Carlos Loring Rubio | Martes 10 de agosto de 2010
Siendo alumno universitario pude constatar, en numerosas ocasiones, como la docencia de las asignaturas era impregnada por la impronta ideológica de aquellos que albergaban las nobles funciones de alumbrar las, entonces, jóvenes mentes de los que asistíamos a los cursos de Derecho. Ciertamente, el Derecho se presta más a la interpretación de las bases sobre las que se asientan las normas y postulados que son objeto de estudio, que la gran mayoría del resto de disciplinas científicas, y los que asistíamos legañosos a las clases mañaneras nunca poníamos en duda el rigor de las aseveraciones que se nos ofrecían como verdaderas. La participación en las clases, preguntar o comentar lo citado, era mal vista por los alumnos, porque alargaban innecesariamente la duración de las tediosas sesiones educativas, y por los profesores, porque ponían a prueba sus conocimientos y podía atentar contra su infalible criterio. Sin embargo, en una de las lecciones de Derecho Político, y amparado por la libertad de cátedra, el docente, que en esos momentos nos transmitía los conocimientos, sentenció que era necesaria una reforma para que se implantará un sistema de sufragio en el que los participantes tuvieran una diferente calidad de voto, según un baremo fijado mediante criterios como el del nivel educativo o de renta de los electores. Así, se podría dar el caso de que el voto de un individuo con estudios universitarios podría contar el doble que el de una persona sin estudios. En una clase de sesenta alumnos nadie se inmutó. Ante lo que, según mi parecer en ese momento, suponía un atropello a los principios fundamentales del derecho, no pude evitar, salvando los reparos internos, mostrar mi más absoluta disconformidad. El profesor, apoyado por el resto de la clase, con mayor o menor participación en forma de reproches o abucheos, expuso lo que parecían razones de lógica aplastantes para la aplicación del método. Yo, por mi parte, traté de buscar criterios que apoyaran mi atrevida intervención, no los hallé. Pero, guiado por mi intuición, mantuve lo dicho y como fuera que a mis veinte años los conocimientos eran limitados, mi valor me sostuvo. Años más tarde comprendí la fundamentación jurídica de las razones que me llevaron a revelarme frente a aquel disparate.
Más allá de que el sufragio universal en el que está basado nuestro sistema democrático, y por ende el estado de derecho, busque la participación igualitaria de los ciudadanos en los asuntos que incumben a todos, además de sostener una paz social, que de otra forma sería inconcebible, la falta de sufragio igualitario e universal derrumbaría la dignidad, no sólo de aquellos que vieran mermada su calidad de voto, sino también de los que pudieran participar en los procesos electorales con ventaja. Si bien es cierto que la democracia real es una ilusión, jamás podría tolerar el rebajarme a convivir en una sociedad de clases y castas, en la que, como siempre, los más desfavorecidos serían los más perjudicados. Gobernar para todos supone ser escrutado por el conjunto de la ciudadanía. Dar más valor a la opinión de los que se pudieran considerar como mejor opinados, me resulta retorcido y repugnante.
Algo así ha debido de pensar Tomás Gómez, cuando Zapatero le ha pedido que se echara a un lado para dejar paso a la candidatura de Trinidad Jiménez para la Comunidad de Madrid. Este es el problema de la democracia, que con tanta frecuencia se corrompe en demagogia. La necesaria factura de un candidato de cara amable y verbo fácil, combina mal con la postulación del que pueda ser útil y efectivo en el servicio público. Zapatero ha querido imponer a un producto de su marca, olvidando los orígenes de su presencia y rompiendo el espejo de su ambición convertido en primarias. Siendo él el mejor ejemplo de marketing político que ha experimentado este país, conoce como nadie que el merito y la capacidad no ganan elecciones, pero sí lo hacen una estudiada sonrisa y una buena puesta en escena. No obstante, los resultados de las elecciones democráticas quizá no sean siempre los más adecuados, pero sí son, sin duda, los únicos que yo podría tolerar.
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