Opinión

Mentiras piadosas

José María Herrera | Domingo 08 de agosto de 2010
Un día de esta semana, a la hora del almuerzo, mientras mondaba una paraguaya, TVE emitió un reportaje sobre la violencia de género. El asunto que en ese momento tenía entre manos exigía toda mi atención y tardé en cogerle el hilo a la historia. Cuando lo hice, el locutor mostraba su preocupación por el hecho de que el número de “crímenes de género” hubiera aumentado durante el presente año. Las medidas que se adoptan para atajar el mal no dan los resultados deseados y como ello no puede deberse a la incapacidad de los responsables de aplicarlas o a un erróneo planteamiento del problema, habló de educación. Falla la educación. Acto seguido, aparecieron varios institutos de secundaria donde se han tomado muy en serio el asunto. Los entrevistados, pedagogos y profesores, abundaron en lo de siempre añadiendo a sus discursos un matiz nuevo: nuestro sistema educativo no alcanza sus objetivos porque falla la manera de enseñar. Ninguno dijo expresamente que el problema de la violencia de género fuera un problema pedagógico, ni tampoco una consecuencia colateral de las malas prácticas docentes, pero todos deslizaron la idea de que el día que los profesores enseñen como deben, el problema se desvanecerá. Al final, a modo de ejemplo de buena práctica educativa, apareció en pantalla una profesora rodeada de alumnos y carteles alusivos a damas ilustres explicando que Artemisia Gentileschi, una de ellas, no pudo ir a la escuela de bellas artes para formarse porque era mujer. Ni que decir tiene que al escuchar esto la paraguaya se me atragantó.

Artemisia Gentileschi nació en Roma en Julio de 1593. Su padre, Orazio Gentileschi, artista destacado que desarrolló su labor en el círculo de Caravaggio, tuvo, además de ella, tres hijos varones y a todos los instruyó en el oficio en su taller, como era habitual en aquella época (recordemos a Marietta Tintoretto o a Lavinia Fontana, por citar sólo ejemplos femeninos). Las formidables cualidades que mostró la muchacha para la pintura, muy superiores a las de sus hermanos, no pasaron desapercibidas al padre, quien escribió en 1612 una carta a la duquesa de Lorena (los curiosos pueden leerla en la página 221 de Notizie di artisti tratte dai documenti pisani de Tanfani-Centofani, Pisa, 1896) refiriéndole que Artemisia sabía ya tanto o más que cualquier maestro de la profesión. No es extraño que dijera esto pues por aquellas fechas ya había pintado Susana y los viejos, una obra espléndida. Con todo, el interés por perfeccionar la instrucción de su hija hizo que Orazio pidiera a Agostino Tassi, joven colega con quien trabajó en los frescos del palacio de Monte Cavallo del cardenal Borghese, que le enseñara el arte de la perspectiva, en el que era un reconocido virtuoso. Poco después Artemisia acusó a Tassi de haberla violado y este se defendió asegurando que se había limitado a satisfacer sus deseos. El proceso de estupro, instruido por orden del papa Paulo V a instancias de Orazio, se saldó con una ligera condena para el acusado. Nada de lo ocurrido impidió luego a Artemisia casarse, tener hijos, separarse de su marido, hacer una brillante carrera profesional y caer en el olvido, cosa que suele ocurrirle a todos los que toman el estrecho camino de la muerte, incluidos los más grandes artistas.

El proceso de recuperación de Artemisia Gentileschi, como el de tantos otros, se inició a principios del siglo XX. De entonces a acá la bibliografía sobre su vida y obra no ha dejado de crecer. También han visto la luz muchos documentos históricos relacionados con ella, incluidas las actas del pleito antes citado. Aunque su biografía no es, desde luego, el mejor ejemplo que puede argüirse para explicar la subordinación inveterada de las mujeres, no hay duda de que algunas de las cosas que le ocurrieron no le habrían sucedido de haber nacido varón. En todo caso, no es verdad que a Artemisia se le impidiera formarse en una escuela de bellas artes por ser mujer. ¿Cómo iban a impedírselo si entonces no existían tales escuelas? Que la profesora del reportaje, en un exceso de celo feminista, deslice semejante anacronismo, da que pensar; que se haya elegido su memorable lección como ejemplo de lo que hay que hacer para instruir bien a nuestros hijos, es muy preocupante.

Desgraciadamente no se trata de un caso fortuito. El chauvinismo feminista forma ya parte del ambiente cotidiano. Verdades probadas y estereotipos de peluquería se confunden peligrosamente. Si se tratara sólo de simples opiniones particulares la cosa inquietaría menos, pero ya hay autoridades educativas que hablan de instituir departamentos de igualdad en los institutos a fin de velar por una “correcta formación”. Muchos temen lo peor: valores a cambio de inteligencia, adoctrinamiento en vez de enseñanza, en fin, el viejo estilo sacerdotal. Prueba de que este puede ser el camino es que los mismos que reivindican a las oprimidas mujeres del pasado, las invisibles, apenas se las tomen en serio. La profesora ejemplar es un ejemplo. Con su lección, tan pedagógica, no ha sacado a Artemisia de la tiniebla en la que estaba, pero la ha sumido en una nueva tiniebla, la de sus propios prejuicios.

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