiertan de su letargo para intentar sabotearlas. Ya fracasaron estrepitosamente en el reciente paro de la función pública -pese a la “amabilidad” de ciertos “piquetes informativos”. De seguir así las cosas, en septiembre van por el mismo camino. En todo caso, es un hecho que su credibilidad está bajo mínimos. Se lo han ganado a pulso. Porque lo mejor que un sindicato puede hacer por un trabajador es luchar por que no pierda su puesto de trabajo, en lugar de callar -cuando no cooperar activamente- ante políticas que destruían empleo y despilfarraban recursos públicos.
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