Concha D’Olhaberriague | Martes 22 de junio de 2010
En la guarda de un libro de la exposición Memoria de los moriscos. Escritos y relatos de una diáspora cultural, recién inaugurada en la Biblioteca Nacional, leemos: “Nosotros no partiremos, antes morremos, que por ese paso vamos”.
Se trata de un manuscrito de azoras coránicas fechado entre los siglos XVI y XVII, abandonado antes de la huida forzosa a causa de la expulsión decretada por Felipe III en 1609 y ejecutada con frenético celo por su valido el duque de Lerma.
Procede de la biblioteca Tomás Navarro Tomás del CSIC.
El autor de tan desgarrada autocondena era un habitante del valle aragonés del Jalón. Muchos de los musulmanes pobladores de esta zona tan rica en arte mudéjar cogieron sus textos aljamiados, escritos en romance castellano pero con grafía árabe, y los escondieron en huecos u hornacinas de sus viviendas, envueltos en paños de lino y protegidos por bolas de sal o bolsitas con espliego. Sabían del castigo que les esperaba en caso de que fueran descubiertos por la Inquisición y tal vez en su fuero interno abrigaran la esperanza de un regreso si no propio quizá de sus descendientes.
Como consecuencia del decreto real, en el lustro siguiente marcharon al exilio alrededor de trescientos mil moriscos, descendientes de la población musulmana, que se habían supuestamente cristianizado aunque conservaban hábitos e indumentaria propios de la cultura de sus ancestros.
El quebranto moral, económico y social desencadenado por este desgraciado suceso ha sido copiosamente estudiado por los historiadores.
Miguel de Cervantes recoge en el Quijote varias historias protagonizadas por moriscos. Así la mora conversa Zoraida, presente en la historia del cautivo, o el entrañable morisco Ricote, amigo del alma de Sancho Panza a quien éste casi no reconoce por el disfraz que se ha puesto para burlar el exilio.
En la interesante muestra de la Biblioteca Nacional se reúnen, por vez primera, cerca de un centenar de valiosas piezas, muchas de ellas con una factura exquisita y finas ilustraciones -de estilo vegetal, geométrico o figurando espadas o panoplias- que encabezan, concluyen o bien separan los apartados.
En ocasiones el dibujo es una mano apuntando con un dedo en los márgenes.
Sólo se exhiben manuscritos originales en muy buen estado de conservación, algunos con una caligrafía excepcional como el del médico Francisco Ximénez, redactado desde el exilio en Túnez en el siglo XVIII.
El montaje ha respetado la prohibición icónica islámica de suerte que, salvo los ejemplares, hay tan sólo mapas y carteles explicativos u otros con la apografía de pasajes aljamiados.
En las dieciséis vitrinas hallamos libros de índole variada: gramáticas, códigos jurídicos, medicina, magia y adivinación, una oración o rogaria para pedir agua y, sobre todo, obras de tipo devoto: un Corán de Toledo de fecha cercana a la expulsión que utiliza sanguina para la escritura en caracteres latinos y negro para la aljamiada; leyendas del profeta bíblico José, dichos de Mahoma cuyos símbolos tales como la noche oscura o el fulgor del rostro remiten a la tradición sufí, y compendios de preceptos y prácticas religiosas: la ablución ritual, la limosna legal, la peregrinación a la Meca o el ayuno en tiempos de ramadán.
No falta la literatura representada por relatos caballerescos y maravillosos, una versión más de la vida de Alejandro Magno, convertido aquí en secuaz de Allah, titulada Recontamiento del rey Alisandre, del siglo XVI, y el Poema de Yuçuf, aportación morisca al mester de clerecía.
Entre los autores, en fin, destaca el enigmático Mancebo de Arévalo, personaje que recorre la península en el XVI realizando entrevistas a musulmanes y judíos conversos y dejando constancia de sus observaciones.
Sólo eché en falta el catálogo, muy necesario en una exposición de esta naturaleza.
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