Opinión

¿Por qué Zaplana, y por qué no Rajoy?

José Antonio Sentís | Jueves 13 de marzo de 2008
Nunca me cansaré de elogiar la capacidad de la maquinaria de propaganda socialista para intoxicar a los propios y a los adversarios. Su arduo trabajo de manipulación se ve, casi siempre, recompensado. Cada contrincante es sistemáticamente convertido en una caricatura.

Si hacemos memoria, Suárez fue el protogolpista subido a la grupa del caballo de Pavía, hasta que fue expulsado de la política y, entonces sí, subido a los altares.

El conservador Fraga, reformista en el final del franquismo, fue el ogro asesino de obreros en Vitoria, antes de ser neutralizado y aceptado en el sofá de Felipe González como el hombre al que le cabía el Estado en la cabeza.

El ridiculizado y despreciado Aznar perdedor contra González se transformó en un dóberman cuando podía vencerle, y en un belicista sanguinario cuando era invencible.

Y lo mismo con otros competidores a la izquierda, como Anguita, expulsado de la corrección progresista por no plegarse a la corrupción del Gobierno del PSOE y hacer pinza regeneradora con el PP.

Hasta que llegó Rajoy, que parecía una presa fácil, porque había sido designado por el íncubo Aznar. Sólo hacía falta ponerlo en el escaparate público marcado por ese estigma y crucificarlo junto a otros dos reos: Acebes y Zaplana. Ambos tenían que ir unidos, y ambos debían ser expuestos a la vergüenza pública por la causa general del 11-M y por su pretendida radicalidad derechista.

Y la leyenda se fraguó. Descontada la izquierda, no había, tras el domingo electoral, prácticamente nadie de la derecha que no diera por liquidados tamaños extremistas del PP. La eficaz propaganda socialista había llevado el cisma a las filas del adversario y había impuesto su estrategia del guiñol. Zaplana y Acebes, Acebes y Zaplana, eran la expresión de lo más rancio de la derecha española... para los propios miembros de la derecha española. Y más aún, eran los lastres del centrista Rajoy, del moderado Rajoy, el que había sufrido pacientemente la presencia de su secretario general y de su portavoz parlamentario hasta que se consumó la derrota. Tremenda generosidad que, sin duda, había que corregir.

Pues bien, conservador, lo que se dice conservador, Rajoy. Y, ni menos ni más, Acebes, ambos miembros de la antigua Alianza Popular. Y el más liberal de todos ellos, Zaplana, procedente de las Juventudes Liberales de Unión de Centro Democrático.

¿A qué ha venido ahora la mirada atravesada y el vacío culpabilizador hacia el hombre que tuvo que aguantar la desigual batalla parlamentaria contra la gran coalición socialnacionalista de Zapatero la pasada Legislatura? ¿Al que tuvo que tener la boca cerrada para no perjudicar los intereses de los suyos, incluso cuando fue mandado a las tinieblas exteriores en su antigua casa valenciana? ¿A un político de tendencia negociadora, presentado ante la plebe como el más arriscado de los mortales?

¿Por qué se va Zaplana como un apestado, y Rajoy se queda por el bien de España?

La decisión de Zaplana de pasar a la segunda línea puede ser un alivio para él mismo. Ha sido víctima de los daños colaterales de una Legislatura durísima, autosacrificado finalmente en el altar de la nueva oposición.

Pero no cante victoria la derecha. Después de Zaplana -el "duro", el "radical", el "intransigente"- irán a por el siguiente, y él no entenderá por qué, si no era duro, ni radical ni intransigente.

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