Andrea Donofrio | Lunes 02 de agosto de 2010
Tras milenios de aportación a la construcción y a la evolución de la historia y de la cultura mundial, el papel de Italia parece haberse estancado, suspendido, extinto. Hoy en día, en todo el mundo, es posible contemplar los vestigios romanos, admirar las múltiples muestras de arte renacentista o escuchar una referencia a un autor o a un cineasta italiano. Y, en Italia, se pueden admirar sus innumerables iglesias, la belleza de sus ciudades, los canales venecianos, la magnificencia de Roma o la belleza de la costa amalfitana. Su fascinación resulta incuestionable y su cultura sigue siendo una referencia en el panorama mundial. Sin embargo, en la actualidad resulta evidente que en Italia, el mundo de la cultura vive uno de sus peores momentos donde, a la preocupante ausencia de nuevos artistas o representantes culturales en general, se acompaña una intensa degradación de la calidad de sus actividades culturales, un descenso del nivel artístico y un preocupante deterioro de su patrimonio.
A empeorar la situación, contribuye la desafortunada gestión cultural del gobierno Berlusconi, que ha decidido recortar drásticamente todas las subvenciones estatales relacionadas con el mundo de la cultura. Lejos de las proclamas chovinistas inútiles y populistas de este gobierno, se estima que el Estado italiano aporta 15 veces menos al mundo de la cultura que muchos países de su entorno. De esta manera, recortando la cultura, castrando las inversiones en actividades intelectuales y de crecimiento, el Estado corta lo que nunca debería ser puesto en discusión en una democracia: la posibilidad de aprender, de conocer la propia historia, de formar una opinión crítica e informada.
Además, los duros recortes dispuestos por el gobierno afectan de forma discriminatoria e intolerable a los recursos públicos destinados a sostener la vida cultural del país. Se daña la riqueza patrimonial de Italia, se perjudica el desarrollo del arte nacional, se ataca a la ya precaria vida cultural del país. Resulta evidente que la crisis, que penetra en toda la sociedad, no se supera cortando de manera tan discriminada los recursos a la cultura, convirtiéndole en una mercadería.
Y como si esto fuera poco, el Gobierno ha anunciado una amnistía para los bienes arqueológicos robados. Suena paradójico, absurdo, desatinado pero “en Italia la realidad supera la ficción”. No obstante es así: la norma, una “amnistía arqueológica”, presente en el plan de ajuste financiero (“Emersión y catalogación de bienes arqueológicos”) “permitirá que se legalice la posesión de los bienes obtenidos ilícitamente, corroborando décadas de expolio arqueológico. Resulta absurdo que el Gobierno no entienda que de esta manera se ofrece una importante ayuda a las mafias que roban y exportan a diario piezas en excavaciones clandestinas. ¿Es tan difícil comprender que de esa manera se secundan a los depredadores, grupos criminales y traficantes? Se trata de un nuevo regalo del gobierno Berlusconi al mercado ilegal de arte, a las “arqueomafias” y redes criminales que saquean las piezas en iglesias o en excavaciones. Pompeya, uno de los tesoros culturales más importantes del mundo, del que ya denunciamos el estado de desidia y degrado en que se encuentra, sufre el expolio por parte de la Camorra que vende sus restos a coleccionistas extranjeros.
Como ya indicamos hablando del patrimonio cultural nacional, el Gobierno concibe la cultura como “un bien privado”, mostrando una tendencia mercantilista y ultraliberal. Frecuentemente su acción parece anhelar la destrucción del pensamiento, la muerte de la opinión pública y la amnistía arqueológica hace temer una posible connivencia gubernamental con las mafias locales. La actitud mostrada por el Gobierno Berlusconi a lo largo de sus leyes presupuestarias demuestra que para ellos la cultura ocupa el último renglón. Sin embargo, la cultura representa un derecho, un recurso, un bien inestimable: el arte debería ser considerado como una materia prima de Italia, una fuente de riqueza. Más por razones meramente culturales, el interés gubernamental por el patrimonio artístico nacional, por el mundo de la cultura italiana debería estar justificado por razones puramente económicas: Italia con sus museos, sus teatros, sus iglesias, sus ciudades debería representar una fuente de riqueza, un recurso capaz de generar ingresos necesarios para garantizar su misma conservación y enriquecer al Estado. Sin embargo, la cultura italiana se desmorona por momentos, sin ningún atisbo de esperanza. Con sus 90 años, Mario Monicelli, director de cine y una leyenda del séptimo arte italiano, afirmó que “antes (con el fascismo), quemaban los libros; ahora toca a los teatros”. Muchos ya recitan oraciones fúnebres por el arte italiano: ¿réquiem por la cultura italiana?
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