Antonio D. Olano | Martes 03 de agosto de 2010
Amando Veíga es un personaje irrepetible. Si existiesen cien Dalís la vida sería insoportable, decía de sí mismo el viento,la tramontana del genio daliniano.
Los creyentes dicen que si Dios no existiese sería necesario inventarlo.
Amando Veiga, mi paisano de las Galicias, se está y está inventando a cada instante. Cuenta con un espléndida representación generacional, sus hijos y consigo mismo y sus colaboradores. Si existiesen diez o veinte clones de su “savoire faire” el mundo, y sobre todo nuestro mundo, iría al encuentro del tiempo perdido -¿por qué se perdieron las bunas maneras?- y retomaría su antiguo ser y estar.
La ínsula de esta mezcla de quijote y sancho, tiene establecida su ínsula en el 67 de la centenaria Gran Vía. Se anuncia con el flamante y a la vez discreto nombre de “Centro Médico” y te lleva, si lo deseas, a alguna de las múltiples consultas una dulce azafata, al dolor hay que plantarle buena cara, verbigracia la brasileña Flavia, llena eres de gracia. Ya es hora de premiar y aprehender las sonrisas. ¿Y porqué no alguna lágrima furtiva?
Amando sitió y ocupó la plaza fuerte de “Filmófono”. Ganapán de otro genio granviario: Enrique Herreros. Y una de las plumas de “La Codorniz”, posiblemente la más brillante, decoró su espacio con tumbas, lápidas dedicadas a sus muertos enemigos vivos. Y dioses, desde Chaplin a Sara Montiel, su invento, pertenencia y amor cercano.
Amando suele citarte a las nueve de la mañana –aun están colocando la Gran Vía- en su despacho muy historiado, para ofrecerte un desayuno muy madrileño: chocolate, churros, porras, dulces de las monjas de un convento cercano. Y. como remarte, una copa de “Chinchón”.
Amando Veiga es uno de los señores de la Gran Vía. Un empecinado en honrar los cien años, cien de la anárquica y fascinante calle madrileña. Caballeros comandados por Alfredo Amestoy para el que, en cuestión de domicilios, no encontró “acougo” definitivo hasta topar con un apartamento libre en el “Coliseum”.
Alfredo, ya historia, fue al reencuentro, en el teatro construido por Jacinto Guerrero, con la tradición y el arte decó el que es un enamorado. Uno sabe que se enamora y no le pregunteís porqué se enamora. Amestoy, el grande, pertenece al grupo exquisito de los mitómanos, entre los que me encuentro. Lo primero que exigió fue la colocación de una placa en la que reza:
“Descúbrase, caballero,
que por estas escaleras
bajaron a la Piquer
y subió Curro Romero”
La Gran Vía fue también “ruedo” para toros y toreros. Está en los escritos, ya desaparecidas las memorias que retengan los hechos, que el 23 de enero de l28, en los amaneceres velazqueños del lugares, lució al sol del amanecer su enorme cornamenta un toro de treinta arrobas del hierro de Luís Bermúdez. El corniveleto descarriado se escapó xde una punta de ganado, doce reses, doce, que iba conducida desde Carabanchel hasta el matadero. Buscaba hacer hilo con capotes y inclinar su noble testuz ante el puntillero.
Subió la Cuesta de San Vicente, pidiendo guerra y corneando al despavorido personal que iba al trabajo, con el cocido del mediodía repicando en la cazuela. Lució su trapío en la Plaza de España y siguió, con mando en urbe, por San Vicente y Palma. Recorrió las Correderas, deteniéndose ante las carteleras teatrales de “la bombonera” (Teatro Lara), en donde Don Jacinto Benavente estrenaba “La Malquerida”, pongamos por caso.
El toreo siguió mandando en plaza recorriendo parte de la Gran Via, entonces Conde de Peñalver. Le gustaba la marcha y enloquecía por una marcha marcial. Y se detuvo delante del Casino Militar en donde le esperaba, gabán en mano diestra, el matador de toros Diego Mazquiarán, conocido por “Fortuna”. No le sirvió al diestro el mespadin de la casa y envió por un estoque con el que, tras sus lances al astado, entre ovaciones del respetable, descabelló al toro innominado.
Nicanor Villalta le impuso a “Fortuna” la Cruz de Beneficencia ganada por su arrojo.
El 9 de marzo de l973, un buen torero madrileño, Luis Segura, quiso repetir la hazaña. Hace soltar un toro en la Plaza de España. Y le da capotazos, junto a su hermano Everindo. Segura es detenido y conducido hasta la cárcel de Carabanchel. Dicen que al mejor cazador puede salirle el tiro por la culata.
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