Opinión

Frascuelo: penúltima lección de torería

José Suárez-Inclán | Lunes 28 de junio de 2010
27 de junio en Las Ventas. Domingo. Octavos de final del mundial de fútbol de Sudáfrica. Alemania acaba de eliminar a Inglaterra con un gol fantasma de los ingleses que el árbitro no ha dado por válido, como si las cuentas de aquel error de Wembley se pudieran zanjar con un error mayor. Error meridiano, proyectado en color desde mil ángulos, a cámara lenta, repetido para las casi cien mil personas que asistían al partido, para los jugadores, para los árbitros, en pantallas gigantes. El balón un metro dentro. Lo del mundial de Inglaterra fue otra cosa, en blanco y negro, sin cámaras lentas, con el balón rozando la línea blanca que deslinda la gloria del infierno. La misma tele en blanco y negro por la que aparecían entonces las ternas de aquellas figuras emergentes del toreo: Antoñete, Curro Romero, Paco Camino… El Cordobés, El Viti, Diego Puerta…Aún estaban Bienvenida, Dominguín,Ordóñez… Carlos Escolar “Frascuelo” estaba jugando ya con los trastos de torear. Dos mundiales más tarde, en el 74, Curro Romero le daría la alternativa como matador ante la imprescindible (hoy olvidada y relegada) afición de Barcelona. También entonces con toros salmantinos de procedencia “atanasia”, como los de Charro de ayer. No ha pasado el tiempo en la mirada oriental, afilada y negra, impenetrable de Frascuelo.

Apenas un cuarto de entrada; mucho turista extranjero incendiado al sol del 7 y del 8. Semidesierto el resto. Pasadas las farfollas isidriles de plaza áspera y llena, Madrid se queda con un exiguo número de aficionados cabales, que cada vez es menor. Corrida de agosto cuando aún julio no ha pisado el umbral de la puerta del verano. Frascuelo, con su primer toro de Navalrosal, muy perdido, muy solo por la plaza; la arena desolada y caliente, el toro castaño, manso y desconcertado, también, como el torero, de caballo en caballo, de capote en capote, de picador en picador, recibe pasivo las banderillas, sin acometer, sin perseguir, inmerso en el calor soporífero de la tarde. Frascuelo da agua a la muleta sedienta; una botella aparece desde el callejón, junto a las tablas, y esparce un chorro inútil por la tela. Se dobla muy quebrado el matador con el toro perezoso, arranca casi dos oles su brazo inigualable, un brazo que lleva un desplante callado frente al mundo, y machetea al toro inmóvil y sofocado antes de dejar media espada desprendida con milagrosa habilidad.

Una hora después, a las ocho y veinte, salió un toro carbonero, Pitinesco, el de más peso de la corrida, y Frascuelo se abrió de capa, puso piernas y brazos en torero, ajustó el ritmo, achinó los ojos, y saltaron dos oles rocosos, como un bramido melancólico de la breve afición. Y volvió a la verónica en el quite, dejando dos medias belmontinas de hace siglos, un aroma perdido de cuando se inventaba el toreo moderno. Con pausa y decisión se fue al tercio a brindar —excepto los turistas, todos sabíamos lo que pasaba por su cabeza— giró con el estoque la montera en la arena sin mirarla, se dobló hasta crujirse, se relajó hasta el desmayo y despreció sin desprecio, con el aire caliente en la mirada. Pudo embrujar al toro en naturales —pero no repetía— y en un solo trincherazo seco impartió una lección de torería. Se movía el toro molesto y molestón, con la cabeza alta, y en los tendidos se había hecho el silencio expectante que engendra la presencia de un maestro. También callaban los turistas. Se salía Frascuelo de los pitones astifinos del carbonero andando por naturales, serenando la tarde de la que el sol, respetuoso, se apartaba. Tardó en matarlo. No nos importó. A él sí. Se retiró entre aplausos mientras sonaba “Ruedo abierto”. Un torero.

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