Lunes 05 de julio de 2010
El verano es un tiempo para convertirse en algo. En contra de lo que los antropólogos, filósofos, políticos y hasta estudiantes afirman, el verano no es una época de descanso sino un tiempo para convertirse en algo, para ser otra cosa diferente de lo que se es durante el resto del año. En Occidente, y quizá también en Oriente, el verano es el tiempo de la metamorfosis. Seguramente porque el verano es la época que hace cierta esa afirmación tan sugerente de Eric Satie de que “El aburrimiento es profundo y misterioso”. Creo que alguien que de verdad crea en algo así no se aburrirá nunca, o intentará aburrirse todo el tiempo, pero con un aburrimiento gozoso y enriquecedor. El caso es que el verano es básicamente aburrido, y el aburrimiento es profundo y misterioso, y la profundidad y el misterio nos llevan a la metamorfosis, a la transmutación, a la transmigración de las almas y de los cuerpos. Yo, por ejemplo, estoy convencido de que dalí se convirtió en Dalí en verano, de que lorca se convirtió en Lorca en verano, y de que buñuel se convirtió en Buñuel en verano.
En el mismo verano, para ser más exactos. De hecho, cada tres años hago una peregrinación a Cadaqués y depositó unas flores --tres jacintos-- en el punto exacto en el que dichas metamorfosis se llevaron a cabo. Pero para el resto de nosotros permanece una pregunta: ¿en qué convertirse en verano? Quiero hoy dar algunas razones de por qué convertirse en perro puede ser un buen objetivo para este verano.
En primer lugar, es cosa obvia que los perros tienden a heredar en verano. Por ejemplo, Trouble, un pequeño y adorable maltés blanco heredó de su dueña Leona Helmsley doce millones de dólares en julio del 2007. El hecho de que los perros hereden no es tan extraño como pudiera parecer. A mí, al menos, no me lo parece. La verdadera pregunta es ¿y a quién dejan esos perros su dinero? Pero antes de entrar en esta apasionante y realmente importante pregunta, sigamos con lo anterior. Trouble heredó doce millones de dólares el verano de 2007. (Hace apenas unas semanas), Conchita, una chihuahua con cara de malas pulgas heredó once de su dueña, Gail Ponser, este verano de 2010, aunque tres de ellos están en un fondo de inversión que esperamos no tenga nada que ver con Lehman & Brothers. Lo curioso no son las herencias en sí, sino la tendencia a que estas se produzcan en verano. ¿Qué tiene el verano que lleva a quienes mueren con fortuna a dejar esta a sus perros? ¿No será un deseo subyacente de ser perro (o perra)? ¿O el de fastidiar a sus herederos humanos, en caso de que estos existan, ya que han vivido un eterno verano?Como he dicho, a mí no me extraña que nadie quiera dejar su fortuna a un perro. Visto cómo van las cosas de dinero a los seres humanos, un perro puede ser una opción muy segura. Es cierto que algunos perros podrían aplicar el adagio woddyallenesco de “coge el dinero y corre”, como hace nuestro Curro en los anuncios televisivos, pero me imagino que lo normal es que un perro no altere mucho sus costumbres después de heredar algunos millones de euros. Es más, puestos a conceder y hacer extravagancias, no estaría mal que se pusiera de moda dejar en herencia los bienes a un perro. A uno solo. En justo castigo a los humanos cercanos que se portan mal con nosotros. Aunque se tratara de unos pocos miles de euros. Si así fuera, ese perro se convertiría muy pronto en el ser más rico del planeta. Y entonces tendríamos una pregunta curiosa, que ya anuncié antes: ¿y a quién dejaría ese perro su dinero? ¿Cómo se podría saber su deseo en cuanto a la herencia? ¿A un perrito suyo? ¿A quienes lo cuidan? ¿A quien pasaba por ahí y le acarició la cabeza? ¿A quién deja un perro el dinero que hereda? Buñuel dijo una vez que quería dejar todo su dinero a Nelson Rockefeller. Según él, sería su último acto surrealista. Al fin y al cabo, sabía mucho de perros, aunque fueran andaluces.
Parece que no me queda mucho espacio/tiempo para las otras diez razones que tenía en el tintero. Comprimiré la siguiente y me callaré. Acaban de publicar dos editoriales “Soy un gato” de Natsume Soseki. El libro en realidad se llama en japonés algo así como “Soy un señor gato”, aunque en este caso el gato no hereda nada. Pero se lo pasa en grande rondando por las casas japonesas y sus extraños dueños. Uno puede pensar que Natsume Soseki se convirtió en algún momento en gato. Y que seguro que fue en verano. Fijo.
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