Víctor Morales Lezcano | Viernes 06 de agosto de 2010
Si se recorre la crítica situación que atraviesa en estos momentos el Oriente Próximo y Medio, salta a la vista del observador bien informado un rasgo común a Israel, Turquía, Iraq e Irán.
En las cuatro naciones que acabo de mencionar, yace en el fondo de su constitución social y cultural una discrepancia marcada entre partidos políticos, orientaciones ideológicas e inclinaciones religiosas.
Israel, de quien se comenta que jamás, antes de ahora, había despertado tantos recelos, cuando no repulsa, internacionales, parece no ser tan compactamente sionista como se cree con frecuencia. Frente al centro-derecha likudí y sus refuerzos electorales ultra-ortodoxos, nos encontramos con un ala política y opinática abierta, empero, al diálogo con el sector árabe-islámico militante de su Estado. Shlomo Ben-Ami, tan ligado como está al Centro Internacional de Toledo para la Paz, encarnaría la antítesis del presidente Netanyahu, como es también antitético el rabino Ascherman (desde la dirección del Rabbins for Human Rights), vigilante siempre sobre los abusos reiterados que no ya en Gaza, sino en el flanco occidental del Jordán, sufren los árabes palestinos, recluidos y cercados en reductos territoriales que se asemejan a celdas de castigo. Primera discrepancia que es probable que aumente con el tiempo.
A pesar del dato irrefutable que revelan los éxitos electorales que el partido turco para la Justicia y el Desarrollo (AKP) ha cosechado durante el primer decenio del siglo XXI, no es menos irrefutable que frente al recrudecimiento del Islam político en Turquía, se está gestando un proceso de vigorización del legado kemalista a través del partido popular republicano. Lidera, éste, una figura de semblante un tanto inédito, Kemal Kiliçdaroglu. Se mantiene, pues, el pulso entre contrarios en la Turquía de hoy.
No menos expuesta a esta tensión de contrarios en discrepancia, está la sociedad iraní, como no podía ser de otra manera.
Recuérdese cómo antes de las últimas elecciones generales del pasado verano, se pudo evidenciar el calado del poso de ciudadanos jóvenes adversos al régimen de los ayatollah (en el poder desde 1979), y ansiosos de obtener de nuevo las libertades.
A la tensión interna que aflora de tanto en tanto entre el régimen clerical, con su presidente ejecutivo Ahmadineyad, a la cabeza, y los partidarios del ex-ministro Mussawi, se suma en el escenario de Irán la ofensiva occidental contra un régimen empecinado en consolidar una disponibilidad nuclear -con fines pacíficos, según Teherán- que inquieta a Occidente.
La oposición internacional a esta pretensión de Teherán, que encabeza el emir Jehanchahi, ha trazado un mapa de trayectoria política inmediata para suavizar la caída (¿?) de la república clerical de Irán y el advenimiento de un nuevo régimen -cualquiera que sea la modalidad que éste adopte-.
La última declaración (nº 436) que ha hecho pública la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa respalda la sedicente “tercera vía -para Turquía-”, que encarnan Maryam Rajvi y su entorno liberal.
Last but not least, Iraq -sociedad fracturada desde la guerra que USA y sus aliados desencadenaron contra ella en 2003- no termina de hacer eses durante el errático período post-bélico que acaba de iniciar.
A los poderosos enclaves chiíes (Faluya, Karbala) se oponen los clanes de obediencia sunní (desde Bagdad al norte del país); al presidente Talabani se opone “el retoño” de la familia Barzani. Y a todos ellos, se oponen los traficantes de petróleo refinado que desde el Kurdistán iraquí terminan por abastecer a Irán del crudo (refinado) que tan necesario le es a éste último; puesto que, a lo que parece, la técnica del refino se encuentra estancada en los yacimientos de Abadán.
En Afganistán, esta división interna, o discrepancia enraizada, ha alcanzado en los últimos años una auténtica cumbre histórica. El ejemplo por antonomasia, es ver cómo los pugnaces insurgentes del sector Talibán no coinciden en manera alguna con el establecimiento del país oficial, que encarnan con cínica elegancia Hamid Karzai y su entorno.
Mientras tanto, el gabinete que preside Obama en Washington D.C. da la impresión de practicar en Oriente Medio una política de “espera y ve”. Política que no escapa a ciertos desatinos, como los incumplimientos en sus pagos de la firma Bennet-Fouch Asociados (Michigan), empresa constructora de varios encargos militares en Afganistán para servir a la causa de las tropas americanas y onusinas destacadas desde hace años en aquel sepulcro de imperios.
Se mire como se mire, es esta división interna la que lacera a las sociedades medio-orientales, la causante prioritaria de su inestabilidad actual. Tal inestabilidad, a su vez, provoca enfrentamientos armados entre las partes en litigio, terminando finalmente por apelarse a intervenciones exteriores desde un bando u otro. Y cuando esa apelación desde el interior no se formula, los intervinientes del exterior deciden ellos mismos lanzarse al reñidero que toque, obedeciendo al turno de oficio internacional.
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