Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 05 de julio de 2010
Se sabía de antemano que la Presidencia española de la UE iba a ser complicada por la entrada en vigor del Tratado de Lisboa y sus nuevas instituciones. La existencia de un Presidente permanente del Consejo Europeo -el belga van Rompuy, dispuesto desde el primer momento a ejercer en plenitud sus nuevas responsabilidades- arrebataba a Zapatero la presidencia de ese importante órgano donde se toman las decisiones más relevantes. Poco se puede dirigir en la UE si no se tiene la agenda y el control de esa Presidencia que establece qué hay que debatir y cómo y cuándo se van a abordar los problemas. Por otra parte, el otro nuevo cargo, el (la) Alta Representante para la Política Exterior y de Seguridad, la británica Ashton, privaba a Moratinos del papel de representar hacia el exterior la Unión, esto es la condición de “Mr. Europa”, dejándole limitado a la función de presidir el Consejo de Asuntos Generales, en paralelo con los otros ministros españoles que han presidido a sus colegas en las diferentes formaciones del Consejo. Una de las más visibles ha sido la señora Salgado, presidiendo el ECOFIN, tan esencial en estos tiempos de crisis. Pero la eficacia de esa gestión y los resultados de la misma están a la vista. Hemos salido de la Presidencia sometidos a la vigilancia de Bruselas…y hasta de Washington.
Con estas previsiones y estos condicionamientos, lo lógico habría sido plantearse una Presidencia con un obligado perfil bajo, sin suscitar excesivas expectativas. Pero, ciego a la realidad y a sus propias debilidades, Zapatero proyectó una ambiciosa Presidencia con cientos de reuniones, cumbres de elevadas pretensiones y un cúmulo de objetivos imposibles de alcanzar en seis meses ni por el más poderoso de los miembros de la UE. Se inició la Presidencia con el ridículo espantoso de querer dar lecciones para salir de la crisis, a contra corriente de lo que sensatamente estaban haciendo los demás países. Uno de los peores alumnos de la clase pretende erigirse en maestro. Ha habido que llegar a mayo, cuando la Presidencia ya agonizaba, para que Zapatero se haya enterado de que era prioritario reducir el escandaloso déficit en que su incompetencia y su desvergonzado electoralismo han sumido a las finanzas públicas españolas en un brevísimo lapso de tiempo. Como el típico heredero que se gasta la herencia en vicios, Zapatero ha pasado de un respetable superávit a un déficit que hipoteca nuestro futuro y el de nuestros descendientes. El resultado es que la Presidencia europea ha tenido para él un efecto bumerán. Se la había planteado como la gran ocasión para realzar su imagen en el exterior, a base de muchas fotos con gente importante, para “venderlas” luego a los incautos españoles, con finalidades electorales. Pero lo que ha conseguido es que su ineptitud para dirigir un gobierno, algo que ya conocíamos los españoles (excluyo, por supuesto, a la legión de sus paniaguados, apesebrados y demás estómagos agradecidos, a más de los que siempre están en la luna), ha quedado ahora a la vista de todos, coram populo, como críticamente decía Horacio, cuando le daba vergüenza de algún espectáculo. Europa entera le ha tomado la medida y ahora nos preguntan cómo hemos podido colocar a semejante individuo al frente de nuestros destinos.
Había apostado Zapatero con gran entusiasmo por la pajiniana y ya famosa “conjunción planetaria” que traería a Obama hasta los lares zapateriles para escenificar el encuentro de los dos grandes líderes progresistas. Pero discretas fuentes americanas cuentan que, tras estudiar sobre el terreno los planes para la cumbre UE-EE.UU, llegaron a la conclusión de que lo único que quería Zapatero era una foto con Obama. Se decidió entonces que el Presidente americano no viajaría a España. Al fin y al cabo ya tiene fotos con Zapatero… y hasta con su familia. Tampoco quiso venir a la cumbre UE- Marruecos, celebrada en Granada, el monarca alauita, que nos ha pagado los desvelos españoles con nuevas intemperancias sobre Ceuta y Melilla. Para la cumbre con América Latina, Zapatero y Moratinos se plegaron a los vetos de los chavistas contra el presidente de Honduras, al tiempo que éstos mostraban su desprecio no acudiendo ellos tampoco a la cita. También ha sido un fiasco la cumbre de la Unión para el Mediterráneo. Ciertamente, el asunto de “la flotilla” de Gaza la hacía casi imposible, pero aún sin flotilla es probable que no se hubiera celebrado: También en este caso España se plegó a los vetos de los más intransigentes. Y ha quedado a la vista que en temas mediterráneos es Sarkozy quien decide y “parte el bacalao”.
España se queda sola en todas las grandes cuestiones y cuenta cada vez menos, aunque las palmaditas en la espalda que le dan sus colegas a Moratinos en los pasillos comunitarios le hagan pensar que tiene algún tipo de influencia. Por lo que se ve, ni siquiera con sus amigos de la Alianza de Civilizaciones. Si nos queda algún peso es gracias a los diplomáticos españoles que, con profesionalidad, están al quite defendiendo los intereses de España. Mientras tanto Moratinos se empeña en suprimir la Posición Común sobre Cuba, vendiendo el humo de que allí hay cambios y apelando a la Iglesia Católica, quién lo diría en un Gobierno rabiosamente laico. En su papel de abogado defensor de causas perdidas o discutibles insiste en la candidatura de una Turquía cada vez más reislamizada y más de espaldas a Occidente; una cuestión de la que los grandes no quieren saber nada. Y en uso de un curioso concepto cuantitativo de la política (también utilizado en relación con la sentencia del estatuto) nos informan campanudamente que de 148 iniciativas, la Presidencia española ha conseguido nada menos que 144.
Todo un éxito, tanto, que la vicepresidenta primera, sin despeinarse, va y nos dice que “generaciones de europeos recordarán esta Presidencia española”. Y es que inmunes a la realidad, y al ridículo, se creen sus propias fantasías y su propia propaganda. Como aquellos pobres primeros prisioneros alemanes, capturados tras el desembarco de Normandía, que –como cuenta Anthony Beevor- les decían a los americanos que ya sabían que Nueva York estaba totalmente destruida por la aviación nazi…Y es que Goebbels era un genio de la propaganda totalitaria, pero al final ni él ni quienes tan torpemente le imitan logran prevalecer. Ya saben aquello de que las mentiras tienen las patas demasiado cortas.
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