Opinión

Malalai Kakar

Álvaro Ballesteros | Jueves 17 de junio de 2010
He aquí un nombre que al público español no le dirá demasiado, excepto a los que desde hace ya una década siguen de cerca el desarrollo de los acontecimientos en Afganistán: otro de esos escenarios que (a pesar de la indiferencia de muchos) hace tiempo que no podemos considerar lejano porque pertenece (aunque nuestros políticos consigan ignorarlo) a nuestra agenda euro-atlántica de una manera más profunda de lo que estamos dispuestos a admitir y entender.

Malalai Kakar era un símbolo muy poderoso en vida, y su legado es quizás aun más grande tras su muerte, acaecida el 29 de septiembre de 2008, cuando un grupo de asesinos talibanes acribilló a esta valiente mujer afgana al salir de su casa, camino de su puesto de trabajo. Madre de seis, Malalai Kakar era un símbolo de libertad que los talibanes no podían soportar ni un segundo más. El ejemplo de esta mujer era peligrosísimo ante los ojos de los religiosos ultra-radicales: Malalai Kakar era la primera mujer en graduarse como oficial de policía en la academia de los Cuerpos de Seguridad afganos, nada menos que en la conflictiva región de Kandahar. Fue también la primera mujer en ascender a inspectora de policía: para los talibanes, el desafío de la igualdad de derechos y obligaciones de los géneros masculino y femenino consolidado al cien por cien en una sola mujer. Un desafío de igualdad de géneros real, no como la hueca agenda de la Ministra Aído de cara a la galería.

Cada mañana, Malalai Kakar preparaba a sus seis hijos para enviarlos al colegio, después revisaba su arma reglamentaria, repasaba las notas con amenazas de muerte que los talibanes le dejaban en su casa a diario, y con una entereza y valentía dignas del más absoluto respeto y admiración, partía hacia su puesto de trabajo en la comisaría de policía en Kandahar. El trayecto de casa al trabajo lo hacía cubierta con un burka negro, para ocultar su identidad a las patrullas talibanes que controlan toda la ciudad, a pesar de la presencia de militares de EE.UU. y de la misión ISAF de la OTAN. El burka cubría su identidad y su Kalashnikov AK-47: por desgracia, el único argumento válido para defender sus derechos ante los ultra-radicales terroristas talibanes, por mucho que tantos en Europa se nieguen a aceptarlo.

Malalai Kakar se unió a la policía afgana siete años antes de que los talibanes se hicieran con el control del país, tras lo cual huyó a Pakistán. Allí vivió durante diez años, formó su familia y soñaba con regresar a su trabajo de policía en su región natal. Malalai Kakar eligió ser policía porque sabía que los discursos y las buenas intenciones no son suficientes para defender su ciudad, su región y su país de la ola de fascismo religioso encarnado en el movimiento talibán. Su valentía le costó la vida: los talibanes sabían que matándola mataban también el sueño de la democracia en Afganistán, el sueño de la igualdad entre hombres y mujeres, y el ejemplo que daba alas a otras muchas afganas para participar activamente como ciudadanas de pleno derecho en la vida de su país.

El legado de esta valiente mujer es enorme, pero los talibanes saben que el tiempo juega a su favor, y que si no mantenemos el ejemplo de Malalai Kakar vivo, la victoria talibán será irrefrenable. Por eso debemos mantener y reforzar nuestra presencia en Afganistán. No solo militarmente (algo esencial y necesario), sino también en el campo de la asistencia civil, policial, técnica, económica, cultural; mostrando, en fin, que el compromiso occidental con la democracia en Afganistán es real, sólido y congruente.

Los políticos europeos, con Zapatero a la cabeza, se llenan la boca hablando de derechos, igualdad, democracia y desarrollo sostenible, pero olvidan que sin seguridad real sobre el terreno (como en Afganistán) todo ello no es más que una quimera irrealizable y utópica.

Es esencial comprender que todo el esfuerzo estabilizador de la Comunidad Internacional en Afganistán es inútil sin seguridad frente a los ataques talibanes. Por eso es tan poco comprensible que los aliados en la operación ISAF de la OTAN no hayan asumido una coordinación efectiva más sólida desde hace tiempo; por eso es tan poco comprensible que el compromiso euro-atlántico con Afganistán parezca tan incoherente; por eso es tan poco comprensible que nuestro gobierno mantenga a nuestras tropas en un régimen de acción tan poco pro-activo; y por eso es tan poco comprensible que nuestros gobiernos mantengan su presencia en el país durante casi una década al tiempo que las sociedades europeas viven totalmente ajenas al desarrollo de los acontecimientos en Afganistán.

Defender los Derechos Humanos desde un escaño en Madrid o en Bruselas es algo muy fácil. Hacer lo mismo sobre el terreno, en los polvorientos pueblos de Afganistán es algo muy distinto. Algo que nuestros políticos nunca entenderán, con sus escenificadas y aplaudidas visitas de un día al destacamento español en Qala-E-Now.

Salvando las distancias, recuerdo otros escenarios de conflicto en Europa donde la autocomplacencia de los políticos y de los pacifistas acomodados permitió que los radicales de la limpieza étnica desarrollasen sus labores de exterminio étnico sin mayores obstáculos. José María Mendiluce escribía en el prologo del libro “Welcome to Hell” de Alfonso Marco, sobre el conflicto genocida en Bosnia, que “este conflicto ha consolidado mi impresión de que hay mucha gente que sabe mucho, pero que no entiende nada. Y que todavía es escaso el ejercicio de comparar los hechos, desde su conocimiento, con los valores irrenunciables y universales que decimos defender. También ha consolidado mi aversión profunda a un modelo de supuesto pacifismo que mezcla el sueño de la paz con la realidad de un genocidio y contribuye al desarme de las víctimas en su derecho básico a defenderse. O a ser defendidas”.

En Afganistán, como antes en otros muchos escenarios, los políticos y estrategas de salón olvidan rápidamente que la defensa de nuestros valores no es gratuita y que el esfuerzo por mantener la democracia viva en cualquier rincón del planeta va inherentemente unido al desarrollo de la democracia en nuestros propios países. Hace ya muchos años, Hermann Tertsch escribió un artículo inolvidable titulado “Nuestras Fosas”. En él, explicaba magistralmente que las fosas comunes en Bosnia nos pertenecían ya a todos los europeos, pues nuestros valores y promesas de un futuro mejor yacían en parte enterrados en aquellas fosas, junto a las víctimas humanas del genocidio étnico.

Hoy, mirando la foto de Malalai Kakar y repasando los diez años de acción incoherente de Occidente en Afganistán, rememoro las líneas de aquella magistral columna dolorosa de Hermann Tertsch y me atrevo a decir que nuestros valores y promesas de un futuro mejor yacen en parte en las tierras polvorientas de Afganistán, ante las miradas lejanas de los transeúntes europeos. A pesar de todo, sé que el ejemplo de Malalai Kakar seguirá en la mente de muchos de nosotros hasta que nuestra existencia se extinga. Desde la distancia de mi presencia física, reitero una vez más mi sentido pésame al pueblo de Afganistán y a la familia de esta gran mujer. Desde la cercanía de mi compromiso personal y político, mantengo la promesa de que yo no los olvidaré.

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