Viernes 16 de julio de 2010
Que ni un solo grupo político del Hemiciclo -salvo el socialista- apoyase ayer a José Luis Rodríguez Zapatero tras el Debate sobre el Estado de la Nación era algo ya descontado por el Gobierno, pero no por ello carente de relevancia. Al menos, sobre el papel. Y es que muchos de los partidos que hoy critican al Ejecutivo lo hacen cara a la galería, por más que sus críticas estén cargadas de razón. Pero esos mismos partidos, mañana, volverán a situarse junto al Gobierno por un ponme o quítame allá estas transferencias. Forma parte del juego político. Un juego que ayer se demostró carente de cualquier atisbo de calidad y fluidez. No hubo propuestas concretas en el Parlamento; ni por parte del Gobierno ni de la oposición.
Si acaso, guiños -casi promesas- hacia los nacionalistas catalanes de sortear los recortes del Estatut vía leyes orgánicas. No en vano, y pese a la aparente dureza del discurso de Durán i Lleida, ha sido CIU quien le ha salvado la legislatura al PSOE. A final de año, tomará el testigo de apoyo el PNV, quien se perfila como sustento del Gobierno en la próxima votación de los Presupuestos Generales del Estado. Pocas referencias a la plana presidencia española de la Unión Europea -una oportunidad de oro perdida para recuperar algo del perdido prestigio internacional-, y una vaguedad tras otra en materia económica. De ahí que, según esas encuestas a las que tan aficionado es el Presidente, este Debate sobre el Estado de la Nación haya sido uno de los que menos atención ha suscitado durante los últimos años. Es comprensible. Y preocupante a la vez. Porque si en una cita de estas características se espera de los principales grupos políticos que dejen lo mejor de sí mismos, a la vista de lo acontecido las expectativas no pueden ser menos halagüeñas.
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