Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 16 de julio de 2010
Todo Imperio justifica su dominio con la venta de alguna mercancía que traduce su misión en el mundo. El derecho y la justicia eran los bienes que aparentemente traía el Imperio Romano a sus “felices dominados”. Lo dice el propio Virgilio, por cuya boca habla toda Roma: “Discite iustitiam moniti et non temnere divos” ( v.620 Aeneidos VI ). Y más adelante dirá el “pater” del linaje romano, Anquises: “Tu regere imperio populos, Romane, memento/ ( hae tibi erunt artes ), pacique imponere morem,/ parcere subiectis et debellare superbos”. Tácito, en la obra que dedica a su suegro, De vita Iulii Agricolae, denuncia y desvela toda esta brutal mentira, sobre la que moralmente se sostiene el Imperio, a través del héroe caledón Calgacus: “Auferre, trucidare, rapere, falsis nominibus imperium, atque, ubi solitudinem faciunt, pacem appellant”. El Imperio Español vendió la mercancía del evangelio y del catecismo trentino en sus vastísimos dominios. Y aunque muchos funcionarios de las colonias no cabe duda que administraron con justicia, talento y equidad aquellos territorios, enriqueciéndolos y revistiendo a los nuevos ciudadanos con los mismos derechos que tenían en la metrópoli los demás españoles, las lecturas de obras de intelectuales que vivieron en las colonias, como Gonzalo Fernández de Oviedo, Bartolomé de Las Casas, Bernardino de Minaya, Melchor Cano, y otros, nos descubren que no siempre la letanía lauretana “Mater Misericordiae” que se bordaba en las velas de los galeones españoles correspondía con actos de piedad y caridad para con los administrados. Ingleses, franceses, holandeses, belgas, alemanes, daneses, portugueses o italianos vendieron mercancías parecidas a España. La propia URSS extinta organizó un Imperio basado como los demás en pura hipocresía y fariseísmo: “Unión de Repúblicas Hermanas”, decía su himno, y pronto se convirtió en un chiste nada gracioso para los pueblos “primos” sometidos. Finalmente, los EEUU de América ejercen su dominio con la mercancía ideológica de la tecnología, de la civilización tecnológica. La tecnología es la última fuerza colonizadora. Gracias a ella los americanos no se arredran de su muy mala literatura en general, “Yes, but we have the technology…”.
Quizás sea ésta última ideología colonizadora la que más daño ha hecho al hombre. Pues ha convertido al hombre técnico en el único modelo de hombre, cuando hay al menos una treintena de modelos de hombre más que entre todos definen la humanidad: el hombre religioso, el hombre estético, el hombre deportista, el hombre pensador, el hombre matemático, etc. Pero no, hoy el hombre debe ser “homo technicus” ante todo y esencialmente. ¿Podrían vivir hoy centenares de millones de esos “homines technici” sin teléfonos móviles, sin GPS, sin internet, sin PDA, sin MP4, sin ordenador, sin calculadora, sin DSL, sin Wifi, sin bluetooth, sin USB, sin domótica, sin inmótica, y demás artilugios egresados de la misma religión de la tecnología? Me temo que difícilmente. Dice Agustín Andreu citando a Scheler que los griegos nos llegaron a una civilización tecnológica como la europea moderna y contemporánea, porque no quisieron, porque la husmearon y presintieron, pero no les gustó, se echaron atrás y tomaron el camino del estoicismo abstencionista. Pero en nuestro mundo, en las provincias de este nuevo imperio, el más cutre de todos los tiempos, todo lo que no es tecnología es “marginalia”, es sensibilidad desafecta, es desviacionismo, es extrañeza, es “vieja cultura”. Son ya “marginalia” la literatura, la “philosophia perennis”, el academicismo artístico, las lenguas clásicas, la religión, y hasta los buenos modales.
Por eso, cuando una niña encantadora de catorce años, Ana María de la Torre Bermúdez, castellano-manchega, valdepeñera, del Instituto de Educación Secundaria “Francisco Nieva”, escribe una preciosa novela, con una retórica narratológica que hubiese asombrado a Genet, El grito de los charcos, nos entra la esperanza de que la tecnología no va a acabar con la inteligencia humana, con el “arcanum mirabile” que fundamenta el sentido de la especie humana. Y así, de entre toda la bárbara basura analfabetizadora de cachivaches y gadgets de la tecnología moderna, nos sale al encuentro este dulce y femenino ingenio adolescente puro, que nos sube a unos niños con un gran destino literario sobre los lomos del mítico burro, caballería pretecnológica, como a los grandes patriarcas y profetas bíblicos.
En la novela de Ana María los charcos pisoteados, lágrimas del cielo, se levantan con furia líquida contra sus pisoteadores, conculcadores sin alma, siendo protagonistas de la trama dos niños nada tecnológicos y de caracteres muy bien conseguidos, Elena y Zenón, qué nombres parlantes más acertados. En otro universo literario, paralelo al primero, un joven de diecinueve años, Rivhel, roba un saco de carbón viejo para calentarse, y es castigado por alguien que no ve con una marca que le obliga a cumplir con su destinación literaria. Dos universos paralelos en los que los personajes harán cosas distintas movidos por una razón común. Quizás sin proponérselo, por esas dos intrincadas tramas paralelas, Ana María de la Torre Bermúdez ha escrito una novela bizantina, contada desde una tercera persona omnisciente, el punto de vista más tradicional y generalizado de la novela, y la mejor manera de iniciar una brillante carrera literaria, partir de lo clásico, aprender lo clásico, que luego ya vendrán los experimentos narratológicos. Como nota curiosa se puede decir que los protagonistas, los personajes buenos de la novela, son muchachos ( o muy viejos ), en tanto que el misterio sombrío y la malignidad provienen de personas adultas. O lo que es peor, aquí los mayores tienen los ojos cerrados para percibir el misterio. Y también habría que decir que es un canto a la amistad, virtud que es capaz de sustituir sobradamente la carencia de familia que la mayor parte de los personajes sufre en los dos universos literarios entrelazados por el misterio.
Desde el punto de vista temático, la novela de Ana María es una novela de misterio, en realidad de dos misterios conectados provenientes de un único misterio. Aunque es verdad que la gran floración de las novelas de misterio se da sobre todo en las caliginosas tierras anglosajonas, no podemos olvidar que desde el siglo XIX prácticamente todos nuestros grandes novelistas han escrito una novela de misterio: Pedro Antonio de Alarcón, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Joaquín Balda, Wenceslao Fernández Flórez, Edgar Neville, Noel Clarasó, Francisco de Cossío, Alberto Insúa, José María Álvarez Blánquez, Juan José Mira, Eduardo Guzmán, Francisco González Ledesma, Mario Lacruz, Tomás Salvador, Manuel de Pedrolo, Francisco García Pavón, Luis Romero, Gonzalo Suárez, Juan Benet, Juan José Millás, Alfonso Grosso, Gonzalo Torrente Ballester, Juan Marsé, Fernando Savater, Andreu Martín, Jorge Campos, Jaume Ribera, Lourdes Ortiz, Vázquez Montalbán, Juan Madrid, Jorge M. Reverte, Ferrán Torrent, Miguel Agustí, Alicia Giménez Bartlet, Eduardo Mendoza, y ahora, nuestra novelista manchega Ana María de la Torre Bermúdez.
Enhorabuena por tu primera gran novela, Ana María, y que podamos seguir admirándote por tus grandes dotes de escritora de raza.
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