Antonio D. Olano | Jueves 01 de julio de 2010
Las frases a las que después llamaremos “lapidarias” hay que rematarlas, como las buenas faenas de los toreros grandes, con una estocada al volapié o recibiendo. Posiblemente pocos recordamos el último artículo de César González Ruano rubricado en el lecho mortuorio. Pero no hay quién olvide su estocada de dos orejas, rabo y salida a hombros:
“Morir es perder la costumbre de seguir viviendo”
Hay frases que merecen escalar las ramas endecasílabas de los mejores poemas. O de los “cuplés” que, además de pícaros, resultan muy decidores. (Y, con las modernas técnicas publicitarias se pueden mezclar con marcas de productos. ¿Alguna inspiración mejor que “La pulga” para que, mientras la cupletera de turno la busca y la persigue, sea acompañada por imágenes de un “espray” que expanda mata-insectos `por las espaldas de la cantante pulgosa?
La copla, la canción en general, nos suple cualquier carencia de recursos para emplear la frase. Existen muy pocos pensadores (no como el de Roden, que según Dali parece que está cagando) que es apeen del tango y escriban: “Que veinte años no es nada…”.
Podría inaugurar mi “reentre”, tras unas vacaciones de salud pasadas en el hospital de “La Concepción” diciéndolos aquello de “decíamos ayer” que hace tan culto. Dado que la salud es un estado provisional que evidentemente no conduce a nada bueno, prefiero enredarme al folklore mexicano, mi favorito y decirles a la manera de los cantores de rancheras, tipo Vicente Fernández.
“… y volver, volver, volver…”
Y yo también le hice caso al corazón ,débil y fortalecido por un Mago del Cardiología, Javier Higueras Nafría, que “ a más a más” es nacido en uno de los pueblos más hermosos madrileños, Colmenar de la Oreja (versus Cinchón) en el que se inspiró Miguel Miura para sus primeros versos:
“Ay cama, que tienes lana de Colmenar…
de Colmenar de la Oreja….”.
Créanme, merece la pena, penita, pos, ponerse en manos de enfermeras, celadores, personal llamado subalterno – cando merecen cartel de primerísimas figuras-de la clínica fundada por Jiménez Díaz. (Aquí una estatua, aquí un paciente). Allí conocía viejos amigos de infancia a los tantos años de edad, como Salvador, un cántabro de bien. O a Chema Cerón, al que sus padres llaman “el enrea”, nacido en el Puerto (en donde el que no vio toros no sabe que es torear) pero de encastes extremeños. Si, lo recordamos: la tierra en la que nacían los dioses. (Vuélvase a leer a García Serrano, un genio). Amigo de cuando yo era niño y con los que jugar ahora, días en los que la niñez a mi vuelva
Vaya, como dixit Gabriel Celaya, cuya sombra iluminada sigo encontrándome, junto a Claudio Rodríguez, Amparitxu, Borobó, Pepín Bello, Gloria Fuertes, Blas de Otero, en nuestro barrio de “la prospe”.
Depositó sus versos de papel, hueso y carne, corazón y alma en mis oídos:
“El niño que fui me llama
A gritos con su silencio
Un hospital debería estar rodeado de jardines (véase el de Fremap) y no parecer los corredores del pabellones destinados a los condenados a la pena capital que es perder la vida. De modo y manera que, al recibir no solo yo sino mis Pilarin, Luzdivina, Maritza, Encarnita, Bárbara, Carlos, Alfonso, Teresa, Raquel, Fernando- cien angelitos tiene mi cama…- el alta provisional tuve ganas de exigir junto a Malú y Antonio Orozco:
¡Devuélveme la vida!
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