Opinión

Zapatero también se envuelve en la senyera

José Antonio Sentís | Miércoles 14 de julio de 2010
El choque de trenes entre Zapatero y Rajoy ocupará hoy las portadas de los medios impresos, y muchos discutirán si Rajoy tenía razón al decir que Zapatero ha perdido todo crédito, o si Zapatero se sacudió de la catástrofe económica y política que es hoy España.

Pero el meollo del debate sobre el Estado de la Nación, a mi modesto juicio, estuvo algo después, en el intercambio dialéctico entre Zapatero y Duran i Lleida.

En primer término, porque el muy educado Durán apenas quiso dar pellizcos de monja a Zapatero (quizá porque no se sienta tan engañado por Zapatero como Artur Mas, que hace más de dos años que no habla con Zapatero por las innumerables traiciones a sus acuerdos) o quizá porque le puede la cortesía parlamentaria. Pero Durán estuvo cordial, y Zapatero rentabilizó el escenario.

El presidente del Gobierno, en efecto, aprovechó que no tenía que sacar la máquina de insultar, porque el representante de CiU no lo había hecho. Y, por tanto, dedicó una insólita intervención castrista, por extensa, para desarrollar su mayor virtud que, como es sabido, no es la sinceridad, sino la empatía.

Zapatero, en efecto, no dudó un minuto en envolverse en la senyera, la bandera autonómica catalana. Para nacionalista catalán, él. Para defender el Estatuto, él. Para superar algunos aspectos molestos de la sentencia del Constitucional, él. Para defender la identidad catalana, la lengua catalana, él.

Durán, naturalmente, quedó muy sorprendido, porque había defendido más la estabilidad constitucional que Zapatero, incluso la respetuosa vigencia de España como marco de convivencia política. Por el contrario, Zapatero sostenía sin rubor que si la sentencia eliminaba la facultad estatutaria del Poder Judicial catalán, él la superaría sin problemas vía reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial.

Zapatero llegó a traspasar límites sobre el autogobierno catalán que algunos participantes en la marcha independentista de Cataluña no hubieran osado defender. Es lo que tiene Zapatero: supera por la izquierda a Izquierda Unida cuando habla de derechos sociales, y por la derecha al PP cuando habla de reformas laborales; puede ser más catalanista que Pujol, y más vasquista que el PNV (como cuando apoyó el derecho del pueblo vasco a decidir sobre su futuro, justo cuando estaba negociando con Eta).

No es que se lo crea, posiblemente, sino que le da igual, porque ha logrado un discurso camaleónico, que se adapta a las circunstancias y a los interlocutores. Evidentemente, con un objetivo claro en el debate. No perder el único cabo que le sujeta en el agua que le llega hasta el cuello después de una contradictoria e irresponsable gestión que ha llevado a España a una crisis económica, institucional y territorial sin precedentes.

El tiempo dirá si ayer logró el salvavidas de CiU (para después de las catalanas, claro). Y también dirá si su nuevo catalanismo identitario, su casi soberanismo catalán, le servirá de algo, como obviamente pretende, en las próximas elecciones autonómicas, o si será visto con nuevo recelo por todos los que están fuera de esa cortejada Cataluña, o incluso por los que tienen memoria en el Principado y se han sentido manipulados por el trilerismo político en estado puro.

Zapatero hizo bien una cosa, sin embargo. Y no debería ser el único. Mostrar abiertamente simpatía hacia Cataluña. Él lo hizo por la Cataluña política, lo que es muy discutible, pues la tribu oligárquica catalana es insaciable, y por mucho que le des, exigirá siempre más. Pero sí es preciso incorporar al conjunto de la sociedad lo que es una verdad como un templo: en el resto de España se quiere a la sociedad de Cataluña o, por decirlo mejor, a los catalanes. Y si alguien se irrita con las tensiones secesionistas es, precisamente, por el dolor que causa la expectativa de una separación.

Son los nacionalistas (y ahora Zapatero) los que no quieren bajar del monte de la reivindicación permanente y causan el recelo de otros españoles. Y no es extraño, porque hablan sin rubor de independencia más o menos gradual. Pero el recelo podrá justificarse respecto a Mas, Duran, Carod o Puigcercós. Nunca con unos catalanes cuya mitad ni siquiera nació en ese territorio, y que a su vez viven, ellos, sus hijos o sus nietos, con una convivencia ejemplar en el resto de las regiones españolas. Porque toda la batalla es lograr que los catalanes se sientan agredidos, y también se sientan así el resto de los españoles. Ése es el proyecto nacionalista, y de esa provocación hay que huir, por difícil que resulte.

Y vale todo esto, que parece el debate secundario, porque de la crisis económica se terminará por salir. Pero de la crisis de la convivencia unida de España podría no salirse si se traspasan los límites de desafección (bastantes ya puestos en textos legales) que las tribus políticas están irresponsablemente provocando.

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