Opinión

Fraga y Obama

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 20 de agosto de 2010
A muchos españoles se nos han quedado fijadas en la memoria visual de nuestra intrahistoria las imágenes del baño de Fraga y el embajador norteamericano en playas almerienses, tras haber caído unos meses antes en aquel mar cartaginés una bomba atómica de un superbombardero B-52, de aquellas llamadas “fortalezas volantes” que nivelaron tantas ciudades alemanas, especialmente Dresde, a la que arrasaron sistemáticamente, dejando sólo intactas la estación de tren y los cruces de carreteras, que era lo que precisamente los rusos querían que el yankee destruyese. Desde luego esa atrocidad no la hizo Rommel con Cherburgo, la ciudad que atacó a su división desprevenida ante el anuncio del armisticio de Petain, causándola seiscientas bajas mortales. En realidad, aquel B-52 que sobrevolaba Almería, tierra de promisión hoy para tantos empresarios emprendedores, valga la tautología, perdió cuatro bombas. Una cayó en el mar, y tres en tierra. La que cayó en el mar tardó más tiempo en rescatarse, lógicamente, y ello creó el rumor de que este bellísimo mar cartaginés estaría contaminado con altos niveles de radioactividad. Lo que podría suponer un parón fatal al turismo mediterráneo, cuando gracias a ese turismo del exterior el Estado podía ir financiando los ciclópeos planes de desarrollo que España necesitaba. Entonces Fraga, siempre como una batería de energía inagotable, a la sazón Ministro de Información y Turismo, disolvió aquellos saboteadores rumores con un solo gesto enérgico de propaganda oficial: organizó un baño en la playa en donde había caído la bomba con la embajada norteamericana y varios colaboradores. Y a pesar de lo fría que tenía que estar el agua en aquel inicio de primavera supo con ascetismo y disciplina dar diez brazadas en el mar frío ante las cámaras de televisión. El grave peligro económico que provocó el incidente se disolvió, y aquel verano entraron a España más turistas del exterior que el año anterior. Fraga, hijo de un peón albañil analfabeto, fue el niño prodigio del Régimen, quien con su presencia erudita y volcánica parecía mostrar que el Estado no necesitaba saber las credenciales familiares de sus más altos servidores, sino que estos se reclutaban y promocionaban por su sola capacidad.

Hoy Obama, negro en una sociedad liderada por blancos, tiene el mismo gesto resolutivo que Fraga. Se baña con su hija Sasha en una playa de Florida a fin de acallar los rumores que pueden sabotear el turismo en el Golfo de México a consecuencia del último gran naufragio de un enorme petrolero. Juega con la niña en la orilla, y luego se lanza hacia el mar con fuertes y rítmicas brazadas. Entre los Cayos de Florida y las playas de Galveston, en Texas, no hay ya ninguna mancha de petróleo que pueda manchar o hacer daño a los bañistas. Se podrá decir que sólo son gestos, pero toda sociedad necesita de esos gestos en los que el político mete primero la patita en donde precisamente los enemigos de la sociedad y del gobierno dicen que es peligroso. Y el líder que no se atreve a estos gestos animadores y disolventes del miedo social o es un mentiroso o un cobarde miserable, o incluso las dos cosas. Todo líder político debe tener virtudes militares a fin de arrostrar gestos corajudos propios de general, como aquellos generales antiguos que situados en primera línea de combate, tras arengar a las tropas, ejemplificaban con su propia vida el sentido cierto de la arenga, y desenvainando su sable, ordenaban “¡Adelante!”, lanzándose los primeros contra el enemigo.

Es así que, por ejemplo, nunca se perdonará Aznar a sí mismo no haber ayudado a recoger en las playas gallegas aquel maldito chapapote. Aquel gesto del Presidente hubiera multiplicado por tres los voluntarios españoles que limpiaron las costas de Galicia. ¿Cómo no van a ser importantes los gestos? Todo gesto en un dirigente representa una señal de orden moral. En el gesto de un dirigente se simboliza y se encauzan los anhelos, los sentimientos, la capacidad de sacrificio y los mejores valores de un pueblo. Martin Heidegger, buceando en el étymon de símbolo, entendía por tal el reunidor o juntador de distintos puntos de vista y sentidos que, sin embargo, señala una dirección solidaria. En el gesto de un dirigente no sólo se señala un camino sino también un compromiso moral. El gesto del gran político expresa todas las aspiraciones más nobles de su pueblo y por ello se transforma en un “presente eterno” ( Jaspers ). Cuando Churchill llevó las verjas y enrejados de su palacio a la fundición, para que con ello se hiciesen balas o armas, estaba haciendo un gesto que por un lado señalaba el afán nacional por ganar la guerra y, por otro, en medio de las desgracias de la guerra que soportaban los británicos, sacrificaba mínimamente su casa, ponía todo lo que tenía en la causa de todos sus compatriotas. “En esto pongo todo lo que puedo, porque sólo podemos salvar el modo de vida de cada uno venciendo como nación”.

Por otro lado, como el gesto es una acción que encierra un compromiso personal es el mayor antídoto contra la vana cavilosidad y la logorrea estéril de los políticos que más abundan. Pidamos, en fin, a nuestros políticos que sus vidas sean siempre un gesto patente de aquellos que dicen defender.

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