Luis de la Corte Ibáñez | Viernes 06 de agosto de 2010
Entre otras noticias, los últimos días del pasado mes de julio trajeron las revelaciones de Wikileaks: nada menos que decenas de miles de documentos de inteligencia militar referentes a la guerra de Afganistán, propiedad del ejército de Estados Unidos, fueron publicadas en la citada página web fundada por el periodista australiano Julian Assange. Una “hemorragia de información secreta” (en palabras del diario británico The Guardian) como nunca se había visto en las últimas décadas. El asunto daría para varios artículos pero aquí nos contentaremos con dejar apuntadas sus dimensiones más relevantes.
El primer aspecto a comentar remite al valor informativo de la documentación aportada por Wikileaks, una colección de textos que entrevera informes tácticos elaborados por unidades operativas y análisis estratégicos. Indudablemente, el volumen de informaciones filtradas es impresionante y contiene una infinidad de ejemplos y detalles sobre la contienda afgana y sus múltiples problemas. Pero lo cierto es que toda esa avalancha de documentos secretos no alcanza a modificar la idea general que cualquier ciudadano interesado en el asunto y bien informado puede hacerse sobre la marcha de la guerra en Afganistán, sin dejar fuera la rumorología que circula entre los propios efectivos militares estadounidenses allí implicados y entre la misma población afgana. Nadie que consulte con cierta periodicidad los numerosos informes y artículos escritos sobre Afganistán en la prensa internacional se puede sorprender al enfrentarse a las principales conclusiones derivables de las filtraciones de Wikileaks: la sofisticación y pujanza de la insurgencia liderada por los talibán, la corrupción de las autoridades oficiales afganas, la escasa eficacia de sus fuerzas policiales, el recurso a operaciones de comando que poco tienen que ver con el enfoque militar COIN (Contrainsurgencia) centrado en el apoyo y la protección a la población local, las bajas civiles y los daños colaterales, el doble juego realizado por Pakistán en la región. En definitiva, y en líneas generales, nada o casi nada nuevo bajo el sol. Lo que conduce a otras cuestiones.
Los responsables de Wikileaks y de los tres periódicos que han ayudado a divulgar estos “diarios afganos” (The Guardian, Der Spiegel y The New York Times) han justificado su publicación argumentando a favor de la transparencia informativa y de su valor para denunciar y prevenir abusos y mentiras estatales. La mera enunciación de tan loables valores y propósitos y el recuerdo de los abusos y mentiras realmente perpetrados desde 2001 en nombre de la guerra contra el terror puede disuadir a muchos lectores de realizar cualquier análisis crítico sobre revelaciones como las que comentamos. Y, sin embargo, dicho examen crítico debe ser realizado. Más concretamente, hay que plantearse al menos dos preguntas, una de carácter general y abstracto, y otra mucho más concreta. La primera pregunta es si la transparencia informativa respecto a asuntos relacionados con contiendas militares debe quedar por encima de cualquier otro valor o fin. En segundo lugar, cabe interrogarse por la moralidad de hacer pública información que pueda comprometer la vida de militares y colaboradores propios, incluyendo en este caso a colaboradores afganos. El fundador de Wikileaks ha admitido haber ejercido un cierto grado de autocensura al dejar sin publicar algunos informes de inteligencia especialmente sensibles en el sentido que acabo de apuntar. La medida es de agradecer pero no puede ocultar el riesgo que para muchos operativos y agentes de inteligencia entrañan los detallados documentos elegidos para su divulgación.
Y vamos con el tercer asunto. ¿Qué consecuencias puede acarrear el caso Wikileaks para el desarrollo de las operaciones de contrainsurgencia y antiterrorismo que se llevan a cabo en Afganistán? Naturalmente, ninguna buena. El éxito en esas y cualquiera otra clase de operaciones militares dependen directamente de la calidad de la inteligencia recopilada para su planificación y ejecución. Y para que esa inteligencia sea de calidad Estados Unidos requiere la colaboración de la población afgana y de los servicios de inteligencia de diversos países, incluido Pakistán. Colaborar en ese sentido implica compartir información de carácter sensible y por ello mismo confidencial y secreta. Por eso mismo, si Estados Unidos no logra mantener en secreto sus documentos clasificados la voluntad de colaborar con sus militares y agentes tenderá a decaer.
Finalmente, queda por resolver la explicación de la propia filtración, la cual deja claro que Estados Unidos tiene un grave problema con su política y su alambicado sistema de inteligencia, saturado de agencias y subcontratas.
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