Opinión

IZQUIERDA HUNDIDA

Jueves 13 de marzo de 2008
Es tiempo de despedidas. A la marcha de Eduardo Zaplana como portavoz popular en el Congreso de los Diputados, hay que unir la renuncia de Gaspar Llamazares a seguir siendo cabeza visible de Izquierda Unida, y por ello no se presentará a la reelección. Su formación perdió casi 300.000 votos, y pasó de 5 a 2 escaños. Una derrota sin paliativos que el propio Llamazares reconocía sin ambages. No obstante, hay que decir que Izquierda Unida ha sumado casi un millón de votos, mientras que otros partidos de corte nacionalista -los grandes beneficiados por el actual sistema de reparto- como el PNV, con apenas 300.000 sufragios, obtiene seis diputados. Parece injusto a todas luces, pero el tema de la reforma de la ley electoral no está en la agenda. El PP tiene otros problemas, y PSOE y nacionalistas parecen cómodos con el actual statu quo.

La coalición de izquierdas es un conglomerado de sensibilidades diversas y mal avenidas. Con semejantes ingredientes no parece factible elaborar una receta coherente, y puede que ése sea uno de los males de Izquierda Unida. Pero no cabe duda de que lo que realmente le ha hecho daño ha sido la actual corriente bipartidista que se ha establecido en España. Y justo es reconocerle el mérito al PSOE, que ha sabido fagocitar el voto útil de la izquierda más reaccionaria con el argumento de que haría falta un partido fuerte para frenar a la derecha. Eso, y los constantes guiños hacia su electorado más extremo, fundamentalmente durante los dos primeros años de la legislatura, han hecho el resto. Tienen razón los que dicen que el PP tiene un porcentaje de voto procedente de la extrema derecha. Pero no es menos cierto que en el actual electorado del PSOE conviven socialistas, comunistas y nacionalistas. Es de esperar que todo ello no derive en políticas de semejante corte ideológico, y que los socialistas opten por una línea más pragmática. Aunque, visto lo visto, el panorama no es precisamente alentador.

MORAL, POLÍTICA Y ALGO DE ÉTICA

El fin de la carrera política del gobernador de Nueva York, el demócrata Eliot Spitzer, ha llegado en un momento muy inoportuno para su partido. Y de una manera especial, para Hilary Clinton, a la cual apoyaba. El gobernador, adalid de la moralidad y firme defensor otrora de la lucha contra el vicio y la prostitución, ha visto truncadas su futuro por unas acusaciones del FBI, quienes le acusan de haberse gastado más de 50.000 euros en "servicios de acompañamiento". Para más inri, una eminente asesora de Hillary, Geraldine Ferraro, ha renunciado tras el escándalo que suscitaron unas presuntas declaraciones racistas contra el senador Barack Obama. Afirmar que "si Obama fuera un hombre blanco, no estaría en esta posición" no se antoja un comentario punible, sino que más bien refleja un sentimiento compartido por muchos. Pero ya se sabe la importancia que en Estados Unidos se da a este tipo de cuestiones.

Nada que objetar a la renuncia del gobernador neoyorquino. Esa doble moral de predicar contra un supuesto vicio y practicarlo a la vez no resulta un comportamiento ético aceptable. Independientemente de que, desde la óptica europea, lo que cada uno haga en su vida privada haya de quedarse ahí. Viene a ser más o menos la "doctrina Sarkozy": los ciudadanos eligen a un político para que resuelva sus problemas, no para que hable sobre su vida privada. Otro tipo de dimisión es la de Ferraro, la asesora de Hilary Clinton. Ella no dijo nada políticamente incorrecto. Más aún, su comentario era de lo más atinado. Pero ya se sabe que, en campaña todo vale, y los cuchillos republicanos esperaban afilados cualquier palabra susceptible de ser interpretada en clave negativa.

Pero el caso es que dimiten. Por motivos muy diversos, pero lo hacen. La sociedad estadounidense podrá, como tantas otras, ser merecedora de determinadas críticas; ahora bien, no cabe duda alguna de su madurez política. Aquellos que alcanzan un puesto de cierta relevancia saben que, cualquier mínimo desliz se paga muy caro. Y, llegado el caso, son consecuentes con esta idea. La cual, dicho sea de paso, bien podría ser exportable a latitudes cercanas.

TIEMPO DE PACTOS

Lo ha dicho claramente el lehendakari Ibarretxe: "Zapatero y yo estamos condenados a entendernos". A pesar de haber perdido más de 100.000 votos y no haber conseguido la mayoría en ninguna de las tres provincias vascas, el PNV sabe que, junto con CiU, va a tener gran influencia en el futuro Gobierno de España. Y es por ello que Ibarretxe no ha tenido ningún reparo en dejar patente su intención de seguir adelante con su famoso referéndum sobre la soberanía vasca del próximo octubre. Como buen vasco, el lehendakari está lanzando un órdago a Zapatero. El sistema se lo permite y la política de aislamiento al PP en beneficio de los nacionalismos que el Gobierno socialista ha seguido en los últimos cuatro años, indica que sus exigencias pueden acabar obteniendo una respuesta positiva.

En un sistema como el nuestro lo más emocionante no es saber quién ha ganado las elecciones. Lo bueno viene después, cuando llega la hora de las calculadoras y las cuentas de la vieja. Las sumas y restas, estrategias, intereses ocultos y acuerdos entre partidos aparentemente irreconciliables, son el pan de cada día de las semanas posteriores a unos comicios.

Ahora le toca al PSOE decidir. Los 169 escaños con los que cuenta le permiten afrontar la legislatura con pactos puntuales, sin necesidad de realizar concesiones insostenibles a los partidos nacionalistas. Es por ello, que debería reflexionar y aprender de los errores pasados. Es lícito que el presidente pacte con quién crea más conveniente, siempre y cuando esto no conlleve concesiones en temas como el terrorismo o la ordenación territorial. No puede olvidar que tiene en sus manos el destino de todo un país. Las políticas de Estado no pueden ser quimeras. Han de ser hechos porque hay temas de vital importancia sobre los que debe existir una política clara e inequívoca, gobierne quien gobierne. Y para conseguir establecer unos criterios firmes e inamovibles en estos asuntos, no le queda otra que entenderse con el PP. Ambos partidos han de afrontar la responsabilidad con mayúscula que tienen en sus manos y asumir que ellos sí están condenados a entenderse.


TEMAS RELACIONADOS: