Antonio Hualde | Miércoles 23 de junio de 2010
Uno de los episodios más importantes de la Guerra de los Siete Años, en la que media Europa se vio las caras con la otra media, fue la Batalla de las Llanuras de Abraham, allá por 1759. En ella, las tropas inglesas del general James Wolfe atravesaron el río San Lorenzo y sitiaron Québec, en lo que sería el principio del fin de Francia en Canadá. Pudieron hacerlo gracias al preciso conocimiento cartográfico que tenían del mencionado río, cuya navegabilidad entonces era sumamente complicada. El artífice de todo ello fue uno de los marinos más insignes de Inglaterra. Su nombre, James Cook.
De orígenes humildes -era hijo de inmigrantes escoceses que trabajaban en una granja-, inició su vida en la mar como grumete en un barco que transportaba carbón. Poco a poco, fue escalando posiciones en los grados de la marina mercante, hasta que se le presentó la oportunidad de enrolarse en la Royal Navy. Al no ser de alta cuna, y pese a su experiencia, tuvo que hacerlo como marinero de primera, aunque no tardaría en ascender en el escalafón. Así, participaría en el sitio de Québec, si bien su aportación al conflicto fue más científica que bélica, ya que allí fue donde se reveló su verdadero talento. Excelente cartógrafo, topógrafo y navegante, supo siempre rodearse de los mejores de su época: astrónomos como Charles Green, naturalistas como sir Joseph Banks o botánicos como Daniel Solander. Cartografiar la península de Terranova fue lo que le valió que la Royal Society le contratase para realizar el primero de sus tres viajes.
No descubrió Australia -sí en cambio Nueva Caledonia y las Islas Sándwich entre otras-, pero arrojó luz al arcano concepto de Terra Australis, continente imaginario entre el Indico y el Pacífico que abarcaba la práctica totalidad de territorios oceánicos. Y aportó una palabra al diccionario que en la lengua de una tribu aborigen australiana quería decir “no le entiendo”, gangaroo. El vocablo en cuestión fue utilizado para designar un extraño animal que ninguno de ellos había visto jamás: un canguro. Mapas, dibujos y muestras biológicas de sus viajes pueden hoy admirarse en el museo de Historia Natural de Londres; merece la pena.Los tres océanos, la Antártida, los cabos de Hornos y Buena Esperanza o e estrecho de Bering no tuvieron secretos para Cook durante sus once años largos de expediciones. Pero no todo fue idílico. Hubo de enfrentarse a la hostilidad de los maoríes neozelandeses y otras tribus australianas y hawaianas; de hecho, perdería la vida en una refriega contra éstos últimos.
Como no podía ser de otra manera, está enterrado en la abadía de Westminster, junto a personalidades de la talla de Isaac Newton, David Livingstone o Charles Darwin. A título de curiosidad, cabe destacar que la NASA bautizó en honor a su primer navío al transbordador espacial Endeavour. Y por cierto, uno de los miembros de la tripulación del buque Endeavour, el piloto William Bligh, llegaría a vicealmirante, aunque previamente tuvo que soportar uno de los motines navales más famosos de la historia y llevado a la gran pantalla en más de una ocasión, el del HMAV Bounty.
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