Esta semana miles de argentinos recordaron a Eva Duarte de Perón a los 58 años de su fallecimiento. Una de las figuras más emblemáticas de la Argentina contemporánea e icono socio-político por excelencia, a los que se le rinde tributo en el Bicentenario de las Américas.
Su vida podría ser perfectamente contada a través de los versos de un tango que narran la historia de una mujer que superó una dura niñez para conquistar las lindes del poder. De una actriz que se bajó de las tablas para ser la
Primera Dama de su nación y que se convirtió en la “Reina de corazones” para millones de sus conciudadanos, gracias a su capacidad de conquistar a las masas.
No en vano,
Eva María Duarte de Perón, mejor conocida como
Evita, ha inspirado obras de teatro, películas, musicales y novelas, tanto dentro de su natal Argentina como fuera de sus fronteras. Su vida puede ser interpretada como la viva representación de la Cenicienta moderna, pero que en vez de entablar amistad con ratones parlanchines, sucumbir a la magia de una hada madrina y lucir zapatos de cristal; optó por ser la voz de los marginados, alzar “la varita” de una ideología política y llevar en su esbelta figura vestidos exquisitos del maestro Christian Dior.
Todos estos ingredientes hicieron de Evita el símbolo por excelencia del peronismo argentino, superando incluso con creces a su marido y fundador del gobernante Movimiento Nacional Judicialista,
Juan Domingo Perón.
La que ha sido decretada por la actual mandataria de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner como la
“figura del Bicentenario”, se dirigía a los “descamisados” y los “cabezas negras”- término despectivo acuñado a los obreros y los ciudadanos que emigraron de otras provincias de Argentina a Buenos Aires-, como una madre a sus hijos y no dudaba en recorrer con sus elegantes
“peep toes” los barrios más pobres del país, otorgándole nuevas dimensiones al discurso político y al arte de hacer populismo.
Sus alocuciones conmovedoras e intensas como el carmensí con el que pintaba sus labios, llegaron a calar más hondo en la conciencia y el espíritu nacional que las de su cónyugue y dos veces presidente del país, pese a que su imagen era más
burguesa que popular. En las giras internacionales, ella era la estrella. Los grandes modistos les abrían de par en par las puertas de su boutiques, pese al recelo de las “socialités” de cuna, mientras millones de mujeres en todo el Cono Sur se teñían la cabellera de rubio e intentaban imitar su estilo
“haute couture”. Eva Perón más que reinventar la política argentina, remodeló el papel de la mujer latinoamericana, lo que le ha valido ser un gran capital “ideológico” y “propagandístico” para el peronismo hasta nuestros días.
Sin embargo, como suele dictar el curso de la historia a este tipo de personajes que desata tantas pasiones como suspicacias, Evita ha sido tan idolatrada como amada y criticada como odiada. Defensores y detractores no le han faltado a esta mujer, que después de 58 años de su muerte, aún sigue siendo objeto de debates y del minucioso escrutinio de los historiadores.
La “descamisada” que llegó a ser Primera Dama; la niña que al hacerse grande se convirtió en la
“Princesa del pueblo”, más que una Cenicienta, fue un personaje que la circunstancia histórica, la política y la moda, convirtieron en un mito intemporal al que el célebre músico británico,
Andrew Lloyd Webber, le puso letra y música: “No llores por mi Argentina”.