Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 18 de junio de 2010
Madrid, a 6 de enero de 1943
Querido Luis:
Feliz 1943 también para ti. El azar tiene brocas diamantadas y el destino, que sabe de mil peligrosos ardides, a menudo conoce la entrada a los lugares más insospechados y es capaz de provocar el derrumbe total de la naturaleza más sólida. Es así que tu carta del 2 de enero me ha derretido, y me ha penetrado hasta el fondo de mi alma, volviéndome de nuevo el cuerpo de carne trémula. No te mueras, ángel mío. Ni mucho menos te vayas a Rusia como voluntario. ¿Qué es eso de que deseas que te dé un balazo en el corazón un bolchevique? Inglaterra, EEUU y Alemania, más la Francia que recuperará pronto nuestro querido De Gaulle, deberían hacer la paz para aplastar a la Rusia comunista. Mi alma y mi cuerpo todo te necesitan. Debes apagar otra vez el incendio que has levantado con tu carta en mi alma y en mi cuerpo. No pienses tonterías, ¿me oyes? Tu amor hacia mí no es más grande que el que yo te tengo a ti. ¿Cómo estás tan ciego que no lo has visto aún? Ven a mí para llenarte de besos, amor mío. Necesito besarte, mi vida. Constantemente.
Sé que es cierta tu enorme tristeza de amor, amor mío. Lo sé por nuestro común amigo Federico Sopeña, que tanto te aprecia y tan preocupado está de ti. ¡Qué hombre más sabio es este Federico! ¡Y tan joven! ¡Y tan religioso! Sabe distinguir muy bien en su vida y en su hacer profesoral lo que es la religión (un estado personal de disponibilidad hacia el misterio) y lo que es la religiosidad (un fenómeno cultural). Como no podía verte durante todo este tiempo, preguntaba a Federico por ti una y otra vez (espero que no sospeche nada, pero ¡es muy listo!). Y hasta me contaba las conversaciones que tenéis. Me dice que tienes una gran intuición y sensibilidad para entender el arte y la música, y que tu falta de cultura en estos temas lo suples con tu gran penetración sensitiva, que pasáis largo tiempo en el Museo del Prado viendo a los grandes clásicos de la pintura. Se nota que te aprecia muchísimo. ¡Y yo me siento tan orgullosa de ti, ángel mío! Espero verte la próxima semana. Lo deseo ardientemente. No puedo pasar más días sin ti. Sólo tú puedes apagar el incendio que provocas en mi cuerpo. No he sufrido menos yo por tu ausencia que tú por la mía. Estate seguro. Pero los trajines domésticos me imposibilitan llorar de amor como tú. ¡Tú no te puedes figurar los trajines de mi complicada vida! ¡Tienes que venir a Goya...! Bueno, basta ya de sofiones recíprocos. Ven. Ahora mismo, cuando estoy escribiéndote esta carta, me estoy muriendo de deseo.
Hasta pronto, mi amor
Madrina
P. D. Había terminado la carta, amor mío, estaba ya metiéndola en un sobre perfumado, cuando llamaron a la puerta. ¿Y quién era? ¡Nuestro querido y admirado Vicente Aleixandre, a quien no lo había vuelto a ver desde antes de la guerra, desde mayo de 1936! ¡Hemos hablado de tantas cosas! Y muy especialmente del joven poeta desaparecido Miguel Hernández, de quien tan bellas cosas escribiste tú en la primavera de 1942.
Llama la atención – una atención desagradable para mí – que al poco de iniciarse la Guerra Civil se ofreciese como soldado voluntario para luchar en la primera línea del frente cuando sólo hacía una semana los rojos habían asesinado brutalmente al padre de su mujer, Josefina Manresa. También me llama la atención que renunciase a la publicación de la obras de su joven amigo “del alma”, Ramón Sijé, porque el catolicismo de este amigo suyo chocaba con el bárbaro y criminal anticlericalismo de la República en guerra. Activo miembro del Partido Comunista, Comisario Político y bien ametrallador de los enemigos (“Yo seré siempre el poeta dispuesto a disparar el fusil”, le escribe en una carta de despedida a Valentín González, “El Campesino”), Miguel Hernández se hace el hombre de confianza de los jerarcas más destacados de la cúpula militar y política, desde Enrque Líster, cuya 11ª División era la más mimada por el Partido Comunista, hasta las cabezas más visible de la Troika del Komintern en España: Palmiro Togliatti, el argentino Carlos Codovila, Feodorov, Stepanov y Vittorio Vidali (aunque más que Troika nuestro admirado poeta sevillano debía haber hablado de Quinquevirato).
