Opinión

Después de Berlusconi, ¿qué?

Andrea Donofrio | Domingo 11 de julio de 2010
Berlusconi está en crisis: los sondeos publicados esta semana revelan la caída de popularidad “más neta y repentina” del primer ministro (aunque él, acostumbrado a mentir, ostenta otros números, presumiendo de un “elevadísimo grado de satisfacción”). Sin embargo, no son las encuestas que recalcan el verdadero espíritu del país, donde domina la sensación de decadencia, de impotencia, de degradación. ¿El crepúsculo de Italia? En un excelente editorial, Ernesto Galli Della Loggia hablaba de “Un país sin política”, subrayando la incapacidad de Berlusconi para concebir un “discurso general en interés de todo el País”, convirtiéndose a si mismo en el “hombre de la no-política” y, al mismo tiempo, certificando la crisis duradera y la afasia política de todos su opositores. Pese a contar con la más amplia mayoría de la historia italiana, Berlusconi parece incapaz de gobernar y de realizar las reformas tan necesarias como urgentes.

Seamos realistas: mientras Berlusconi se preocupa de promocionar las maravillas de Italia en un nuevo anuncio de la televisión (orgulloso de “no cobrar nada”…), el país vive una profunda crisis. Varios elementos lo atestiguan y las medidas del Gobierno generan preocupación: la necesidad de reducir el déficit y la enorme deuda pública han determinado un severo plan de austeridad (aunque temo haber perdido la cuenta, creo que se trata de la trigésima quinta vez, en dos años, en que el gobierno fuerza el voto de confianza para aprobar sus decisiones: ¡viva la democracia!) y un alarmante conflicto con las regiones sobre el ajuste presupuestario; la oposición general en contra de la “ley mordaza” ha escenificado la jornada de “ruidoso silencio” de la prensa italiana, el 9 de julio, un apagón informativo de 24 horas; las divisiones internas, la lucha intestina y fratricida con Gianfranco Fini minan la solidez y la imagen del Gobierno; el nombramiento de Aldo Brancher como Ministro ha sido patético, ridículo y grotesco: el ya ex Ministro decidió, en un primer momento, recurrir al legitimo impedimento para evitar el proceso (demostración de que en Italia, “hay dos maneras de evitar la justicia: una es convertirse en un fugitivo, la otra es formar parte del gobierno de Berlusconi”) para dimitir a las dos semanas (vamos, ha durado menos que Italia en el último mundial…), forzado por la indignación general (la misma que sufrimos los tifosi…).

Mientras tanto, las víctimas del terremoto de L’Aquila invadieron Roma de forma pacífica, reclamando atención sobre su situación y el cumplimento de las promesas (electoralistas) del cavaliere. Al recibimiento acudió un fuerte contingente policial que logró desviar la manifestación directa a la residencia personal del primer ministro. Las imágenes y las crónicas de los incidentes han causado indignación: métodos fascistas de dispersión de masa, una actuación incomprensible que refrenda la absurdidad de la situación actual.

Se esparce el descontento, crece la protesta social, se empieza a hablar de elecciones anticipadas, algunos medios extranjeros (Financial Times) auguran un “prematuro final”: después de Berlusconi, ¿qué? Italia sigue representando una democracia “anómala”, sin una verdadera oposición al Gobierno. A pesar de la creciente “debilidad” de Berlusconi, la oposición parece incapaz de aprovechar su agotamiento, de su inoperatividad y sus contradicciones internas. Para derrotar a Berlusconi haría falta un programa político, un proyecto reformista alternativo, una apuesta por la vuelta a la legalidad, a la política (etimológicamente, politikós, “relativo al ordenamiento de la ciudad”). Parece poco, pero nada: la fragilidad del centro-izquierda podría hacer “resucitar” una vez más (lo fue en 2006) al cavaliere y permitirle perdurar al poder sine die. ¿Es posible que no exista una alternativa? ¿Cuándo el centro-izquierda encontrará un líder capaz de postularse como referente del descontento general y alternativa de poder valida?

Finalmente, en un clima de escándalos políticos y de corrupción, denunciamos que “los partidos gubernamentales y sus corrientes han ocupado el Estado y todas las instituciones a partir del gobierno: ya no hacen política ni son organizadores del pueblo. Son sobre todo máquinas de poder y de clientela, sin ideas ni lazos con la gente. Han ocupado todos los poderes: hay que evitar que la justa rabia de los ciudadanos ante tamaña degeneración no devengue en aversión hacia el movimiento democrático de partidos”. No se trata de una reflexión personal sobre la actual situación política italiana, sino unas pocas líneas escritas por Enrico Berlinguer hace más de dos décadas en “La cuestión moral”. ¿Corsi e ricorsi storici o una situación que nunca ha evolucionado sino degenerado? Meditemos antes de que el descontento estalle.

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