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Theodor W. Adorno: Escritos filosóficos tempranos. Obra Completa (I)

crítica

Sábado 19 de junio de 2010
Theodor W. Adorno: Escritos filosóficos tempranos. Obra Completa (I). Traducción de Vicente Gómez. Akal. Madrid, 2010. 352 páginas. 13 €


La editorial Akal reedita en edición de bolsillo la Obra Completa de Theodor Wiesengrund Adorno (1903-1966), una de las figuras claves del pensamiento europeo del siglo XX. El primer volumen, titulado Escritos filosóficos tempranos está ya en los estantes de las librerías, en una cuidada y atractiva presentación, que recoge los primeros textos filosóficos que compuso el pensador de Francfort, inéditos en vida de éste, vertidos al castellano en una magnífica traducción, precisa y hermosa, a cargo de Vicente Gómez.

Th. W. Adorno es particularmente conocido para la opinión pública por dos notas muy relevantes. En primer lugar, como cabeza visible del círculo filosófico denominado “Escuela de Francfort”, creador e impulsor de la Teoría Social Crítica. En el seno de este grupo, Adorno representaba (desde su relación temprana con Walter Benjamin) la sensibilidad por la cuestión de cómo sería posible una reconciliación de la civilización con la naturaleza. Las categorías marxistas y los escritos de Freud marcaban los caminos por los que discurría este trasfondo teórico, que llegaría a su culminación (desesperanzada) en la obra de posguerra Dialéctica de la Ilustración, que Adorno escribió junto con su fiel colaborador y amigo Max Horkheimer.

La otra nota tiene que ver con su misma condición personal de alemán de origen judío que tuvo que exiliarse de su país en el año 33 y no volver hasta el 49, y se refiere a su célebre afirmación de que después de Auschwitz ya no era posible la poesía. En el lugar que ésta ocupaba, el intelectual comprometido sólo debería aspirar a cimentar con su obra un nuevo imperativo categórico que se limitara a enunciar: «¡Nunca más Auschwitz!» En cierto modo, el pensamiento de Adorno transcurre entre la articulación del potencial humanizador de la cultura que aún queda por desarrollar a través del despliegue del impulso racionalizador de la Ilustración y la constatación posterior de que la hecatombe absoluta que representó el nazismo y el holocausto también se halla enlazada de algún modo a los perfiles de la civilización tecnológica que surge de la propia Ilustración. Esta actitud, con la que Adorno trató de dar forma a un nuevo concepto de filosofía no sistemática, se puede denominar autorreflexión, y significa sobre todo la necesidad de aplicar la crítica ilustradora sobre la propia Ilustración, para lograr detectar qué vertiente de la misma se muestra impasible o complaciente ante el totalitarismo y la expresión concentrada de éste que se reveló en los campos de exterminio de todo el continente europeo.

Autorreflexión significa también en Adorno la renuncia de la filosofía a tratar de expresar el sentido de la totalidad de lo real a través de un ensamblaje lógico de conceptos (el sueño estéril del idealismo). En su lugar, el pensamiento capaz de cuestionar su propia certeza absoluta se ramifica en los diversos requerimientos de una filosofía concreta, capaz de “salvar lo que el pensamiento identificante tiene que seccionar del objeto” –en palabras de Habermas, el más fructífero y reconocido de los discípulos directos de Adorno–. Una filosofía concreta para orientar la ética y la estética de la postmodernidad, como se trasluce en los diferentes volúmenes de su obra completa dedicados a la teoría musical y la literatura, a los conceptos normativos estéticos, a la sociología de la cultura (con su implacable crítica de la “cultura de masas”), al análisis sociopolítico de los sistemas filosóficos (la fenomenología, el existencialismo, el idealismo hegeliano) y, junto a todo ello, el legado moral sobre la condición del exilio contenido en los afilados aforismos de Minima Moralia.

Estos desarrollos se dibujan sobre el telón de fondo de una reflexión incondicionalmente crítica en torno a la historia de la razón y la subjetividad, que se presenta como el relato de una impotencia: la Ilustración se revela, a la luz de los acontecimientos históricos, como caja de resonancia de los poderes míticos naturales transformados, que renuevan su dominio sobre la humanidad a través de la barbarie tecnificada de la mercantilización y cosificación de las relaciones sociales y de las personas. La elaboración filosófica de la esencia de una Modernidad fracturada por el abismo irreparable de Auschwitz y la omnipresencia de la razón instrumental se contiene en las obras emblemáticas de Adorno: la mencionada Dialéctica de la Ilustración y la crepuscular obra magna Dialéctica negativa, que constituyen el eje central de su bibliografía y dos libros imprescindibles para la formación filosófica de cualquier lector contemporáneo.

En este primer volumen asistimos, sin embargo, al espectáculo fascinante de la gestación del concepto de autorreflexión como motor del impulso teórico crítico. En estas páginas se incluye una reconstrucción minuciosa de la fenomenología de Husserl, que Adorno afronta desde su propia versión psíquico-racional y lingüística del complejo de la experiencia, y también el primer contacto teórico con Horkheimer (alma mater del Instituto de Investigación Social de Francfort), en un contexto insólito: la relación entre la filosofía de Kant (en la versión radicalizada de la misma que enseñaba el maestro de Adorno, Hans Cornelius) y la “tarea de comprensión del concepto de inconsciente”, a través de la lectura de Freud. Probablemente aquí, en la extrema dificultad que muestra la filosofía ilustrada para explicar el concepto de inconsciente, se halle la semilla de la Dialéctica de la Ilustración. Pero también se vislumbran aquí las líneas fundamentales de la Teoría Crítica: “Para sustraerse definitivamente a la crítica racional, las tendencias imperialistas –sobre todo en la ideología del fascismo– se justifican a sí mismas apelando a entidades ontológicas independientes de la conciencia, transcendentes y de algún modo sagradas”.

Asimismo, las conferencias incluidas en este tomo muestran la voluntad de enlace creativo entre “filosofía interpretativa y materialismo”: la reivindicación que, en compañía de Walter Benjamin, Adorno hace de la imaginación dialéctica como una opción revolucionaria para el pensamiento ilustrado, aunando la fuerza contenida en la “dignidad estética” de las palabras con una dinámica interpretativa basada en el psicoanálisis y en la dialéctica materialista. En estas disertaciones encontramos la justificación del principal instrumento conceptual del que se dotó Adorno para tratar de hacer saltar los límites del pensamiento identificante: la asociación dialéctica de ideas denominada constelación, que da pie a una interpretación alegórica de la cultura en la que el sentido queda siempre abierto, respetando la unicidad propia de la realidad histórica. “El espíritu no podrá producir o captar la totalidad de lo real, pero sí puede penetrar en lo pequeño...” La intencionalidad crítica de estas indicaciones de Adorno aún permanece sin desarrollar en el presente, sustituida por una hermenéutica posmoderna alicorta que comprime a la filosofía dentro del papel de disciplina auxiliar de la técnica hipertrofiada del comentario de textos. Este libro nos muestra, en contraste, a un joven Adorno que exhibe su confianza en el poder taumatúrgico de la filosofía para hacer frente a las diversas manifestaciones del totalitarismo, tanto teórico como político e ideológico.

El modo inmensamente trágico con el que la historia echó abajo esta esperanza, pocos años después, hizo que el pensamiento crítico se replegara sobre sí mismo, lo que no fue obstáculo para que intensificara su autoexigencia de coherencia e integridad moral, ni para su productividad continuada, de la que esta soberbia edición en castellano de la Obra Completa de Adorno representa el testimonio acabado.

Por José Antonio González

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