Juan José Laborda | Domingo 27 de junio de 2010
Se publicará próximamente un libro, coordinado por el sociólogo Emilio Lamo de Espinosa, con el título: “Europa después de Europa”. Ese rótulo está inspirado en la edición francesa de escritos del filósofo checo Jan Patocka (1907-1977), un “Sócrates moral” de nuestro tiempo, represaliado por nazis y comunistas. Murió de una apoplejía, tras diez horas de interrogatorios policiales. Patocka era uno de los inspiradores de la “Carta 77”, un manifiesto a favor de los derechos humanos, que firmó Václav Havel, entre otros. Las autoridades comunistas checoslovacas de la época, además de vigilar su entierro desde coches y helicópteros, cerraron todas las tiendas de flores de Praga.
Ese es uno de los rasgos del totalitarismo: la estupidez criminal. Con el paso del tiempo se comprueba que el comunismo, el fascismo, el nazismo, el franquismo, o en nuestros días, los regímenes religiosos de la llamada revolución islámica, tienen más rasgos comunes que diferencias. Peter Sloterdijk, un interesante filósofo, también europeísta, engloba el leninismo (y el estalinismo) dentro de un fascismo de izquierdas. Su búsqueda del genocidio de los que están “contra la revolución” o “contra la misión del Estado”, homologó a los totalitarismos de izquierda con los de derecha.
El libro que impulsa Emilio Lamo de Espinosa trata de una Europa, afortunadamente, muy distinta. En los capítulos que él escribe, nos deja una ambivalente percepción. Por una parte, la Europa de los horrores del siglo XX ha sido reemplazada por una Europa pacifista, que ha abolido la pena de muerte, que ha creado para sus ciudadanos –“atención: sujetos con derechos fundamentales”- un Estado que asegura algo sin precedentes: la seguridad desde la cuna a la sepultura.
Pero por otro lado, Europa ha dejado de ser el centro del mundo. Su historia, por primera vez desde la Grecia clásica, ya no es Historia Universal: es una historia regional. La insania europea, las dos horripilantes “guerras civiles europeas”, han ocasionado que Europa haya sido ocupada militarmente por los países que las ganaron: Estados Unidos y la URSS. Al igual que Japón, la tutela de los ejércitos norteamericanos permitía a los países democráticos europeos defenderse (con bajo costo) de los ejércitos soviéticos acantonados en la otra parte de Europa.
Del espantoso legado de una Europa que colonizó sin piedad África, Asia y América, surgen ahora las consecuencias. “La civilización occidental” está en el punto de mira de todas las iras vengativas que llegan de los países jóvenes (recientes y con masas juveniles desempleadas).
Una vez que el totalitarismo soviético siguió el camino del nazi-fascista “¡44 años más tarde!”, los países europeos entraron en su era de felicidad sin proyectos. Jan Patocka advirtió del embotamiento moral que suponía una sociedad que valoraba la técnica, pero ciega a la cultura como crítica. Incluso de cara a los últimos vestigios de una historia europea de guerras indetenibles –“las matanzas en la Yugoslavia que se hizo pedazos”-, Europa dejó que fuesen los americanos, una vez más, quienes resolvieran el problema.
“Europa libre y feliz como Suiza”, dijo una vez Winston Churchill, y que Lamo recuerda. La Unión Europea ha creado una fórmula estatal que pretende superar al “Estado”, ese invento que empezó a rodar con los Tratados de Westfalia, en 1648. Lamo de Espinosa, con humor, pero con pertinencia, lo califica como “OPNI”, es decir, “Objeto Político No Identificado”. La UE es una creación casi utópica, una propuesta kantiana: el ideal de la “paz perpetua”. Pero Europa, la vieja Europa (llena de viejos, además de antigua), vive en presente con el relajamiento de unos pensionistas con pensiones decorosas. Su moneda, “el euro”, en la práctica, no está respaldada ni por un auténtico presupuesto europeo, ni tampoco por un poder militar. El “euro”, que pretendía competir con el “dólar”, ha servido para que los europeos se endeudasen con la beatitud de unos ancianos de vacaciones: “¡después de mí, el diluvio!”.
Esta crisis es también un dilema: Queremos un futuro en que “se viva feliz y libre”, o queremos correr riesgos retrocediendo. ¡ Tenemos que actuar en el Mundo con más peso que Suiza!
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