David Felipe Arranz | Lunes 28 de junio de 2010
El dos de noviembre de 1910 llegaron a Astápovo, a unos doscientos kilómetros al sureste de Tula, en un tren expreso para reunirse con un moribundo Tosltói su esposa Sofia Andréyevna y sus hijos Tatiana, Andréi y Mijaíl. A Sofia se le permitió la entrada cuando Tolstói se encontraba ya inconsciente, el 7 de noviembre. Antes, el 30 de octubre, le había escrito a su mujer: “He pasado dos días en Shamordino y Óptima, pero ahora me voy. Te enviaré esta carta por el camino. No te digo adónde voy porque considero indispensable, para ti y para mí, una separación. No pienses que me fui porque no te amo. Te amo y te compadezco con toda el alma, pero no puedo hacer sino lo que estoy haciendo. […] Y no se trata de que cumplas lo que yo quiero o exijo, sino sólo de tu estabilidad mental y de una actitud serena y sensata en relación con la vida. Y mientras esto no se produzca, para mí es impensable una vida contigo”.
Así de asertivo y decidió se mostraba Tolstói cuando abandonó su hogar y se dirigió, hace un siglo, a un monasterio del Cáucaso sin determinar, tal fue la precipitación con la que salió de su casa, después de la última discusión con Sofia. Llevamos ya cien años sin Tosltói, un siglo sin el escritor más leído que se convirtió en sabio, en santón, en el sumo sacerdote de una nueva religión. La voz del último Tosltói se alzó contra el arte individual, el conde que donó a los campesinos y al pueblo ruso todas sus ricas tierras de la región del Volga. Como Dostoievski, Ibsen o Strindberg, Tolstói supone la voz apabullante de un mensaje moral.
“Esas ideas –escribe a su hija Tania en su última carta– que has asimilado sobre el darwinismo, la evolución y la lucha por la existencia no te explicarán el sentido de tu vida ni te darán una guía para tus actos, y una vida sin una explicación de su significado y su sentido, y sin la guía inalterable que de ella se desprende, es una existencia lamentable”. Para entender la difícil relación con Sofia, resulta imprescindible echar un vistazo, siquiera somero, a Sonata a Kreutzer, escrita a lo largo de 1889 precisamente cuando el autor de Ana Karenina estaba preso de una crisis personal que desembocó en el advenimiento de un hombre nuevo, después de destruir el inicial, el gran escribidor.
Ibsen dejó escrito que “Hacer poesía quiere decir administrarse justicia a uno mismo” y Tolstói pensaba que la poesía restituía la justicia en el mundo. Porque el viejo escritor era un revolucionario, un aristócrata precursor de la comuna, un conde con mucha solera y ganas de reunir a unos cuantos apóstoles, cincuenta años antes del movimiento hippy, que predicaran contra el absolutismo, el Estado, los zares, el servicio militar, la permanencia en la ciudad, las fábricas, la propiedad privada... e incluso las obligaciones familiares.
Tolstói: ese gran desconocido, el gran gurú que nos arrebataron en la academia y nos restituyeron sus lecturas: Hadjí Murat –basada en un personaje histórico checheno y donde recoge la vida de los campesinos y justifica su cambio de rumbo arrimando definitivamente su corazón al del mujik ruso–, La muerte de Iván Illich, Resurrección –esa maravillosa novela sobre un príncipe que seduce y abandona a una humilde muchacha que termina ejerciendo la prostitución y, siendo juzgada por un crimen que no ha cometido, ha de ser defendida por el autor inicial de sus desdichas–, etc. Mahatma Gandhi inclinó sus lentes venerables sobre estos libros y en ellos se inspiró en parte para lanzar su mensaje que removió las conciencias del mundo entero. En Tolstói latían Marco Aurelio, Pascal, Rousseau, Schopenhauer, Comte… y una mujer que luchaba contra la voluntad egoísta del mundo que la rodeaba, Ana Karenina. Porque al sabio aristócrata ruso que dio una gran patada en las entrañas del clasismo y de las castas sociales impermeables le dolía en el alma que el hombre civilizado hubiera caído de su base y al levantarse hubiera arrollado todo lo que le rodeaba con violencia, coacción y una organización social construida sobre una alfombra de injusticia. No era el héroe el que le interesaba al Tolstói de Guerra y paz, como a Carlyle, sino la epopeya del hombre anónimo, en una suerte de genuina mixtura entre el cristianismo y el Nirvana hindú: el tolstoianismo, más que una literatura, una forma de vida.
Tostói, el papa de Yasnaya Poliana, murió en la sala de espera en la humilde estación de Astápovo sin haberse reconciliado con su mujer el 20 de noviembre de 1910.
TEMAS RELACIONADOS: