Los Lunes de El Imparcial

Juan Cruz Ruiz: Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria

crítica

Sábado 14 de agosto de 2010
Juan Cruz Ruiz: Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria. Tusquets. Barcelona, 2010. 488 páginas. 25 €


En esta ocasión voy a empezar la reseña por el final. Normalmente uno va desgranando los argumentos hasta llegar a la conclusión de que el volumen en cuestión es más o menos excelente, bueno, regular, pasable o malo, con todos los matices y los “peros” indispensables y de rigor. Prefiero, sin embargo, aquí, iniciar mi texto con una valoración contundente de la obra objeto de este comentario. Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria, de Juan Cruz, es un gran libro, de lectura agradable e instructiva, que combina una rica experiencia personal, una prosa envolvente y elegante y una temática fascinante. El pacto autobiográfico y la oferta literaria que el autor propone a sus lectores brillan por su explicitud y honestidad. Cierto es que alguna persona, aludida en las páginas redactadas por Cruz o conocedora de los lances narrados, puede estar tentada de introducir complementos de información o versiones disímiles de algunas escenas, pero ello es normal y hasta cierto punto inevitable en la literatura del yo y de los otros yo, esto es, de los egos que pueblan el mundo y, muy particularmente, el complejo y apasionante universo de los escritores. Los miembros del jurado del “Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias”, que creó hace años el recientemente fenecido Antonio López Lamadrid y que convoca anualmente la editorial Tusquets, reconocieron los muchos méritos de esta obra y le otorgaron el XXII Premio Comillas.

El título del libro es un extraordinario hallazgo: Egos revueltos. “Un día dije, y lo cuento en este libro, que los escritores desayunan egos revueltos; los hay revueltos, fritos, escalfados; y ninguno es desdeñable, y ay del editor que no quiera desayunar con los egos que desayunan sus autores”, afirma Juan Cruz en el prólogo, titulado “Sin egos no hay paraíso”. La frase fue acuñada en un almuerzo en Isla Negra, en tierra nerudiana, cerca de Valparaíso, en el que participaban, junto al autor del libro, Arturo Pérez-Reverte, la escritora chilena Marcela Serrano y los directores generales de Santillana en Chile y Uruguay. Constituye una buena metáfora del ser del escritor y de sus relaciones con el editor: “La asignatura más difícil de los editores es el aprendizaje del respeto del ego; si no la aprueban no son nada. Los que publican libros ajenos se saben una prolongación necesaria de los otros. Ese esfuerzo está ya en la propia naturaleza del oficio. Si eso no se entiende, si no se entiende la grave inseguridad del autor (aunque sea el mayor egocéntrico del catálogo) ante la aventura de publicar, es mejor dejar el oficio. El cultivo del ego ajeno empieza por el ego propio. El editor tiene su ego, diluido en el ego de sus escritores. De la combinación de este ego A y de este ego B nace la literatura, que luego se multiplica en el ego de los lectores, de los críticos, de los agentes literarios, y así sucesivamente”. A los escritores les mueve la vocación y la pasión, pero su principal motor es el ego. “Los egos son la materia misma de la escritura”, sostiene el autor en la primera línea de su libro. Los egos y sus ecos, evidentemente. De autores, de libros y de sentimientos, pero sobre todo de egos –redondos, aguerridos, olvidadizos, reivindicativos, superlativos, escondidos, disimulados– trata el libro de Juan Cruz. No es, nos advierte, ni un libro de entrevistas, ni de crítica literaria, ni un ajuste de cuentas, sino una memoria personal.