El autor de La destrucción o el amor me dejó leer algunos poemas del libro de Miguel Vientos del pueblo, escrito durante la guerra y en la actualidad prohibido, y que fue dedicado a este enfermo eterno que es Vicente. Me regaló una copia mecanografiada del libro. El libro lo tenía en sus manos el poeta sevillano, editado en Ediciones del Socorro Rojo, e impreso en la Litografía Durá de Valencia. A mí se me parecieron mucho a los grandes poemas de guerra, también en romance, del falangista Federico de Urrutia, sobre todo su Romance de Castilla en armas. Ambos poetas, el falangista Federico y el comunista Miguel, elaboran sus cantos guerreros como los embatería anapésticos de Calino de Éfeso o del gran Tirteo. Su parecido es tremendo. Es así que la estética poética de la guerra se formaliza igual en aquellos grandes poetas cuyo inflamado estro sabe captar el troquel eterno de las fórmulas clásicas. Federico de Urutia canta: “Por la parda geografía/ de la tierra castellana/ iban cantando los mozos / canciones de madrugada./ Allá en la plaza del pueblo,/ bajo la iglesia dorada, / las mozas están llorando…/ ¡Madre, los mozos se marchan!/ El traje de los domingos,/ el trillo, el heno y la azada,/ los caballos de la feria / y la novia que bordaba./ ¡Todo ha quedado en la aldea/ bajo la iglesia dorada!/ -¿Por qué te vas a la guerra?/ ¡Madre, la patria me llama!/ Ávila yace en silencio/ en su muralla apretada./ Segovia en recogimiento/ dormida bajo su Alcázar./ En Toledo se apagaron/ los idilios de la Cava./ Burgos y Valladolid/ marcharon a la cruzada./ Y quedó muda de amores/ la plaza de Salamanca./ Todos los hombres se fueron / al comenzar la batalla./ El Cid – lucero de hierro -/ por el cielo cabalgaba,/ con una espada de fuego/ en fraguas de sol forjada./ El agua se volvió sangre/ en el margen del Jarama./ Y cerca de San Servando,/ el Tajo, que antes bañaba/ milagros de verde fruta/ por la vega toledana,/ mirando al Alcázar roto/ por las noches suspiraba./ Cantos de trinchera bordan/ los Picos del Guadarrama/ y ya el Alto del León / de los leones se llama./ En el Cerro de los Ángeles/ que los ángeles guardaban,/ ¡han fusilado a Jesús!/ ¡Y las piedras se desangran!/ ¡Pero no te asustes, madre!/ ¡Toda Castilla está en armas!/ Madrid se ve ya muy cerca./ ¿No oyes ¡Franco! ¡Arriba España!?/ La hidra roja se muere/ de bayonetas cercada./ Tiene las carnes abiertas/ y las fauces desgarradas./ Y el Cid – lucero de hierro -/ por el cielo azul cabalga/ con una espada de fuego/ en fraguas de sol forjada./ Allá lejos, en el pueblo,/ bajo la iglesia dorada,/ junto al fuego campesino/ miles de madres rezaban/ por los hijos que se fueron/ vestidos de azul el alma./ ¡No llores, madre, no llores,/ que la guerra está ganada!/ Y antes que crezcan los trigos/ volveré por la cañada,/ y habrá fiestas en el pueblo,/ y voltearán las campanas,/ y habrá alegría en las mozas,/ y alegría en las guitarras,/ y desfiles por las calles,/ y tambores y dulzainas,/ y banderas de Falange/ sobre la iglesia dorada./ ¡Madrid se ve ya muy cerca!/ La Falange se alzó en armas./ - Laurel en el rojo y negro/ de sus banderas bordadas -./ …Por la parda geografía/ de la tierra castellana/ clavadas en los fusiles / las bayonetas brillaban./ El Cid, con camisa azul,/ por el cielo cabalgaba/ con una espada de fuego/ en fraguas de sol forjada.” Y Miguel Hernández canta con el mismo octosílabo casi siempre trocaico: “Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran,/ me esparcen el corazón/ y me aventan la garganta./ Los bueyes doblan la frente,/ impotentemente mansa,/ delante de los castigos/ los leones la levantan/ y al mismo tiempo castigan/ con su clamorosa zarpa./ No soy de un pueblo de bueyes,/ que soy de un pueblo que embargan/ yacimientos de leones,/ desfiladeros de águilas/ y cordilleras de toros/ con el orgullo en el asta./ Nunca medraron los bueyes/ en los páramos de España./ ¿Quién habló de echar un yugo/ sobre el cuello de esta raza?/ ¿Quién ha puesto al huracán/ jamás ni yugos ni trabas,/ ni quien al rayo detuvo/ prisionero en una jaula?