Opinión

“No perder ninguna inteligencia”

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 23 de julio de 2010
José María Barreda, Presidente de Castilla-La Mancha, durante la inauguración en un pequeño pueblo manchego de un magnífico Centro de Salud, dijo en su intervención, movido sin duda por un “amor intellectualis”, lo siguiente hablando de la Educación ( el otro objetivo más importante para su política de gobierno junto a la Salud ): “Nuestro compromiso con la educación es no permitir que se pierda ninguna inteligencia. Queremos aprovechar todas las inteligencias”. La verdad es que este tipo de nobles anhelos enaltecen la política. Hay en este aserto una mezcla de ideales cristianos, objetivos institucionistas y pensamientos de Juan de Mairena, además de doctrina socialista, claro. Las inteligencias primerizas se pierden si la institución escolar no las cuida ni protege ni las libera de los entornos supersticiosos. Y es que sucede que hay cosas en uno mismo que no se las puede hacer o sacar uno solo de sí mismo, y necesitamos de los maestros y profesores. Esas son palabras de Antonio Machado, que sin duda derivan de la ilustración alemana representada por Lessing ( Testamento de Juan, la Educación del género humano y Natán el sabio ) y el gran Leibniz. Sin olvidar, claro, a Spinoza y Shaftesbury.

“No perder ninguna inteligencia”, en cuanto compromiso ético del gobernante, tiene distintas consecuencias e interpretaciones:

- Cada ciudadano, en cuanto parte de la comunidad política, llega a ella con una inteligencia propia, honda y misteriosa, con un “don” – podríamos decir un tanto metafísicamente -, con unas capacidades, cuyo desarrollo en el ámbito social constituye el sentido último de la vida, dado que la inteligencia sería la dimensión más intrínsecamente humana, y cuya protección social mediante la educación nos llevaría irremediablemente a una verdadera “sanatio civilizationis”. La innegable presencia de una inteligencia en el fondo fundante de cada uno de nosotros no es una presencia fácil. Necesita ayuda, y esa ayuda no puede salir o provenir más que de la inteligencia que ya hay en el mundo. María Zambrano hablaba de que la inteligencia debía ser apuntalada.

- Todas las inteligencias y capacidades de todos los ciudadanos son necesarias para la sociedad. Por ello, “perder inteligencias” no sólo representaría una incuria pública contra un derecho individual que, en el fondo, sería parte del derecho a la vida en cuanto verdaderamente humana, sino que empobrece también fatalmente la inteligencia social como un todo. Vendría a ser incluso un ataque contra la supervivencia de la sociedad, en cuanto que todas las inteligencias – ya lo hemos dicho – son necesarias. La inteligencia social está anclada a las inteligencias singulares.

- Y, finalmente, y ya en el ámbito del cristianismo leibniziano y lessingiano, y del panenteísmo spinoziano, tan caros todos a la Institución Libre de Enseñanza, cada ser humano viene al mundo con una misión (“con un pan bajo el brazo”), con una tarea propia que se traduce en un enriquecimiento del mundo en cualquier ámbito ( moral, material, estético, político, religioso, etc. ); por lo que bloquear o impedir esta misión representaría o bien una mutilación de la humanidad, o bien, una perversión de las inteligencias nacidas, haciéndolas malas.

Ahora bien, el primer efecto político y económico basado en “no perder ninguna inteligencia” es el de “aprovechar todas las inteligencias”. Eso significa que el poder político debería garantizar el concurso de todas las inteligencias, de acuerdo a la capacidad y disposición de cada una, en el desarrollo social de la nación, la región y la aldea, incluyendo el ámbito de la Administración Pública, quedando ésta abierta a toda la ciudadanía con el único criterio selector de la capacidad intelectual de los opositores, y no con criterios ideológicos, religiosos, sexuales, étnicos o capillistas en general. Pues que sería un absurdo garantizar que no se pierda ninguna inteligencia, y luego no usar de las más señeras en la Administración del Estado – exceptuando, claro, los órganos superiores -, Administración que tiene la única misión de velar por el bienestar de la sociedad bajando del cielo a la tierra con lealtad las directrices del poder político elegido democráticamente por la ciudadanía en la nación, la región y la aldea, y velando mejor por este bienestar si en ella laboran las inteligencias mejores del cuerpo social.

Distorsionar por razones políticas o ideológicas excluyentes el aprovechamiento de la inmensa riqueza de la inteligencia social invalidaría la sinceridad y buena fe de la intención política de no perder ninguna inteligencia, convirtiendo esa intención en algo demagógico y farisaico, en una pura finta electoral no creída ni por el propio emisor. La fenomenología del conocimiento exige la exclusión del prejuicio ideológico, y la estrechez de espíritu por parte del Estado, la autonomía y la aldea es impropia de una sociedad abierta.

La derecha se hace antipática y desagradable cuando utiliza como único argumento para sostener la neutralidad e imparcialidad en los contratos de la Administración y lo empleados públicos la enorme mezquindad de que la Administración la sostienen los impuestos de los ciudadanos, abriendo con ello la puerta a un corolario paleodemocrátco y paleorrepublicano que se dio en el Mundo Clásico: El Estado es una sociedad de accionistas en la que tienen más poder los que más ponen ( v. gr. la República Romana con sus “comitia centuriata” ). Es un argumento harto estúpido y antipático, impropio de una inteligencia mediana, incluso pequeña, incluso de una sensibilidad diminuta. El argumento más fuerte es el que hemos expuesto: la fe absoluta de que el desenvolvimiento de todas las inteligencias, merced a la educación y a la exclusión de barreras ideológicas, mejorará la vida del mundo, en que serán posibles muchas cosas que parecían antes imposibles e ilusas. Es la fe en el liberalismo.

Hoy en Castilla La Mancha, ante la indolencia anepígrafa de la derecha, José María Barreda, socialista, tambén tiene, sin embargo, que represntar los viejos ideales del liberalismo español. La razón política construirá siempre para la vida una sucesión creciente de horizontes.

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