Martes 11 de marzo de 2008
Los resultados electorales del pasado domingo han dejado un escenario que muestra una tendencia clara hacia un sistema bipartidista. Los partidos minoritarios se han visto esquilmados por la tendencia de los españoles a optar por un voto útil y, sobre todo, generalista. Los datos son claros. ERC ha pasado de ocho a tres escaños y otras formaciones nacionalistas han desaparecido del Congreso, EA y la Chunta Aragonesista, y del Parlamento andaluz, el Partido Andalucista. El PNV no ha conseguido alcanzar la mayoría en ninguna de las provincias vascas y ha perdido más de 100.000 votos. El único que se ha salvado de la quema, consiguiendo -mientras el voto emigrante no diga lo contrario- un escaño más que en la anterior legislatura, es CiU. Además, la gran sorpresa la ha dado Rosa Díez, que ha logrado en sólo seis meses hacerse con un escaño y colocar a su partido, UPyD, como la quinta fuerza más votada del país. La conclusión: los españoles, con su voto, han mostrado su hartazgo ante las soluciones parciales y separatistas de los partidos nacionalistas y regionalistas.
El bipartidismo es un claro signo de madurez democrática y no es algo nuevo en España. Desde que la Constitución de Cádiz fuera ratificada por las Cortes, son muchos los nombres que ha recibido el bipartidismo en la reciente historia de España. Liberales y absolutistas, progresistas y moderados, conservadores y liberales, republicanos y monárquicos, PSOE y PP, por fin. Pero esta dicotomía no funcionó bien hasta que ambas partes fueron conscientes de la necesidad de contar con el otro. No hacerlo era la fuente de la conspiración y el pronunciamento. Y, sin querer excusar su obvios defectos, al sistema canovista de la Restauración hay que reconocerle el mérito de haber aportado estabilidad al país, creando políticas de Estado, por encima de las de partido, mediante un sistema de alternancia, de turno en el poder.
En nuestros días, se puede decir que el bipartidismo hace tiempo que ha sido asimilado por el centro-derecha, desde el momento en el que las tendencias más radicales de la misma se han visto obligadas a aglutinarse dentro del PP. Ahora se ha consolidado en la izquierda: en estas elecciones el PSOE ha integrado a la extrema izquierda, incluyendo a una parte sustancial de la izquierda secesionista de ERC. Esto es una buena noticia siempre que Zapatero comprenda -como en su momento supo entender Aznar- que esos electores son votos cautivos, sin otra alternativa que votar al PSOE y que, por tanto, no es necesario pagarles un precio político excesivo. No hay que olvidar casos como el del Estatuto de Cataluña, claro peaje al independentismo catalán por parte de este Gobierno, que emponzoñaron toda la legislatura pasada.
Por ello, resulta absurdo escuchar a esas voces que se lamentan del claro bipartidismo hacia el que avanza España. El "tsunami bipartidista" del que tanto se queja una de sus principales víctimas, el líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, no es otra cosa que la expresión de la voluntad de un pueblo que está exigiendo políticas centradas y generales. Históricamente, las democracias más asentadas y con mayor raigambre del mundo, Gran Bretaña y Estados Unidos, han caminado siempre sobre dos piernas: la izquierda y la derecha. A pesar de que cada pierna tiene unas características propias, ambas son conscientes de que pertenecen a un mismo cuerpo. Han de respetarse mutuamente porque el objetivo último de las dos debe ser caminar hacia una misma dirección. Si una le pone la zancadilla a la otra, a largo plazo es el cuerpo social el que acabará sufriendo.
Tanto PP como PSOE deberían interiorizar que, por encima de sus legítimas luchas partidistas por hacerse con el poder, se necesitan el uno al otro, como partes indispensables de un sistema que ha de sustentarse sobre ambos. La estrategia de Zapatero durante la pasada legislatura de arrinconar al PP para "romperlo" y neutralizarlo como adversario, afortunadamente, no ha dado resultado. Esperemos que durante los siguientes cuatro años, el líder socialista se dé cuenta de que la medida de madurez democrática de un sistema la indican los grandes pactos que se establecen entre sus principales partidos. Si no lo asimila e insiste en su idea de "romper" al PP a toda costa, acabaremos con una democracia tullida.
