José Lasaga | Jueves 24 de junio de 2010
En abril de 2010 se hicieron públicos los resultados de la última encuesta del CIS. Las respuestas a la cuestión estrella del sondeo, ¿cuál es el principal problema que existe actualmente en España? era la consabida y esperada: el paro. Pero en tercer lugar, apareció una preocupación relativamente nueva y, si bien se mira, un punto insólita. Según los sabios del centro sociológico, lo que preocupa en tercer lugar a los españoles son sus propios políticos, a los que al parecer comienzan a percibir no como los que buscan las soluciones sino como formando parte del problema.
El dato es, por supuesto, preocupante pero también sorprendente. ¿No estamos en una democracia razonablemente consolidada? ¿No son esos políticos elegidos democráticamente? La respuesta es sí en ambos casos. ¿Entonces...? Entonces es posible que la sociedad civil haya evolucionado mejor y más deprisa que su casta política. Que sus deportistas –por empezar por lo más visible, aunque no lo mas importante, hombres de negocios, investigadores, pequeños empresarios, profesores y universitarios estuvieran haciendo razonablemente bien las cosas, creando riqueza y conocimiento, tejido industrial, redes de información, etc. Tendrían que moverse en una sociedad abierta y competitiva, sin fronteras y sin padrinos. Mientras que los políticos se seguirían moviendo en el coto cerrado de unos partidos dominados por grupos de poder tan consistentes como ajenos a cualquier forma de transparencia. La historia de cómo llegó Zapatero a la cúpula del partido socialista o el reciente abandono de la actividad política por parte del Sr. Pizarro, que apenas si oculta su enojo por lo que consideraría una infrautilización de su talento y capacidad, por poner ejemplos de los dos grandes partidos que rigen nuestros destinos, son suficientemente elocuentes.
Finalmente, la sociedad envía un mensaje: estamos hasta el gorro de nuestra clase política. Por favor abran un poco el juego. No sean tan descarados, no sean tan cínicos, no nos tomen por tontos. ¿Es tan complicado elaborar una ley que cambie el sistema de elección de nuestros parlamentarios –estatales y autonómicos—y de nuestros representantes municipales, de modo que el elector haga algo más que elegir el Gran Frontispicio, las siglas del Partido Cuasi Único que representa un conjunto de valores tan ideales como alejados están, en la dura realidad del día a día, de la práctica de sus representantes en la tierra. ¿Afectaría ese cambio al núcleo de nuestra Constitución o, por contra, supondría una profundización democrática? ¿Podría ese cambio influir en una selección positiva de modo que gente valiosa, con formación, responsabilidad para con la cosa pública e iniciativa volviera a acercarse a la política?
Demasiadas preguntas. Me sorprende, entonces, que un tema tan jugoso no haya propiciado más debate. Es verdad que los primeros días algunos columnistas glosaron el dato. Pero al parecer la cosa no daba más de sí, cuando a mi me parece que es una de las noticias más importantes que se han producido desde que ha comenzado esta dramática y persistentes crisis. Recordemos de pasada que “crisis” en su sentido etimológico es punto crucial en el proceso de una enfermedad. Y que si bien tiene por su primera y dominante faz la imagen negativa de la enfermedad, tiene por el anverso la positiva de que, superado el peligro, anuncia la recuperación. Eso significa, al menos, que las crisis son las ocasiones en que un cuerpo social tiene que remover todos sus recursos para luchar por su salvación. Por eso las crisis son tiempos interesantes y propicios para decirse las verdades a la cara. Quizá es lo que hizo ese porcentaje nada desdeñable de encuestados que eligió como uno de los tres problemas más graves del momento a su clase política. Quizá sea la sensación que embarga a la ciudadanía ante el espectáculo de unos sindicatos “mantenidos”, incrustados en el aparato del Estado, que en mitad de la crisis económica sólo se les ocurre --¡qué imaginación y grandeza de alma!-- hacer una huelga, huelga que ya planifican como los burgueses sus vacaciones: con varios meses de anticipación.
Freud tuvo razón cuando dijo que uno de los tres quehaceres humanos es gobernar –los otros son la paternidad/maternidad y el psicoanálisis. No hay que escatimar a los políticos, por principio, las virtudes que tenemos derecho a que nos reconozcan mientras no demostremos que somos indignos de ellas. Y en este país tenemos, ahora y antes, políticos que han dejado la salud y el bienestar en el puesto de gobierno. Pero no se me negará que estamos bajo mínimos. Va siendo hora de abrir un debate sobre la representatividad moral de nuestra clase política, sobre su nivel de decoro, palabra ésta que en su humilde apariencia, capta mejor la virtud que debe caracterizar al hombre público y no la usada y abusada de “ética”. No es mala coyuntura esta de la crisis económica para lanzar ese debate. De paso distraeríamos un poco la angustia de contar parados.
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