Lunes 02 de agosto de 2010
La Cruz Roja en Madrid vuelve a insistir en la necesidad de reubicar en distintas provincias españolas a los opositores cubanos excarcelados por el régimen castrista que desde el pasado 13 de julio se encuentran en el país. Aún cuando la libertad para estos hombres supone un milagro -en tanto que han estado siete años tras las rejas por el sólo hecho de disentir del Gobierno de los hermanos Castro- lo cierto es que fueron objeto de un destierro ya que no tuvieron posibilidades de decidir su destino.
Un destino que aún permanece supeditado en España. Los 11 opositores de “La Primavera Negra” que han sido atendidos por el organismo internacional en el Hotel Welcome, si bien están agradecidos por dormir en una cama limpia, al lado de sus esposas e hijos, no pueden ocultar una incertidumbre compartida por muchos españoles que, a lo largo de estas semanas y una vez amainada la euforia inicial, observan cómo en el gesto humanitario del ministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos, se ocultan en realidad, pretendidos intereses político-económicos que le atan al castrismo.
La excarcelación de estos cubanos erróneamente tildados de “disidentes”, no es más que una estrategia diplomática para que España sea el eslabón que permita cambiar la posición común que la Unión Europea mantiene hacia Cuba. De este modo, el anunció de una excarcelación masiva de 52 presos de la “Primavera Negra”, bajo la mediación de Moratinos, cambiaría la percepción europea sobre el estatus de los Derechos Humanos en la Isla, y con ella, la apertura de puertas para un acercamiento de la UE al régimen de La Habana.
En nuestros tiempos, parece inconcebible aceptar que la libertad de los presos cubanos este sujeta a una transacción política. Una moneda de cambio más para satisfacer determinados intereses en lugar de responder a la defensa del derecho natural y ciudadano que tienen estos hombres de ser libres para manifestarse, expresarse y escoger a dónde quieren ir.
Hoy los 11 excarcelados por la dictadura de Raúl Castro se hallan en el limbo de una país que, pese a ofrecerles residencia y libertad, no sabe a ciencia cierta qué hacer con ellos. Un país cuyo gobierno parece querer ignorar la situación traumática por la que atraviesan, en la que la falta de recursos logísticos y de planificación para atender este tipo de coyunturas, obligando a separar a un grupo de personas con una tragedia común que quizá necesitan estar unidas a fin de facilitarles la difícil inserción a su nueva vida. Estos hombres y sus familias están pagando el duro precio de un destierro fríamente calculado, convirtiéndose prácticamente en nómadas de la nación que les acogió a bombo y platillo.
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