crítica
Domingo 27 de junio de 2010
Miguel Hernández: Obra poética completa. Introducción, estudio y notas de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia. Edición revisada. Alianza. Madrid, 2010. 832 páginas. 25 €
Sobre algunos escritores pesa su propia leyenda de tal manera que quedan asimilados a una imagen unívoca que, a veces, achata o pervierte su lectura. Algo así se podría afirmar de Gustavo Adolfo Bécquer, como de Antonio Machado o, también, Miguel Hernández. Más que literatos son símbolos: del amor y el dolor (Bécquer), del triste final de un espejismo de libertad (Machado). De Miguel Hernández se prefiere sobre todo la imagen del poeta-pastor que, niño pobre, casi sin estudios, termina alzándose con una voz propia; o la del autor comprometido que propaga versos a través del Altavoz del Frente, al cabo, víctima de la enfermedad y el sufrimiento tras pasar por varias prisiones al finalizar la guerra. Poetas que se convierten en mitos, lo que en el caso de Hernández fue percibido con claridad por el propio general Franco, quien, al acceder al indulto de su pena de muerte y saber de su oficio y relevancia como poeta, lo vio claro: “Otro caso Lorca, no”, dijo.
Cuentan esta anécdota Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia en el prólogo de esta reciente edición de la Obra poética completa del poeta oriolano. En 1976, tan solo un año después de la muerte del dictador, ambos publicaron un volumen de igual título que hoy es considerado un texto histórico en la bibliografía sobre Hernández. Ha pasado mucho tiempo desde esta fecha, como también desde su posterior reedición (a la que se incorporaron nuevos textos) en 1982, a cargo de Alianza Editorial, que ahora se vuelve a ofrecer al público. Llega a las manos de los lectores apenas sin cambios, pues, apunta Urrutia, “tan sólo añado alguna observación que hoy parece necesaria y, en ocasiones, ciertas referencias justas de reconocimiento a otros investigadores”. Este libro es recomendable por muy varios motivos, pero quiero destacar el singular aliciente de combinar dos perspectivas en el estudio y reunión de los textos; dos puntos de vista que presta la biografía y formación de cada uno de los editores. Por un lado, Leopoldo de Luis, fallecido en 2005, que conoció personalmente a Miguel Hernández y compartió con él fe republicana e inquietudes poéticas. A De Luis debemos la muy conocida Poesía social española contemporánea. Antología (1939-1968) (1ª ed., 1965; última ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 2000), en la que concertó las voces principales de la poesía testimonial de posguerra, a las que podemos sumar su propia canción (puesto que él se excluyó del índice general). En 1976 quiso convocar también el verso hernandiano y (es una historia varias veces contada) se apoya en su hijo, Jorge Urrutia, asimismo poeta y además profesor universitario, para aventurarse en la colección de su obra poética completa.
Las miradas de padre e hijo se unen en este trabajo desde atalayas de edad, experiencias y conocimientos dispares que, sin duda, equilibran el volumen, cuya novedad e interés pareció entonces indiscutible. La publicación fue todo un acontecimiento cultural y, para muchos, una prueba emotiva de la enorme calidad poética de Miguel Hernández. A la altura de 2009 se han sucedido varias ediciones de la poesía hernandiana y son numerosos los ensayos sobre su vida y obra. Para la portada de este volumen se ha retomado un dibujo muy repetido en manuales de literatura que, triste y feliz coincidencia a la vez, firma Antonio Buero Vallejo, quien, como es sabido, coincidió en la cárcel con Hernández en 1940. Por otra parte, se incorporan (con respecto a la de 1982) varias composiciones. Los libros van ordenados cronológicamente y permiten seguir la maduración de la voz poética desde Perito en lunas (1933) hasta Cancionero y Romancero de ausencias (1938-1941), desde el deslumbramiento por la magia del lenguaje y la creación de reveladoras imágenes hasta la gravedad y la hondura derivados del dolor y la pérdida, cuando el sentimiento ya no necesita sino formas plenas de sencillez y cercanía.
En la actualidad han cambiado de manera profunda las circunstancias históricas y el horizonte de expectativas de los posibles nuevos lectores, cuyo bagaje sentimental y cultural se antoja muy lejano del de 1982 y, casi un abismo, con respecto al de 1976, aunque agrupaciones diversas y ONGs demuestren el vigor de la protesta y la capacidad de sedición. El verbo hernandiano mantiene fresca su capacidad para conmover: “Pintada, no vacía: / pintada está mi casa / del color de las grandes / pasiones y desgracias. […] / El odio se amortigua / detrás de la ventana. / Será la garra suave. / Dejadme la esperanza” (“Canción última”, en El hombre acecha); “Arena del desierto / soy: desierto de sed. / Oasis es tu boca / donde no he de beber […]” (“Casida del desierto”, en Cancionero y romancero de ausencias); con ecos de poesía popular: “Cuando paso por tu puerta, / la tarde me viene a herir / con su hermosura desierta / que no acaba de morir” (sin título, en Cancionero y romancero de ausencias). El amor y el dolor, la soledad, la melancolía…, aún alcanzan a todos los corazones. Sin embargo, los hombres parecen condenados a repetir su historia y, por ejemplo, los poemas de El hombre acecha en torno a “Las cárceles” o “El hambre” siguen latiendo con fuerza al compás de las injusticias bélicas y el sinsentido del presente.
Esta poesía en la que pervive el compromiso social sincero junto al lamento de un padre por la pérdida del hijo o la ausencia de la familia, el llanto por la muerte del amigo, el pulso erótico, una naturaleza cercana y condolida o alegre, no ha perdido vigor ni emoción. Las guerras fratricidas siguen siendo plato corriente en periódicos y telediarios, la opresión del fuerte sobre el débil continúa operando como filosofía política, el discurso incongruente, vacuo o perverso permanece como ley en la relación entre hombres y pueblos. Causa una enorme tristeza comprobar nuestro regresivo, o reiterativo, caminar hacia la insolidaridad y el desamor. Mejor refugiarse y leer poesía, aunque sea para caer en brazos de una dulce autocompasión: “Llevadme al cementerio / de los zapatos viejos”.
Por Marta Palenque
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