Opinión

Evocación de Julio Valdeón

José Manuel Cuenca Toribio | Miércoles 18 de agosto de 2010
A la luz del otoño estacional –cronológico- y biológico –en el caso personal-, una luz que en llanura castellana reviste su mejor gama de irisaciones, la personalidad humana y académica de Julio Valdeón se perfila en la memoria del cronista como un típico catedrático de la mejor Universidad Literaria de las décadas centrales del siglo XX. De antenas muy sensibles a la realidad cuotidiana y a los sucesos del ancho mundo, de formidable paralaje cultural, de entrega desmedida a su vocación profesional, de intachable consagración a sus deberes corporativos, de búsqueda acezante de nuevos servidores de Clío, de apasionado patriotismo, de ejemplaridad, en fin, en todas las manifestaciones de su vida pública. Esos son, en la opinión del articulista, los rasgos principales que dibujan su retrato intelectual y moral. No fueron únicos ni peculiares, según se acaba de apuntar, pero proyectados en su existencia adquieren un peralte especial. Víctima en la edad más indigente de los horrores e insanias de un conflicto cainita como ningún otro en una historia hormada por la violencia como la española en la contemporaneidad, testigo lúcido y doliente de los antagonismos y desgarros de un mundo hipertensionado y perversa dialéctica mesiánica, mantuvo, hasta que los fantasmas de una enfermedad muy “moderna” se apoderaron de su cerebro, la fe en el hombre. Acaso (haremos constar que no contamos aquí con la debida información) su paradigma de época histórica radicara en la Ilustración y su arquetipo humano fuese también el de los sabios e intelectuales del siglo de las luces. Al menos hay sobradas evidencias para atribuirle una sintonía especial con los ideales y las figuras de dicha época, repristinando dos centurias más tardes, sus virtudes y anhelos.

En el recuerdo su figura se representa al articulista como un intelectual de impecable pedigrí, en el que, como en todas las gentes de su preciada raza, la apertura al otro, la exclusión de cualquier intolerancia y la honda vivencia de la propia fragilidad le llevaban a conducirse como un hombre de comprensión universal. Comportamiento que, a las veces daba lugar al escándalo de antiguos amigos y compañeros para los que la negación del adversario –real o no-conforma el primer principio de las relaciones sociales. Actitud que, de otro lado, era la misma de los estupefectos ante su enfática defensa de la clase magistral como eje vertebrador de la docencia universitaria. Ardido entusiasta de la meritocracia y de una concepción de la cultura arquitrabada inesquivablemente por la jerarquía del esfuerzo y la entrega, Julio era el primer advertido de los numerosos valores que, en el surco de la vieja tradición liberal, atesoraba la enseñanza española aun en los años de hierro de la dictadura y la posguerra. Llegado el momento, en horas de juicios “intelectualmente” sumarísimos a los catedráticos del antiguo régimen y en el desportillamiento de la vieja corporación de “profesores e alumnos”, J. Valdeón hizo gala de lealtad discipular a quienes fueran sus maestros.

Con todo, empero, el cronista gustaría evocarlo, en la despedida de esta apresurada e “íntima” semblanza, como uno de aquéllos “claros varones” de Castilla de los que, en el otoño medieval, nos dejaron como permanentes espejos de ejemplaridad los autores de crónicas que tantas veces pasaran bajo los ojos hechizados y la sensibilidad tremente de Julio Valdeón Baruque.

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