/ Asturianos de braveza,/ vascos de piedra blindada,/ valencianos de alegría/ y castellanos de alma,/ labrados como la tierra/ y airosos como las alas;/ andaluces de relámpagos/ nacidos entre guitarras,/ y forjados en los yunques/ torrenciales de las lágrimas;/ extremeños de centeno,/ gallegos de lluvia y calma,/ catalanes de firmeza,/ aragoneses de casta,/ murcianos de dinamita/ frutalmente propagada,/ leoneses, navarros, dueños/ del hambre, el sudor y el hacha,/ reyes de la minería,/ señores de la labranza,/ hombres que entre las raíces/ como raíces gallardas,/ vais de la vida a la muerte,/ vais de la nada a la nada,/ yugos os quieres poner/ gentes de la hierba mala,/ yugos que habéis de dejar/ rotos sobre sus espaldas./ Crepúsculo de los bueyes,/ está despuntando el alba./ Los bueyes mueres vestidos/ de humildad y olor de cuadra:/ las águilas, los leones/ y los toros de arrogancia,/ y detrás de ellos, el cielo/ ni se enturbia ni se acaba./ La agonía de los bueyes/ tiene pequeña la cara,/ la del animal varón/ toda la creación agranda./ Si me muero, que me muera/ con la cabeza muy alta./ Muerte y veinte veces muerto,/ la boca contra la grama,/ tendré apretados los dientes/ y decidida la barba./ Cantando espero a la muerte,/ que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas”. Aunque como se ve a menudo decae la calidad literaria a favor de la propaganda y la consigna, la mayor parte de las imágenes poéticas de estos dos poemas de guerra son intercambiables.
Se ve, querido Luis, que Vicente Aleixandre quería mucho a Miguel Hernández, entre otras cosas porque gracias a los cuidados del poeta alicantino durante la guerra – Miguel le llevaba naranjas a Vicente siempre que iba a Madrid, y éstas eran vitales para la vida de Aleixandre -, y cuando lo evoca se humedecen siempre sus ojos. Miguel Hernández, becado por el Ministerio de Instrucción Pública durante la guerra, marchó con otros cinco artistas a la URSS a fin de conocer a la sazón el teatro soviético, y la sociedad soviética en general. La hipócrita teatralidad de los delegados rusos empeñados en ofrecer a Miguel una imagen ejemplar y perfecta de aquella sociedad acabó asqueando al poeta. Además, le repugnaba la gran cantidad de comida y de bebida que comían y bebían algunos rusos pantagruélicos, en contraste con otros “pobres” ciudadanos soviéticos. Algo respiró el corazón de Miguel en Rusia que lo congeló para siempre. Cuando volvió a España a seguir la guerra ya no era el mismo. Aparecía vuelto hacia adentro, enmudecido, triste, caridoliente. Según Vicente cualquier pregunta hubiese sido improcedente, ya que la respuesta era él entero, él mismo a solas con aquello que dentro de su ser sucedía. ¿Qué le había pasado en Rusia? Diríase que la visión de algo espantoso. A una tristeza profunda, le siguió una tremenda depresión, que lo llevó a un Hotel de Reposo para combatientes que se hallaba en Benicasim. Aquel reposo no consiguió arrancarle la tristeza y un silencio ríspido que ya no lo abandonarían. El viaje a Rusia lo había hundido en una anemia cerebral que agostaba su espíritu. El dolor moral ante lo que vio le creó una astenia y un mal humor que ya no lo dejarían tranquilo. Para colmo de males perdió a su primer hijo (“Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío”), víctima de la miseria de la guerra. Días después de la muerte del niño entró en el Palacio de Heredia-Spínola, en donde se reunía la Alianza de Intelectuales comunistas, y cuando vio que se estaba haciendo un homenaje a la mujer antifascista a base de manjares y bebidas que desde hacía muchos meses no los había visto un Madrid hambriento, gritó varias veces para que lo oyeran todos:
-Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta.
Miguel Hernández había dejado de ser comunista, y tres semanas antes de que las tropas de Franco entraran en Madrid fue abandonado a su suerte por los “señoritos comunistas” que habían perfectamente preparado su cómoda y segura huída con billetes de primera clase a Orán con aviones Douglas. Los poetas comunistas traicionaban así a su cándido e ingenuo camarada Miguel Hernández.
Paradójicamente, Miguel Hernández consigue que terminada la Guerra le conmuten la Pena Capital gracias a sus admiradores falangistas: Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, Ernesto Giménez Caballero y hasta nuestro Víctor de La Serna.
Te quiere y te desea,
Josefina
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