Opinión

El deterioro de Buenos Aires

Enrique Aguilar | Miércoles 11 de agosto de 2010
La que Malraux llamó “capital de un imperio que no nunca existió”, la ciudad “junto al río inmóvil” de Mallea, esa que Borges juzgó “tan eterna como el agua y el aire”, Buenos Aires está hoy lejos de enorgullecer a sus habitantes. Se la ve sucia, con sus calles y avenidas dañadas, agobiada por el malhumor cotidiano de automovilistas y peatones.

El tránsito, efecto, se ha vuelto caótico. Por varias razones: cortes debidos a manifestaciones de distinto signo y capacidad de convocatoria, reparaciones, extensiones de líneas de metro u otras obras en las que las decisiones de los gobiernos de la ciudad y de la nación se superponen (razón por la cual lo que un día hace uno lo deshace al siguiente el otro), vías de acceso pensadas por y para otras épocas, alta contaminación, semáforos mal sincronizados…

Capítulo aparte merece el estacionamiento. Es cierto que el ciudadano medio no cumple rigurosamente con las normas en ésta y otras materias. Sin embargo, tampoco el gobierno las hace cumplir como corresponde, sobre todo aquellas que regulan la carga y descarga de mercaderías que se realiza a cualquier hora, sobre mano izquierda o derecha, obstaculizando el paso y creando frecuentes embotellamientos.

Otro capítulo, el más hiriente y deshonroso, lo constituyen la indigencia y la marginalidad. Familias revolviendo basura y durmiendo a la intemperie en colchones improvisados sobre veredas céntricas, jóvenes sin futuro pidiendo limosna o abalanzándose sobre los automóviles para limpiar compulsivamente las lunetas, asentamientos de cartón y lata lindantes con vías de ferrocarriles donde niños y adultos se exponen diariamente a ser arrollados, “villas miseria” que ya son ciudades dentro de otra…

Finalmente la delincuencia, que ni la policía federal ni la flamante policía metropolitana logran reducir. Las llamadas “salideras bancarias”, la impunidad de los “motochorros”, los carteristas de toda laya que se mueven y hacen escuela en medios de transporte o a la vuelta de la esquina. Así está Buenos Aires, por culpas que unos y otros se reparten, falta de idoneidad, indecisión y vaya uno a saber qué otras razones ocultas. Entretanto, a los porteños, que tampoco asumimos nuestra cuota de responsabilidad, nos deprime el ánimo pensar en el contraste existente entre lo que Buenos Aires es actualmente y lo que podría ser. Cualquier parecido con el resto del país es pura casualidad.

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