Antonio D. Olano | Sábado 10 de julio de 2010
Que pare la vida. Así lo exigía un bolero popular y sentimental, que es la clave de todos los boleros que dejan huella.
No se trata de detener la vida sin de darle otro enfoque que, naturalmente, es otras formas de vivir de distinta manera.
Ese parón y subidón al mismo tiempo llegaba a nosotros como eco de los triunfadores en el menester del fútbol. Me tocó en Brasil, mi segunda patria puesto que lo es de mis seres más queridos. Viví sus carnavales, su inigualable fin de año. Pero no hay nada comparable a las celebraciones coincidentes con los triunfos futbolísticos. Ni con sus fracasos porque el que se acostumbra a la alegría sufre más intensamente las contrariedades.
Brasil y La Argentina están pasando por este sin vivir después de su eliminación en el Campeonato del Mundo. Cantan los cariocas: "Tristeza no tiene fin".
Es una verdadera pena que no puedan repartirse la Copa tres o cuatro países que alcanzaron las semifinales. Sobre todo para ver sus sonrisas, su euforia y, además, para enjugar sus lágrimas si salen derrotados.
En tiempos de crisis los Iniesta, Xavi, Alonso, Casillas, Reina, Piqué, Pedrito, Pujol Ramos, hacen más que todos los gabinetes de crisis, los pactos.
Toda España se ha enardecido con ellos. Este país que según Quevedo está en un tris y a punto de dar un tras se despertó eufórica. Mejor: no durmió las noches de los triunfos y vivió amaneceres jubilosos.
Se que en Cataluña la juventud, a la que le hacen reír los anticuados separatismos, se vistió el torso con “la roja”. Uniforme de los catalanes que juegan en la selección.
Gracias a unos atletas formidables por habernos devuelto la sonrisa. Y por hacer que el sol, en tiempos de eclipse, vuelva a salir para todos.
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