Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 02 de julio de 2010
Tras la publicación de su segundo libro, Soledad y Memoria, Editorial Lampedusa, Barcelona, junio de 2010, el poeta ciudadrealeño José Carlos Sánchez Galán consolida su voz profunda, académica, ética, sensitiva y modeladora de figuras e imágenes elaboradísimas, originalísimas y, a la vez, ecos versionados de la gran Literatura Universal. Con altísimo derecho esta voz ya forma parte de la gran poesía actual española. A diferencia de su primer poemario, Versos de yedra. Coda mítica, Diputación Provincial de Ciudad Real, 2004, en el que el amor era el gran tema del libro, el poeta desgrana aquí pensamientos y visiones de desolación y tristeza, con cierta cercanía al existencialismo, pero que nunca llega a este territorio ideológico por la poderosa fe en la vida y en el amor de este exquisito poeta manchego, rematando la obra con poemas de consuelo en donde triunfa el sentimiento del amor, lo único que nos constituye. No se puede confundir el existencialismo con la exquisita tristeza de un alma desmazalada.
La constancia en el amor a la belleza mantiene vivo el arte. “La poesía no puede sobrevivir en este cuarto:/ está frío, no tiene destino cierto; / si sobrevive es por su calcio acumulado, / a contracorriente pernocta en la ciudad sin sol.” Quizás en el cementerio de su ciudad, entre la ruralidad saludable de la magia y la modernidad enfermiza de lo yuppy, las manos del poeta han construido la figura de barro ceniciento de que “Todo el latir de un verso cabe en esta tierra única/ donde conciben hijos muertos los vientres de la noche”. No es la felicidad de lo vivido, la felicidad de lo sentido, lo que hacen importantes a las cosas, lo que justifica lo vivido. “Me llevo el fuego de las lágrimas, / pero no lamento lo que he vivido”.
Hipálages en bruscos encabalgamientos sirremáticos que recuerdan a José Hierro; “Deambulan sus exquisitos modales/ por mentidos proscenios. Los dueños de la palabra/ al color que más antoja.” El poeta se levanta contra el fariseísmo de lo políticamente correcto; “( la muerte les disgusta. Asusta el negro)./ La consigna es la mueca irisada,/ la tierna miopía de un poder que no alcanza”. Aparentes oxímora de razón moral: “y la esperanza gotea en la garganta/ de este enemigo sereno y redentor”, que podría evocar algún poema del Propercio enamorado contra el emperador amigo de hijos soldados. “La alegría del muerto”, etc.
Y el vate se levanta también contra el gatuno, aterciopelado paso, de la tiranía del pensamiento: “Amortiguan la suela de caracol,/ lenta y segura, y el acento cuantitativo/ de sus patrañas en la calefacción del alma.” ( Jugando, como se ve, con la idea del acento de cantidad, medida imperceptible para el paso baboso del caracol, enfrentado al acento melódico o cromático, con que el poeta medirá los vuelos de su Carmen Villena ). Abundan los magníficos alejandrinos, como aquél de “Paleontólogos de la ganga fabularia”, o aquel otro de “Hablaste al vestigio del hombre que te escuchaba” o “La tarde se estremece bajo su otoño impuro”, o “y vísteme de otredad en la sangre vertida”. La “callida iunctura” que reivindicaba Horacio como matriz de las imágenes y rejuvenecimiento del lenguaje es omnipresente: “Llave desarraigada”, “verdades sucias”, “armas derrotadas”, “híbrido y vigente contra el olvido aplazado”, “ceniza fecunda”, “gaviota impura”, “llanto aplazado”, “presidio deseado”, “almidón piadoso”, “aroma horizontal”, “lágrimas gozosas”, “existencia apagada”.
Su “Etopeya”, más hipotiposis que etopeya, en cuanto que de forma indirecta, con la descripción viva de acciones expresa su carácter, sus valores morales y cualidades espirituales ( lo propio de la etopeya ) es un guiño a los dos grandes autorretratos de la poesía española, los de los hermanos Machado, cuya mayor o menor calidad de uno u otro es cuestión que sigue sin estar resuelta por los críticos literarios. “Yo soy clásico y romántico, jarchoso y vanguardista, / según me dé su pan la experiencia de cada día./ Comulgo con mi fe de hombre piadoso y sentimental/ en los templos de Marte iracundo/ y no hay verso que maldiga mi espejo”. Respecto a su vocación profesoral en un Instituto de Valdepeñas es crítico mediante ecos de nuestra gran Literatura con los últimos sistemas educativos que se expresan con siglas ( “Que vuestra loca cruzada de siglas/ sea pronto verduras de las eras” ). Pero no sólo ecos de nuestra Gran Literatura están presentes en el libro, sino que buena parte de la Literatura Universal se agazapa tras los versos. Incluso novelistas de alma poética como William Faulkner: “luz en agosto, detrás de los saurios de rectángulo puro”.