Juan Cruz ha ejercido, a lo largo de su vida profesional, como escritor, periodista y editor. Desde muy joven se dedicó al periodismo, vinculándose, a partir de su creación en 1976, al diario El País. Entre 1992 y 1998 dirigió con éxito la editorial Alfaguara –aunque un periódico comentara entonces que había llegado para cerrar la empresa–. Y, más adelante, la Oficina del Autor del Grupo Prisa. En 2005 regresó al periodismo: “He dejado el mundo editorial; atrás queda el esfuerzo del acompañamiento, la sístole y la diástole de los egos subiendo y bajando, como en la bolsa de la vida”. En la actualidad, El País sigue siendo su casa. Sus distintas ocupaciones le han permitido acumular numerosas vivencias y experiencias, que están en la base de Egos revueltos. Todo empieza en Londres, en 1972, con el “deseo obsesivo” de conocer a Guillermo Cabrera Infante, un autor que estaba instalado en la capital inglesa, “pero seguía en La Habana”. La novela Tres tristes tigres le había marcado profundamente y allí se encaminó armado de la lista de Barnatán, en la que el nombre del escritor cubano figuraba en lugar preferente. Barnatán no es otro que Marcos Ricardo Barnatán y la lista corresponde a la libretita de direcciones y teléfonos que aquél le proporcionara un día en el café Gijón. Algunas de las páginas dedicadas a Cabrera Infante –con el silencio del escritor y la botella de Tía María– tienen su origen, me parece, en la última parte de un libro anterior de Cruz, Muchas veces me pediste que te contara esos años (2008). A partir de Cabrera Infante, de Londres y del año 1972 se despliegan, hacia adelante y alguna vez, también, hacia atrás –la infancia y la juventud tinerfeñas–, los recuerdos de otros escritores, de otras ciudades y de otros momentos. Juan Cruz nos lo advierte: “En fin, todo vendrá por su desorden, mientras van viniendo unos entran o salen otros, y cada vez que aparece un nombre con él viene una historia”. El autor salta, en el tiempo y en los lugares, de un recuerdo a otro: “Hago memoria saltando”, sostiene. Como en el juego de la rayuela –la presencia de Julio Cortázar es permanente–. O, más bien, como el caballo del ajedrez. Esta manera de proceder, nos recordó en No Island is an Island (2000) Carlo Ginzurg, en la línea de Viktor Sklovskij y Vittorio Foa, resulta característica del ensayo, en contraste con los trabajos de investigación, que funcionan, en un tablero imaginario, como la torre; el salto imprevisible, en fin de cuentas, frente al desplazamiento en línea recta. Juan Cruz, a lomos de su particular caballo saltarín, nos propone en Egos revueltos un fascinante viaje por la literatura y el mundo de los creadores de mentiras verdaderas.

Guillermo Cabrera Infante abre un largo y memorioso desfile literario en el que participan, asimismo, Julio Caro Baroja, Fernando Savater, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Marichal, Francisco Brines, el ya citado Arturo Pérez-Reverte, Francisco Umbral y Camilo José Cela. Los dos últimos constituyen, según el autor, “la metáfora más ajustada del ego del escritor en todas sus facetas”. Cela, en concreto, al que una vez Juan Cruz ayudó a dormirse en hotel Mencey de Tenerife, aparece en varios capítulos de la obra y su retrato es, seguramente, el más sombrío de todos. “Cela desayunaba egos revueltos, era su desayuno, a la hora de desayunar y siempre”, sostiene. También ocupa un sitio de honor en la obra –y en la famosa lista de Barnatán– Julio Cortázar. Rayuela fue, junto con Tres tristes tigres, nos dice el autor, el libro que con más intensidad había devorado en su juventud. Su lectura le convirtió en otra persona, en otro lector, en otro ser humano. La presencia de escritores latinoamericanos resulta abrumadora; América Latina es, anota, “mi continente por culpa de, o gracias a, la literatura”. No faltan, en consecuencia, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda –“uno de los egos más grandiosos que dio la historia de la literatura”–, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Mario Benedetti, el melancólico Augusto Monterroso, Severo Sarduy, Juan Rulfo, José Donoso, José Carlos Onetti, Ernesto Sábato y su envidia de Borges, Alfredo Bryce Echenique, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. El relato de la emoción y la fascinación del autor durante la lectura del manuscrito de La fiesta del chivo conforma un interesante pasaje de la obra. Entre los creadores no españoles sobresalen Paul Bowles, Ingmar Bergman, Francis Bacon –el Ventolín hermana a los asmáticos–, José Saramago y Susan Sontag, una mujer inteligente, atrevida, susceptible y comprometida. La autora de El amante del volcán era “una gran diva de la literatura, pero sobre todo era una gran diva”. De los españoles, Rafael Azcona, Feliciano Fidalgo y Ángel González merecen emocionantes evocaciones. Entre otros, les acompañan Francisco Ayala, Eduardo Haro Tecglen –tímido, intuitivo, veloz, vanidoso–, José Hierro, Manuel Vicent –según él, los editores son como los chinos de las ferias, que mantienen y hacen girar siempre en el aire varios platos–, Maruja Torres, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán –obsesionado por el trabajo y el dinero–, José Manuel Caballero Bonald, Juan Benet –la primera persona a la que llamó al ocupar su puesto en Alfaguara– y Dulce Chacón, amiga y compañera.

