Opinión

Los líos de Illinois

Javier Rupérez | Lunes 30 de agosto de 2010
Tienen razón los más doce millones de habitantes del Estado del Medio Oeste americano en sentirse orgullosos de sus aportaciones a la historia pasada y presente del país: Chicago, Abraham Lincoln, Barack Obama, entre otros casos y cosas bruñen con brillantez la ejecutoria del territorio y de sus gentes. Son otros los sucedidos, sin embargo, para que la narración no fuera en exclusiva rosácea, los que contribuyen a rebajar la hipérbole del caso. Fue en Chicago donde vivieron, medraron y murieron Al Capone y John Dillinger, tristemente famosos protagonistas del gangsterismo que tantas veces ha sido confundido con la misma vivencia de la gran ciudad. Y para moderar el entusiasmo de los que consideran agua pasada los relatos de ese negro periodo –al que, por cierto, una avispada empresa turística local dedica un divertido y evocador recorrido en autobús- vienen algunos de los gobernadores del Estado a recoger el dudoso testigo de la mangancia. Cuatro de los últimos ocho gobernadores de Illinois han sido perseguidos por la justicia. Tres de ellos, Otto Kerner en 1973, Daniel Walker en 1987 y George Ryan en 2006, dieron con sus huesos en la cárcel. Y el cuarto, Rod Blagojevich, destituido por las cámaras legislativas locales en 2009, acaba de ser condenado por un delito de ocultar la verdad a las agencias federales de investigación y puede seguir el mismo camino. Las peripecias de los cuatro y sus inculpaciones tienen siempre el mismo contexto: corrupción.

Claro que Blagojevich ha escapado con suerte a los procesamientos que la fiscalía solicitaba para otros veintitrés delitos. La incapacidad del jurado para alcanzar la unanimidad en todos ellos –recuérdense el vericueto de los “doce hombres sin piedad”, la excelente película de Sydney Lumet, para llegar a un veredicto- explica la fortuna del peculiar personaje, que estuvo a punto de vender el puesto de senador que Obama dejaba vacante al ser elegido Presidente de los Estados Unidos. Explica también la frustración de los acusadores al no poder construir con la contundencia debida, la suficiente como para convencer al jurado, un caso que en el sentir generalizado de la opinión publica y de los medios de comunicación merece la culpabilidad sin calificativos. Grandeza y miseria del marco jurídico. El fiscal federal encargado del tema, el conocido y agresivo Patrick Fitzgerald, que al detener a al gobernador calificó sus actos como “capaces de agitar los huesos de Lincoln en su tumba”, ha debido contemplar cómo el peculiar político –traducción americana de lo que en nuestros pagos calificaríamos de “cheli”- se le iba de rositas. El anuncio de que recurrirá le decisión y solicitará la apertura de un nuevo juicio no puede ocultar su decepción y la de los muchos que, deseando lavar la cara de la ciudad y del Estado, esperaban un correctivo ejemplar.

Dicho sea todo ello en mérito de un proceso donde la presunción de inocencia solo queda rechazada en el caso de que no existan “dudas razonables” sobre el carácter penal de los comportamientos. Es la frontera que separa al Blagojevich sinvergüenza del Blagojevich delincuente. Varios de los miembros del jurado, en algunos casos solo uno de ellos, no han querido traspasarla. La abrumadora prueba documental aportada por la fiscalía y obtenida en meses de seguimientos y escuchas abona sin duda la inmoralidad del sujeto. No necesariamente la comisión de actos contrarios a la ley. Y Blagojevich ha encontrado en la descarada proyección de su propia falta de escrúpulos la mejor respuesta ante el carácter correoso de la acusación.

Cuando en realidad la justificada preocupación que el caso Blagojevich suscita debería situarse sobre todo en el sistema –el conocido por el “Chicago way”, los métodos de Chicago- que le han hecho posible. Es la encanallada relación entre las maquinarias políticas –y muy en particular la demócrata, que de manera abrumadora domina la situación en Chicago y en Illinois- y determinados medios económicos y financieros la que crea una viciada malla de favores, extorsiones y obscuridades en donde florecen los Blagojevich que en el mundo son.

Algunos tienen la atrevida e injustificada tentación de extender el manto de la sospecha hacia otros que de manera más o menos tangencial son también hijos o productos del sistema que lleva el nombre de la muy bella ciudad, pensando en el buen número de ellos que, a comenzar por su principal inquilino, pueblan hoy las habitaciones, despachos y pasillos de la Casa Blanca. Que Obama haya recorrido el tortuoso camino que lleva desde el agitado South Side de Chicago hasta la mansión presidencial sin recibir el contagio de los pestíferos efluvios es, para esos tales, cosa de mucha admiración. Y no poca habilidad. La que debería emplear, según ellos, para intentar el saneamiento del que fue y sigue siendo su principal feudo politico.

Y es que tipos como Blagojevich desacreditan al sistema y a los que en él conviven. Y si acaba en la cárcel por un delito menor tanto mejor. Al Capone terminó por pagar sus crímenes cuando el jurado le encontró culpable de haber defraudado al fisco. Allí acabó su carrera. Murió en el trullo.

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