Juan José Laborda | Miércoles 14 de julio de 2010
Escribo esta nota nada más escuchar a Zapatero, a Rajoy y a Duran i Lleida. Saco la impresión de que sus discursos se dirigían fundamentalmente a sus competidores políticos. El presidente, en lugar de anunciar, como en otras ocasiones, medidas populares, ha enumerado una serie de reformas necesarias y poco electorales. El líder del PP ha pedido por tres veces, como Pedro negando a Cristo, elecciones anticipadas. El portavoz catalanista ha mostrado su desconfianza ante Zapatero, no se cree que con leyes orgánicas se pueda corregir lo que el Tribunal Constitucional ha sentenciado, y acusa al presidente de vivir en un mundo alejado de las preocupaciones de los trabajadores y de los empresarios.
Los tres estaban situándose políticamente, pensando en los próximos meses. No es una crítica. Entre otras varias cosas, los regímenes parlamentarios sirven para que las luchas políticas de los partidos se hagan públicas y civilizadas. El presidente sabe que con las reformas asegura su permanencia al frente del Gobierno en lo que resta de legislatura. Y es mucho tiempo. Rajoy, por eso, no se ha atrevido a presentar o anunciar una moción de censura. Cree que electoralmente salva su proyecto político pidiendo “elecciones anticipadas”. Duran i Lleida intenta aparecer como un Cambó de nuestro tiempo, reivindicando una Cataluña emprendedora, que quiere influir en una España que no la comprende.
En este juego político, que tiene algo de “vuelta al pasado”, las instituciones de nuestro régimen parlamentario apenas cuentan. Si en la oposición, están todos de acuerdo en que el Gobierno no inspira confianza, y es la causa última de nuestra crisis, lo lógico sería presentar una moción de censura. Felipe González la defendió contra Adolfo Suárez, y Antonio Hernández Mancha, entonces líder de Alianza Popular, lo hizo contra Felipe González.
Zapatero ha tenido razón cuando le ha respondido a Rajoy que no la presenta porque carece de programa para gobernar, y le faltan apoyos para intentarlo. El segundo argumento es discutible. La moción de censura no se presenta sólo cuando se tienen garantizados los votos necesarios. Ni González ni Hernández Mancha obtuvieron más apoyos que los de su grupo. Sin embargo, la opinión pública tuvo la comprobación de cómo era la alternativa que había al gobierno de aquel momento.
Y por parte del Gobierno, en estas circunstancias, presentar una moción de confianza tendría efectos beneficiosos para la moral democrática, e incluso, para el mismo Gobierno: tendría la iniciativa, y no estaría colgando del hilo de los apoyos de los pequeños grupos parlamentarios.
Todas estas limitaciones proceden de una anomalía que no cesa de aumentar: nuestro sistema parlamentario está gobernado por unos partidos políticos presidencialistas. Los representantes parlamentarios están en continua campaña electoral, y su principal función consiste en acercar a sus líderes al poder, o mantenerlo en él. Y esto sí es criticable.
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