CUANDO EL SOBERANO DE LOS FONDOS NO ES EL MERCADO
Colonial, una de las más destacadas inmobiliarias españolas, tenía un futuro incierto tanto por su situación financiera como por la de alguno de sus accionistas para el que uno de sus acreedores ha solicitado lo que antes se conocía como suspensión de pagos. El futuro del sector no es precisamente brillante. Pero a última hora ha aparecido el fondo soberano de Dubai para, tras una larga negociación entre empresa, inversores y acreedores, cerrar un trato que supone el traslado de la propiedad de Colonial al fondo del emirato.
No es una historia nueva. En Occidente se recibe a estos fondos como auténticos salvadores. El pasado año invirtieron 69.000 millones de dólares, según The Economist. Y tienen especial apetito por empresas con una posición financiera comprometida y en sectores considerados "estratégicos". Estos fondos, que tienen su origen en la extracción coactiva de la riqueza de sus ciudadanos o en la nacionalización de recursos primarios, no se someten al cálculo de beneficios y pérdidas que caracteriza al mercado, sino que se mueve en muchas ocasiones por otras consideraciones que tienen que ver con la estrategia geopolítica.
Con todo, pese a no ser seguramente la mejor opción, tampoco es la peor de todas que los países con recursos primarios de los que se extrae una importante renta quieran convertirla en riqueza, en lugar de transformarla en gasto como hace, como triste ejemplo, Venezuela. Mas el hecho de que con las económicas se crucen consideraciones puramente políticas aconseja que se observen los movimientos de los llamados "fondos soberanos" con cautela.
EVO MORALES Y LAS CONTRADICCIONES DE LAS POLÍTICAS ENERGÉTICAS EN IBEROAMÉRICA
El presidente de Bolivia, Evo Morales, anunció ayer su intención de poner en marcha una política que muchos países a nivel mundial vienen adelantando: la sustitución de las bombillas tradicionales por otras de bajo consumo con el objetivo de lograr un mayor ahorro y eficiencia energética. La noticia no tendría nada de especial desde el momento en el que se está generando a nivel mundial una transformación del modelo energético hasta ahora vigente, altamente dependiente del petróleo. Además, paradójicamente, el Gobierno de Bolivia intenta ponerse a tono con la tendencia mundial con un discurso en el que, de manera retórica, pero a la vez intrascendente, se apunta a la necesidad de que el servicio eléctrico sea público. Pura demagogia. La realidad es que por su naturaleza éste no puede ser de otra manera.
Esta noticia -teniendo en cuenta las alianzas gubernamentales de la región y la fuerte influencia de Venezuela- refleja claramente las contradicciones existentes en las políticas energéticas de Iberoamérica. De forma poco consistente se diseñan estrategias sin tomar en cuenta la necesidad global de un modelo alternativo energético de tipo sustentable y sin un correlato institucional claro y viable de integración regional. Además, con este tipo de medidas -y, sobre todo, con el discurso que las acompaña- se obvian las experiencias propias de cada país.
Por otra parte, el ministro de Hidrocarburos boliviano, Carlos Villegas, ha anunciado que esta medida se engloba en el propósito general del Gobierno de diversificar el sector energético con fuentes geotérmicas y recursos hidráulicos.
Resulta pertinente preguntarse cómo esta diversificación y apuesta por un modelo alternativo energético podrá lograrse en un escenario, en el que, como apunta el mismo Morales, todo debe ser realizado bajo la consigna de "unidad nacional". En un escenario, en fin, en el que está excluido el diálogo y la concertación entre los distintos sectores sociales que hacen viable el desarrollo y avance del sector energético.
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