Opinión

Carlos Saura y Don Giovanni

José María Herrera | Sábado 03 de julio de 2010
Carlos Saura acaba de estrenar en España su última película: Yo, don Giovanni. No soy aficionado al cine, pero la historia de la gestación de la ópera de Mozart está llena de enigmas y me intrigaba ver como la había enfocado el director aragonés. El resultado es aceptable. De hecho creo que el film lo tiene todo para ser un éxito. Lo único que podría impedirlo es que el público estuviera realmente interesado por el mito del seductor o familiarizado con la biografía de los protagonistas –Casanova, Da Ponte, Mozart- y estoy convencido de que nadie cuenta con ello.

A mí, de todas maneras, me ha decepcionado. Antes de explicar los motivos, aclararé que soy cualquier cosa menos un cinéfilo. Los planos secuencias y los movimientos de cámara me importan un rábano. Imaginen si soy animal que ni siquiera visiono las películas, me limito a verlas, y la mayor parte de las veces a medias, pues suelen aburrirme mortalmente. No supongan, sin embargo, que juzgo el cine un arte menor y que sólo acudo a las salas cuando ponen películas históricas para darme el placer de cazar guionistas. La última cosa que se me pasaría por la cabeza sería exigirle al cine un rigor que ya no se estila ni en los cementerios.

Si Carlos Saura, haciendo uso de su libertad poética, reinventa la historia de Da Ponte, el libretista del Don Giovanni, invitando a Casanova a su bautizo, insinuando que su conversión fue una pantomima porque en su fuero interno nunca dejó de ser judío, afirmando que fue expulsado de Venecia por culpa de la Santa Inquisición o que marchó a Viena porque, según Casanova, era la ciudad ideal para un libertino, no tengo nada que objetar. La mayor parte de los espectadores no han oído hablar jamás de los comisarios de castidad que aterrorizaron a los vieneses desde 1751, ni están al tanto de la confusión entre la Inquisición veneciana –una institución estatal- y la Santa Inquisición, ni tienen la menor idea de cómo vivió Da Ponte su cristianismo y menos aún saben cómo y cuándo se bautizó. Carlos Saura tiene todo el derecho del mundo a aprovecharse de esto y a utilizar los hechos como le plazca en beneficio de la historia que pretende relatar.

Ahora bien, aunque admito que los creadores pueden tomarse toda clase de libertades con la historia, no termino de comprender por qué no se toman esas mismas libertades con los tópicos históricos. ¿Es menester recurrir siempre al rollito de la Inquisición para explicar las dificultades de los personajes del pretérito? He visto en los últimos años no menos de cinco películas ambientadas en la República de Venecia y las cinco echan mano de una institución que no tuvo allí ninguna influencia, nunca, en ninguna medida. La cosa es significativa, pues en estos tiempos de memoria histórica, los únicos hechos históricos aceptados universalmente son nuestros prejuicios. Les pongo otro ejemplo, en el que ha tropezado también Saura, el de Salieri, el músico más difamado de la Historia, un hombre amable al que Da Ponte quiso por encima de Mozart y Casanova, y que fue amigo de todos ellos hasta que Pushkin -y luego Shaffer, guionista de Amadeus- decidieron convertirlo en un asesino de genios. La literatura ha tiznado su recuerdo hasta el punto de no concederle nada, ni siquiera los derechos de la edad. Y ahí tenemos a Da Ponte, en la película de Saura, presentándose a un Salieri veinte o treinta años mayor que él, aunque era un año más joven. ¿Cómo va a ser joven un músico de éxito que representaba el gusto vigente? Este tipo de inexactitudes, sustentadas en el lugar común, conviven en cambio con detalles de ambientación asombrosos, imposibles de conseguir sin un previo y profundo estudio. Yo todavía no me he repuesto de la impresión que me produjo ver que el pañuelo que exhibe Casanova en las primeras escenas es un pañuelo de mazulipatán guarnecido con dobles puntillas al estilo de Alençon, el tipo de pañuelo que efectivamente a él le gustaba. ¿Casualidad?

Lo que no es casual, en estas películas tan bien ambientadas, con tanta niña limpísima y tanto contraluz, es la ambición de los argumentos y la ridiculez de las soluciones. Saura no se plantea cualquier cosa; afronta nada más y nada menos que la historia de la gestación del Don Giovanni, una de las cimas del arte occidental. No es asunto baladí. Se han escrito cientos de libros a propósito del tema. Claro que a él los hechos le interesan muy poco –si fuera así, los respetaría-, lo que le interesa es explicar el fondo de la cuestión, la necesidad espiritual que hizo que surgiera esa obra inmortal. El modo que tiene de hacerlo no es, lógicamente, el de un filósofo. Saura no se pregunta por la esencia del seductor. A él le basta con saber quién era en realidad Don Giovanni. ¿Y cuál es su respuesta, la respuesta a este viejo enigma? Don Giovanni no es Giacomo Casanova, como supuso la tradición, sino el propio Da Ponte, aunque no el Da Ponte histórico, sino una especie de Zorrilla judío, masón y ateo que concibió su obra, vaya por Dios, como una lección moral. ¿Saben ustedes lo que significa, según Saura, la última escena de la ópera de Mozart, aquella que da sentido a la totalidad, la muerte de Don Giovanni? Pues nada más y nada menos que esto: la renuncia del libertino a una existencia de pecados y su salvación a través del amor y el matrimonio. Ni Walt Disney hubiera hilado tan fino.

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