A veces nos asaltan en el poemario, nos mojan, algunas gotas de agresividad, incluso de acíbar o aguarrás o amoniaco, algo muy alejado de poeta y hombre tan dulce y educado como José Carlos, y ello se debe al sentido moral y ético que nimban buena parte de sus poemas, como el “Praeputium Praecox” o “El sueño de los pétalos de rosa”. Algunas germanías o expresiones malsonantes explicarían el enfado moral del poeta.
Tiene nuestro poeta buen oído para los versos largos, versos que a veces son casi hexámetros: “Mis pies desnudos despilfarran pulsaciones en el hielo”, o “me doctoro en fragmentos que reconstruyo cada día”. Si bien sólo el hexámetro holodáctilo capta la atención estética del casi sordo oído hispánico, y necesariamente tiene que formularse en forma de heptadecasílabo ( v. gr. Ruben Daríos ), y no en eccadecasílabo, que tan bien, por cierto, le sale al poeta este verso de arte mayor: “Ciegos y mudos, con frágiles sonidos en sus bocas”.
Hay cierto repudio aristocrático hacia el presente en general y una melancolía o dulce tristeza por el pasado. “Ya no vislumbro como antes la belleza del cielo,/ el contorno casi místico de mis rezos de niño./ Aquí y ahora la calle es gris y su cemento envilecido/ camina como juventud perdida en su misterio” (¿Quizás evocación del inicio de la Divina Comedia?). Y es que las evocaciones o versiones de viejos temas son continuas, como ya hemos apuntado antes: “Me hubiera gustado nacer, como Alberti, con el cine”. “Me hubiera gustado tener el don de la ebriedad.”etc.
Ya no es que el Verbo deje de hacerse carne, es que el lógos está ya hueco, vacío, es vano, sin ningún referente vivificador: “lo que ahora soy:/ tristes palabras/ y el vacío entrañable/ de donde salgo cada día”. Mejor la infancia en la que aún no habita el espíritu: “aquél que vivía contra el alma,/ sin conciencia de tinieblas, / desnudo y sonriente.” No es que el poeta no estime la vida de los hombres, es que los hombres han depreciado sus propias vidas: “la muerte inconsciente en que vivimos/ como reptiles que no desean ser sacrificados…/ Olvídate de vivir, / porque sólo los muertos/ merecen ser nombrados”. A pesar de toda esta inhumana circunstancia del hombre, el amor siempre merece la pena: “Quiero devolver al amor lo que me ha dado,/ como deseo obsesivo de esta alcoba, como el único afán del tubérculo herido:/ íntimo consuelo.” Y es perfecta la paradoja polisinestésica del amor: “No beben mis ojos el viento y la risa,/ pero quiero tu viento, quiero tu risa”. Y paradoja también es la del siempre fracasado destino de los hombres: “Un niño pesca algas y todo son peces”. El poeta subraya como profeta los sentidos paradiastólicos de la generosidad real, no estética: “Es preciso encontrar al hombre que comprenda/ que escuchar sin palabras no es delito si tiene las manos llenas”. Diríase que para el poeta desmazalado la propia vida deshumaniza, mineraliza el alma intangible del hombre: “y todo corazón es un monumento a la piedra/ que incuba madurez impasible a la verdad”.
Sólo el amor nos puede consolar del desastre, de la esencial realidad nuestra. Y es precisamente eso, el amor, el que consigue que el poeta nos escriba los poemas más inspirados, verdaderamente perfectos como pequeñas obras de arte, que contiene este libro. Particularmente me gusta el poema “Cicatriz de luz” que mediante el uso de la amplificatio, como con tanta sabiduría manejaba Vicente Aleixandre, va desarrollando las ideas expuestas inicialmente: “Quizá te duele el instinto, / el tamaño del reloj en tu carne:/ podría cuajar los besos que no he dado/ en las venas del silencio de fuego,/ donde los versos abrazan confundidos/ a la mujer que sólo quiere la pupila remota.”(…) “Quizá te quiebre la noche,/ la luna del sol que vive fuera:/ en esa orilla casi es negro el relámpago de la aurora, / porque allí todo es espejo de razón única,/ la que da el metal del abrazo deseado,/ la que ofrece la piedra y su hermética compostura”.(…) “Quizá te escuche el agua:/ hoy tus pies son mi memoria / en el río de tu sonrisa dispuesta;/ así acaricio tu profunda muerte/ o el pecho desnudo que tu vida ofrece/ sin derramar la saliva impúdica del deseo”. “París” o “Ensancho tu nombre” son otros dos poemas donde el amor triunfa sobre la desolación y la memoria desolada. El amor acaba aquí venciendo. “Amor vincit omnia” canta la última Égloga de Virgilio, la de mayor perfección artística, y éstas son las palabras finales de las Bucólicas. Ni los poetas ( verdaderos ) ni los hombres ( verdaderos ) hemos cambiado.
Magnífica novedad en el panorama poético español que todo amante de la buena poesía debe degustar.
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