José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 06 de agosto de 2010
Mil circunstancias determinarían que fuese lógico y natural que D. Ramón apareciera en la España actual como la personalidad de memoria más relevante y fecunda, convertida en símbolo y guía venerable de su destino. Sus muchas virtudes cívicas -entre las que su amor a la democracia no era la menor- y patrióticas; su apuesta decidida por un porvenir enraizado en la tradición más alquitarada; su concepción pluralística de la vida pública son actitudes recogidas –y hasta con caracteres peraltados- en todos los códigos institucionales del país y figuran alzaprimadas en los programas desiderativos de las fuerzas políticas y sociales sin excepción. Empero, su visión pedagógica –basada primordialmente en el esfuerzo-; su enfoque del Alma Mater –institución creadora y transmisora del saber a través del ayuntamiento jerárquico de maestros y escolares-; su encendida apología de la cultura hispana como una de las tres o cuatro más importantes en el discurrir de la historia europea; su no menos ardida defensa de los caracteres nacionales –muy en primer lugar, claro, es del celtíbero-, y, en fin, su planteamiento de la convivencia nacional, aglutinada en torno a la asunción cordial de la rica herencia medieval y moderna, con firme basamento en los tiempos prerromanos, explican la escasa presencia del autor de La España del Cid en los trabajos y los días de la sociedad hispana. El claro y rotundo mensaje desprendido de su gigantesca publicística no encuentra eco fácil en una colectividad atraída por principios muy distintos a los que inspiraron la hercúlea labor del más importante erudito y hombre de letras alumbrado por la España del siglo XX.
Lástima grande, sin duda, así para las generaciones presentes como para las del inmediato porvenir, huérfanas de una presencia señera y estimulante por su vida y quehacer. El tejido de un pueblo y de cualquier convivencia a gran escala se fundamenta inexcusablemente en el culto laico a las mujeres y hombres que hicieron progresar, sobre el legado recibido de los antepasados, la marcha de sus pueblos. Al margen de declaraciones oportunistas e invocaciones carentes de auténtica sustancia, ni los sectores progresistas ni los conservadores han tenido en España una especial conciencia de lo dicho. Ortega lo denunció buidamente ha un siglo respecto del tradicionalismo y, con menor vigor, también del progresismo. Desde entonces, pocas plumas insistieron en ello, pese a su innegable trascendencia.
Consciente de las graves consecuencias del fenómeno, un escritor de inequívoco signo conservador, José María Pemán (1897-1981), admirador rendido y probado de D. Ramón Menéndez Pidal, se afanó sin tregua en enaltecer su ejemplaridad humana, científica y patriótica como modelo de conducta y responsabilidad: “Con su reposada andadura analítica, don Ramón llegará a los más altos panoramas de la síntesis, lograron las más compendiosas definiciones y conclusiones de los español, y cumpliendo así su compromiso, heredado del noventa y ocho, de emplear su conciencia de buen “maestro de obras” en el apuntalamiento de una Patria en reparación (…) A don Ramón le ha costado noventa años alcanzar esa reposada definición de España. ¿Cuántos necesitará España todavía para entender y realizar esa definición de su humana y equilibrada plenitud? “ ( O.C., Madrid, 1964, VII, p. 734-35).
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