Regina Martínez Idarreta | Domingo 20 de junio de 2010
Uno de esos grupos maravillosos del Facebook dice algo así como “Ese momento en el que te preguntas, ¿quién me mandaría a mí…?”. Y supongo que algo por el estilo debió de pensar el pobre Andrew, más conocido como Kiki –nombre premonitorio- cuando con el culo en pompa esperaba a que su chico, Erick, localizara, cerilla en mano, a Ragott, su hámster, que campaba a sus anchas –mejor, dicho, a sus estrechas- por su recto. ¿Y cómo acaba una persona en una situación así? Pues supongo que como pasan estas cosas, gracias a una concatenación de coincidencias absurdas y decisiones estúpidas que te pueden llevar a aceptar gustoso que tu pareja te introduzca un hámster –no cualquiera, tu propio hámster, lo que a mi juicio le añade aún más pecado a la cosa- por el ano, como si lo de sentir cómo un roedor merodea por tus entrañas fuera la cosa más excitante del mundo. Yo es que para estas cosas soy un poco clásica, qué le voy a hacer.
Lo que mal empieza, mal acaba, y claro, con los nervios del rescate de Ragott, que se negaba a salir de la cómoda madriguera en la que le habían introducido, a Erick y Kiki no se les ocurrió pensar que la acumulación de metano producida por los esfuerzos de éste por expulsar al hámster por la fuerza –siento ponerme tan escatológica-, era, literalmente, una bomba inflamable que sólo necesitaba la chispa de la cerilla que Erick encendió para ver mejor qué pasaba en el interior de su amado, para convertir una situación ridícula en material de sucesos.
Del culo de Kiki salió un fogonazo que arrastró, entre otras cosas, al pobre Ragott fuera de las entrañas de su dueño, como si de una pequeña bola de fuego se tratara. Con tan mala suerte que en su vuelo descontrolado, el hámster golpeó al vigilante Erick en la cara, rompiéndole la nariz y produciéndole quemaduras de segundo grado. El recto –curioso nombre para tanto retorcimiento- de Kiki no quedó en mejor estado, pero la tragedia no queda ahí. El sufrido Ragott, como alma ardiente que lleva el diablo, en su huida despavorida prendió las cortinas y la cama, provocando, ante la atónita mirada de sus dueños, un incendió que se extendió por la casa en pocos minutos.
¿En el pecado está la penitencia? Habrá que preguntárselo a la Asociación de Amigos del Hámster, que aún no se ha pronunciado sobre el caso, aunque supongo que, visto lo visto, no quieren hacer leña del árbol caído. Ah, de Ragott nunca más se supo.
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