Al lado de todos estos escritores, asoman la cabeza en las páginas del libro de Juan Cruz críticos, como Rafael Conte, agentes literarios, como Carmen Balcells, o fotógrafos, como Daniel Mordzinski. Este último es, según el autor, “el fotógrafo de los egos revueltos de los escritores”. Para aquellos que no hayan conseguido ver las recientes exposiciones de Mordzinski, ya sea en Cartagena de Indias o, de manera más organizada e institucional, en París o Madrid, les recomiendo el excelente catálogo titulado Las tres orillas (2010), editado por el Institut Français de Madrid y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Los retratos de Jorge Semprún o de Roberto Bolaño, pongamos por caso, son magníficos. Juan Cruz, en concreto, aparece inmortalizado junto a la tumba de Julio Cortázar. Y, como no podía ser de otra manera, Mordzinski firma también la fotografía de la portada del libro Egos revueltos. No ahorra Cruz, por otra parte, las alusiones a polémicas, discusiones y malentendidos, aunque en alguna ocasión las explicaciones se nos antojen cortas y dejen al lector con las ganas de saber más: el caso del crítico Ignacio Echevarría, los ataques de Juan Manuel de Prada y otros al supuesto sectarismo del suplemento Babelia, las disputas editoriales por Irme Kertész, los desencuentros con el editor Jorge Herralde o la inquina del Premio Nobel Camilo José Cela contra algunos jóvenes escritores, como Julio Llamazares o Antonio Muñoz Molina. El malentendido, asegura el autor, “es el criadero de la mala memoria, y por tanto del rencor; no hay vacuna contra eso, pero sí hay ejercicios, una gimnasia que hay que hacer para que el recuerdo, e incluso el olvido, no sean la simiente del rencor o del desdén”.

El libro contiene, como bien reza el subtítulo, una memoria personal de la vida literaria. Con sesenta años a la espalda, Juan Cruz nos ofrece su particular historia de la literatura, vivida en primera persona. Ocupa en ella un lugar fundamental la sociabilidad y, sin duda, el alcohol. Recordando a José Hierro, escribe: “La bebida fue un distintivo de su tiempo, y del nuestro, que en gran parte es el suyo; mientras duró, en él y en los otros, nos confería un aire de durabilidad, si éramos capaces de aguantar a pie firme tanto alcohol, por qué no habríamos de superar la barrera del tiempo, cómo no íbamos a ser eternos”. Los escritores y periodistas bebían sin desmayo, puesto que “entonces no se notaba el alcohol, bebías y era como si sus efectos los absorbiera la humedad de la noche; vivíamos para ver amanecer, era tan feliz el tiempo”. Otros tiempos, otra época. Mucha bebida en el pasado, así pues, pero también comidas y café. Coincido con el autor en que el mejor café del mundo se toma en Sant’Eustachio, cerca del Panteón y el Senado, en la ciudad de Roma. El libro de Juan Cruz está henchido de vida, alegría y amistad, pero la enfermedad y las muertes asoman también la cabeza. El futuro va adelgazándose, para decirlo en las palabras de Ángel González, uno de los escritores más entrevistados por Cruz en su calidad de periodista y “uno de los más queridos amigos que he tenido”. El autor, como reconoce en la introducción, se ha centrado en los veteranos. El presente descrito se convierte poco a poco en pasado; el pasado cercano, a través del río de los recuerdos, en lejano. “Hoy es hoy y ayer se fue, no hay duda”, como en los versos de Neruda. Egos revueltos es una obra hecha con vidas, pero también con libros. El placer de la lectura es contagioso. El entusiasmo del autor encuentra en ocasiones su más perfecto reflejo, como en este caso, a través de un espejo imaginario, en el que experimenta el lector. Juan Cruz ha escrito, en definitiva, como he asegurado al principio de este comentario, un gran libro, una obra extraordinaria que, sinceramente, merece ser leída y saboreada.

Por Jordi Canal

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