Sábado 24 de julio de 2010
Tras un año de tensiones e impases diplomáticos, Venezuela decidió romper sus relaciones bilaterales con Colombia, tras la denuncia que hiciese el Ejecutivo de Álvaro Uribe sobre la presencia de importantes líderes de las guerrillas de las FARC y del ELN en el territorio vecino, cuyas pruebas fueron presentadas a la OEA a fin de llevar el caso a instancias internacionales. Ante los 34 estados miembros de la organización hemisférica y en presencia de su secretario general, José Miguel Insulza, el representante colombiano, Luis Alfonso Hoyos, hizo un repaso con fotografías y vídeos de la presencia de los narcoterroristas al otro lado de la frontera.
Hugo Chávez en vez de defenderse excusándose, buscar una explicación o solicitar ayudar para combatir a la guerrilla, se limitó a ordenar la ruptura diálogo entre Caracas y Bogotá; ofendido como si lo que se estaba exponiendo en el pleno de la comunidad interamericana fuera una novedad para él, que le cayó como un balde de agua fría. No obstante, la presencia de las FARC y el ELN en el país de las reinas del belleza es una verdad conocida a vox populi tanto por el chavismo como los venezolanos que viven en los estados colindantes a Colombia y del resto del país, donde fotografías del “Mono Jojoy” o el de “Raúl Reyes” se exhiben en pueblos y barriadas de ciudades venezolanas.
Durante años la Casa de Nariño le ha advertido a Miraflores sobre las actividades de narcoterroristas en su geografía sin obtener una respuesta favorable, mientras los insurgentes colombianos se enfrascan en disputan territoriales con la guerrilla local del Frente Bolivariano de Liberación. Si bien las imágenes expuestas por Hoyos en la OEA, de rebeldes tomando el café, posando ante un mural del “Che” o tocando el piano, causan más risa que otra cosa; no por ello el contexto de la denuncia deja de ser alarmante para la seguridad regional, que pone a Chávez en una situación bastante comprometida.
La réplica de Venezuela más que salvaguardar su reputación, evidencia los nexos entre una guerrilla que busca administrar sus “ultimas bocanada de aire” y un Gobierno dispuesto a suministrarle oxigeno. Es evidente que el gesto de Colombia por querer “ventilar este secreto a voces”, más que una acusación, es una advertencia dirigida no sólo a Chávez sino a una comunidad internacional que no termina de darse cuenta de una realidad sumamente grave.
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