Álvaro Ballesteros | Jueves 05 de agosto de 2010
Me senté un momento a descansar en un banco a la sombra, en una de las calles adyacentes al Castillo de Budapest, intentando poner mis pensamientos en orden, alegre de encontrarme una vez más (diez años después) en esta magnífica capital europea. Y mientras ordenaba mis ideas y descansaba las piernas, un tanto fatigadas de subir las interminables escaleras que llevan a la colina desde donde el Castillo divisa majestuoso el Danubio, se sentó junto a mí este elegante hombre-estatua.
No alcancé a entender bien su nombre, ni su edad, ni su profesión, pero su aspecto era distinguido y su tono de voz, ciertamente cálido. El peso de su mano contrastaba con su pose fría, casi metálica, haciéndome sentir cómodo en su compañía. Así que allí me quedé un rato, oyendo hablar a este señor, compartiendo sus preguntas sobre el futuro y sus certezas sobre el pasado.
Hace ya mucho que partieron los señores Otomanos. También se marcharon sus Majestades Imperiales, sus leales servidores, y los socialistas de corte soviético que llegaron después de ellos, para sustituirlos. El mundo y Europa se ven ya muy distintos de cómo eran tan solo hace unos años, y mi compañero de banco, con su melena corta, su chaqueta cruzada y su corbata a juego, me cuenta que espera desde hace mucho un cambio unificador. Que echa de menos el tiempo en que decenas de pueblos convivían en un mismo orden jurídico-político coherente, compartiendo sus diferencias culturales y enriqueciéndose con las especialidades de cada uno. Y que espera que la UE se consolide verdaderamente pronto, para poder sacar el mejor partido de todas las riquezas que contiene Europa.
Me cuenta que el camino es duro, que parece muy a menudo que no llegamos a ninguna parte, pero que de tiempo en tiempo aparecen generaciones nuevas que impulsan todo el mundo hacia adelante, con ánimo renovado, con ilusiones nuevas, con demandas que exigen ser atendidas y que no aceptan seguir siendo pospuestas. Y que no se trata de una generación en términos de edad, sino de planteamientos, ideas y ambiciones.
Me cuenta que todo el sistema viene y va, que da bandazos, que debo aprender a sujetar las riendas de mi impaciencia, a ver más allá del tiempo, donde las colinas tocan el horizonte. Que todo llega y que lo importante no es alcanzar la meta, sino saber qué hacer una vez que se está allí. Que hay que mantener siempre la mano tendida, la mente abierta y el corazón fuerte. Que hay que saber arriesgar, hacer nuevos amigos, y atesorar algunos recuerdos, mientras el paseo de la vida nos muestra luces nuevas, sonidos diferentes, y sensaciones distintas.
Que todo viene muy rápido, y que tan rápido como viene se va. Que lo importante es saber ser sincero con uno mismo, ser fiel a ciertos principios, y saber afrontar las tempestades cuando se nos echan encima. Que las Valkirias existen, y que nos esperan empuñando sonrientes la espada, pero que cuando las encontramos ya no podemos regresar, por lo que no hay que adelantarse a algunos ritmos de la vida, que hay que saborear cada paso que damos.
Que cada región, cada comarca, cada pueblo, cada ser humano tienen algo precioso a descubrir. Que todas las religiones son una, que todos los hombres buenos pertenecen al mismo bando, así como el egoísmo y el odio fratricida constituyen el único enemigo real del ser humano.
Que uno de los mayores peligros es olvidar quiénes somos, a dónde nos dirigimos, de dónde venimos, y qué hemos dejado por el camino. Si mantenemos una idea clara en nuestro cerebro sobre estas cuatro cuestiones, estaremos mucho más cerca de ser felices, aunque sea por un momento, y que ese momento puede dar sentido a toda una vida.
La brisa de la tarde pone fin a sus palabras. Me vuelve a mirar, esbozando una sonrisa, elegante y tranquilo. Poso mi mano sobre su mano. Le doy las gracias y echo a andar de nuevo, en pos de mi destino, recordando cada una de sus palabras, descansando aliviado en cada una de ellas, preparado de nuevo para afrontar con confianza el mundo.
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