Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 16 de agosto de 2010
El lenguaje diplomático, en su versión más tosca y menos profesional, suele ser una magna patraña, una simpleza absoluta y engañosa que no convence ni a los más incautos. A este tipo de lenguaje –que, desde luego, ni merece que se le adjetive de “diplomático”- pertenecen las afirmaciones del presidente Zapatero y del vicepresidente Chaves, en las que se referían a “las excelentes relaciones entre España y Marruecos”.Tan excelentes, sin duda, como las que Zapatero mantenía con su “amigo” Bush. Era su respuesta ante la enésima crisis con Marruecos, basada ahora en los presuntos malos tratos de las Fuerzas de Seguridad españolas a visitantes marroquíes en la ciudad autónoma de Melilla. Malos tratos que no se han demostrado porque, sencillamente, no han existido. Pura provocación que se encuadra en una nueva campaña de acoso del reino alauita a las “ocupadas” ciudades de Ceuta y Melilla, aderezada en esta ocasión con muestras de un añejo y repugnante machismo. A veces en diplomacia hay que practicar el arte del disimulo, pero decir tonterías o callarse cobardemente sólo conduce al desprestigio de quien las dice y del país en cuyo nombre se habla o se calla. Las relaciones con Marruecos nunca han sido fáciles, por razones bien conocidas, y a lo más que puede aspirarse es a conllevarse, de la manera más civilizada posible y a facilitar los intercambios normales entre ambas sociedades. Pero, desde luego, como no se avanza ni se mejora es mirando para otro lado ante las reiteradas provocaciones y adoptando como única política el apaciguamiento sistemático, eso sí disfrazado de ese “diálogo”, que tanto le gustaba a Chamberlain. El “aquí no pasa nada”, que tanto practica este Gobierno no es nunca política adecuada. Porque sí pasa. Aunque Moratinos, ese paladín de la amistad con Marruecos, no se entere o así lo parezca.
En un sistema autoritario como el que impera en Marruecos, nadie se va a creer que los dirigentes de esas asociaciones antiespañolas que provocan los incidentes y acusan a nuestra policía, actúan sin conocimiento –y sin el impulso- de las autoridades marroquíes. El desplante y la desfachatez han sido habitualmente las marcas de fábrica de la política de Rabat respecto de España, pese a los esfuerzos que históricamente se han hecho desde Madrid para mejorar esas relaciones, asentándolas sobre unas bases sanas y conciliadoras. Habría que recordar cómo se volcó Aznar con el nuevo rey Mohamed VI cuándo éste sucedió a su padre en 1999. Tras muchas gestiones se logró que el monarca alauita pasara unas horas en la Zarzuela y en aquella ocasión, como relata un autor francés, Jean Pierre Tuquoi (“Majesté, je doit beaucoup á votre pére…”, 2006), el Rey Juan Carlos le regaló un exclusivo teléfono móvil. Se trataba de una auténtica joya tecnológica, que llevaba grabadas las firmas de D. Juan Carlos y Dña. Sofía y una nota en la que se leía que el teléfono era un medio de comunicación. “Era una invitación apenas encubierta –escribe Tuquoi- para que se acercase al palacio real de Madrid y, por lo tanto a España. El teléfono –concluye este autor- no ha sido jamás utilizado”. Que después de la llamada telefónica que hizo D. Juan Carlos a Mohamed VI la semana pasada, las provocaciones no sólo no hayan terminado sino que se hayan incrementado, sólo demuestra que en Rabat persiste el mal estilo y que se juega abiertamente al mantenimiento de la tensión.
Pero nada de esto es casual ni sorprendente porque ha sido la actitud habitual de Marruecos. Creo que acierta plenamente el presidente de la ciudad autónoma de Melilla, el senador Imbroda, cuando atribuye esta enésima crisis a la patente debilidad del Gobierno Zapatero, a su desprestigio internacional y a que se huele ya la etapa final del zapaterismo. ¿Cómo no recordar las circunstancias en que se produjo la “marcha verde” y el vergonzoso abandono del Sáhara? Un cuestión esta, por cierto, que Marruecos considera “la causa nacional sagrada” y que está en el fondo de todos los malentendidos. En Rabat pensaron que todo iba a ir de maravilla pare ellos con el dúo Zapatero-Moratinos, sobre todo después de aquella intempestiva visita (diciembre de 2001) del entonces secretario general del PSOE, cuando se dejó fotografiar ante un mapa que “marroquinizaba”, Ceuta, Melilla, los peñones y hasta Canarias, apenas dos meses después de la retirada unilateral por parte de Marruecos de su embajador en Madrid. Un disparate anti-diplomático, aquella visita, del mismo tipo que la sentada ante la bandera americana. Gestos que anticipaban ya lo que se podía esperar del equipo exterior socialista. Pero ni siquiera en la cuestión del Sáhara ha acertado este Gobierno que es acusado por la prensa marroquí de jugar a dos barajas: la de autonomía, esto es un Sahara dentro de Marruecos y la de Naciones Unidas, que no ha renunciado a la autodeterminación de los saharauis Una política muy adecuada, en suma, para quedar mal con todo el mundo.
Y es que no aprenden. Un diputado socialista decía el otro día que una crisis como esta se resuelve con diálogo (¡cómo no!) y no con “perejiladas”. Todo un genial hallazgo como criterio de política exterior. Pero si se deja a un lado cualquier atolondramiento y, por ejemplo, señor diputado, se analizan las relaciones hispano-marroquíes desde finales del 2002 (Perejil fue en julio de ese año) y durante 2003 se comprobará que fue una etapa de bastante solidaridad y entendimiento. España logró un respeto, por su firmeza, que ahora no tiene. La ministra Palacio visitó Marruecos y, algo insólito, fue recibida `por el propio Mohamed VI; regresaron los embajadores; se avanzó en las relaciones entre empresas tras una visita de la CEOE; se colaboró estrechamente tras el brutal atentado terrorista de Casablanca en el que murieron 33 personas, cuatro de ellas españolas; después del naufragio de una patera cerca de Rota en el que murieron 37 marroquíes se intensificó la lucha eficaz contra la inmigración ilegal por parte de Rabat. En diciembre de 2003 se celebró, con notable éxito la cumbre hispano-marroquí de Marraquech. Finalmente España se volcó con Marruecos cuando se produjo el terremoto (628 muertos) de febrero de 2004. Algunos dijeron, seguramente exagerando, que nunca había habido una etapa más fructífera entre los dos países, porque lo cierto es que nunca desapareció del todo la hipersensibilidad marroquí. Pero lo que, desde luego, no produce ningún resultado positivo es dudar en la defensa de los intereses españoles, practicar un apaciguamiento que sólo estimula aún más la provocación o ceder ante imposiciones marroquíes, como cuando fruncen el ceño porque una autoridad española visita las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Cuando un gobierno no se respeta a sí mismo, no puede exigir que le respeten los demás. Pero, tranquilos, que, a falta de Moratinos, todo lo va a arreglar Rubalcaba la semana que viene.
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